Diciembre 22, 2009
Reinaldo Cosano Alén, Sindical Press
"La riqueza de una nación se aprecia en la mesa (*)''.
International Harvester. Anuncio en Selecciones, Noviembre, 1948.
LA HABANA, Cuba – Diciembre (www.cubasindical.org) - La guillotina pende sobre sus pescuezos de hierro, condenados a muerte.
¡Qué esbeltos, qué elegantes todavía! Muy jóvenes para morir son como hercúleos bebés camino del matadero. Decenas de miles de tractores, otras maquinarias llamadas desguazaderos, traídos de todas las provincias, cruda demostración de que el comején de la ineficiencia se extiende por la isla.
La siderúrgica Antillana de Acero, del municipio capitalino Cotorro, en su infierno abrasador de mil 650 grados centígrados los convierte en cabillas y alambrones.
Loable propósito de recuperación de materia prima, pero ¿es todo chatarra?
Flamantes tractores de buena calidad, muy fuertes, funcionales, competentes, justo es reconocerlo, de procedencia soviética en su mayoría, destacándose los potentes Punk, importados hace apenas quince o veinte años, están condenados a la hoguera.
“Ningún tractor ni equipo agrícola de los que vemos alineados frente a Antillana de Acero presentan síntomas de envejecimiento tecnológico de metales por la buena calidad de fabricación y pocos años de explotación. No merece llamarlos chatarra. ¡Nada de hierro viejo! Maltratos, roturas, desgaste por falta de mantenimiento técnico y repuestos, abusos, acabaron con esos costosos equipos”, expuso un ingeniero en Tecnología de los Metales.
Propiedad de todos, propiedad de nadie.
Hay personas que a hurtadillas sustraen tornillos, tuercas y partes a los tractores antes que el fuego los convierta en coladas. ¿Acaso no les pertenecen también?
El triste espectáculo de desolación y muerte de equipos en Antillana tiene un índice contrario en los tractores y camiones International Harvester, Ford, Mack, Fordson, Chevrolet, Studeberker, Nash, Ferguson y tantas otras marcas norteamericanas con más de sesenta y aun setenta años de explotación por dueños particulares.
Félix está al lado de un hermoso Yunk. Mientras aprieta fuerte el puñado de tornillos en una mano, acaricia con la otra la suave piel del tractor, y sueña: “Si me vendieran este tractor u otro de los que quemarán lo pondría como una joya para arar toda mi tierra, que reventaría de frutos que llevaría al mercado en mi tractor”.
Pronto despierta. Sabe que es imposible. La empresa estatal TRACTOIMPORT es única importadora y no vende a particulares. Y éstos, a su lado, nadie los salvará del fuego.
“Del fuego y del absurdo. Estoy seguro que muchos serían recuperables si se los venden a particulares. Con tesón los armarían con piezas de unos y otros. Casos hay de autos y ómnibus hasta de las primeras décadas del siglo pasado que funcionan con eficiencia. ¡Qué ese desguace ocurra en un país eminentemente agrícola!”, exclama Félix.
Hay otra razón en el sueño del profesor de Historia transformado en agricultor. Recibió 35 hectáreas en usufructo.
“Pedí al delegado municipal del Ministerio de la Agricultura que me vendan una yunta de bueyes para arar. Me respondió que hay miles con igual solicitud y pocos bueyes; que espere no sé cuántos años. No piense usted que recibimos limpia la tierra prestada. Está infestada de marabú. Mi esposa y yo tenemos que cortar la maleza, quemarla, preparar el terreno con pico, guataca y coa (*). La lucha contra el marabú es de nunca acabar. ¡Ah, si tuviéramos un tractor qué linda estaría nuestra finquita! Hasta podríamos ayudar a nuestros vecinos, que tampoco tienen tractor y sí tanto marabú como nosotros”, concluye Félix.
“Cada vez más, la producción de riquezas se mide en hombres y máquinas”. (Anuncio de International Harvest, 1948, ídem).
* Tipo de palo con punta afilada que usaban los indígenas para sembrar.