Diciembre 3, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubasindical.org) - Uno de los últimos amagos revolucionarios del estado cubano vuelve a fallar. Mediante el otorgamiento o el cambio masivo de equipos electrodomésticos obsoletos por modernos las autoridades se empeñaron en disminuir los gastos de energía. Sin embargo, los presuntos beneficios de la acción se tornan en una secuencia de adversidades que afectan tanto a las autoridades como a cientos de familias.
Hace unos días el dependiente de un comercio estatal en el municipio Centro Habana me confesó que los adeudos con el estado superan el cuarto de millón de pesos.
“Por un lado los atrasos y por otro están los que no han aportado un centavo desde que recibieron los equipos”, expresó el administrador de uno de los centros de venta donde las personas compran mensualmente los alimentos asignados en la cartilla de racionamiento.
“Ahora nosotros somos los que tenemos que poner la cara a este fenómeno al que no le veo solución. Imagínate las ofensas y el maltrato que tengo que soportar al indagar sobre los motivos de la morosidad, dijo acompañando las palabras con un gesto de pesar.
Los débitos a nivel nacional continúan siendo críticos y no aparece la fórmula para remediar la situación. La prensa oficial ha abordado el asunto sin lograr concientizar a los deudores sobre la necesidad de ponerse al día o comenzar los pagos establecidos para cada producto.
Imposibilidades económicas, roturas, entre otras excusas, son esgrimidas como justificación para mantener la postura de no pago.
Las entregas de duchas, calentadores de agua y cocinas, todos dependientes de la electricidad para su funcionamiento en áreas urbanas y rurales con marcado índice de pobreza, lejos de suplir necesidades han sido causa de personas electrocutadas, aumento del importe a pagar por el consumo de energía y averías, sin solución, a partir del uso excesivo o la mala manipulación.
Aunque pueda parecer absurdo, muchos cubanos han podido acceder a esos exponentes del desarrollo científico-técnico a través de la masiva distribución, por la que hay que pagar a plazos en moneda nacional.
La falta de costumbre y el analfabetismo funcional que afecta a amplios sectores de la población contribuyó a la temprana rotura de miles de equipos, operados sin seguir las orientaciones correspondientes.
A esto se añade la baja calidad del producto en el caso de los refrigeradores manufacturados en China, marca Haier. Un indeterminado número de estos ya se encuentran discontinuados a causa del colapso de su complejo sistema de enfriamiento.
“¿Quién va a pagar un equipo roto? Además de que mucha gente los han revendido para suplir otras emergencias”, alega mi interlocutor.
“Esa repartición fue una locura. El país no puede asumir esos compromisos”, añade en un tono entre la sorpresa y la confusión.
En síntesis, el pretendido ahorro a alcanzar por medio de la obligada sustitución de equipos obsoletos, fundamentalmente en el caso de los refrigeradores, es una quimera.
El consumo nacional de energía debe haber crecido a instancias de crecimiento de la demanda popular, estimulada por las políticas del gobierno en este sentido.
La revolución energética es un fracaso. Entre los impagos y las periódicas interrupciones del servicio eléctrico a partir del insuperable desbalance entre demanda y disponibilidades, emergen otras aristas de una crisis generalizada que amenaza con empeorar a las puertas de un nuevo año.
“Yo no voy a pagar nada. Bastante me han robado y me siguen robando. Mi salario es de 20 dólares al mes. ¿Qué se piensa esta gente?” Mi vecino repite su enfoque lo mismo sobrio que borracho.