Diciembre 22, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubasindical.org) - Había que cerrar el año con un buen ejemplo de brutalidad. Alentaron a la jauría humana para que vociferaran las groserías de siempre. Fue una fiesta del pavor, otra página de salvajismo, en aras de recalcar la opción que tiene la élite de poder para quiénes se atrevan a exigir, en la vía pública, los derechos fundamentales.
No importó que las víctimas escogidas fueran un grupo de mujeres vestidas de blanco, armadas con una flor y un plegable con los treinta puntos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El fin consistía en abortar la resistencia cívica con una multitud llena de furia e instintos cavernícolas.
Nuevamente hicieron creer en la espontaneidad del pueblo. ¿Cómo explicar la enorme concentración de la chusma alrededor de la fila de mujeres en un tiempo tan corto?
¿Quién autorizó, convocó o dirigió esa acción que desnaturaliza principios elementales de civilidad y perpetúa la oscuridad en torno a la decencia?
Esta una de las interrogantes obligatorias para aclarar los hechos acaecidos el 10 de diciembre en el municipio Centro Habana.
No es la primera vez que se usan esos medios ante cualquier evento de protesta popular que podría estar madurando a partir de la terrible situación socioeconómica que tiende a agravarse en los próximos meses.
Las turbas están disponibles para cumplir las indicaciones establecidas. Militantes de la Juventud y el Partido Comunista, miembros activos o colaboradores de la policía política, los ancianos de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, los dirigentes de los Comités de Defensa de la Revolución y hasta elementos marginales captados en cuartería y solares conforman el grueso de las tropas de choque. Estos últimos “soldados” se suman arrastrados por la ignorancia o con el ánimo de subsanar algunos de sus delitos comunes cometidos regularmente.
¿Cómo catalogar ese ejercicio de fuerza bruta contra mujeres indefensas? Aunque no hubo heridos de gravedad, ¿y el trauma psicológico que acarrea el sentirse asediadas por torrentes de obscenidades, amenazas de linchamiento, empellones y golpes de baja intensidad?
La imagen del régimen cubano baja otro peldaño en la escala de la credibilidad y el respeto.
Nadie que se considere con un mínimo de sentido común puede apoyar o callarse ante el abuso desmedido y el uso de tácticas que recuerdan el infeliz actuar de los integrantes de los escuadrones paramilitares conocidos como Camisas Negras, creados en 1919 por Benito Mussolini, o los excesos de los Guardias Rojos de Mao Tse Tung durante el decenio 1966-1976.
Es muy probable que el futuro de Cuba tenga, en la contención de la violencia ciudadana, uno de los principales desafíos.
Es lógico pensar de esta manera al observar cómo se continúa alimentando el odio, la impunidad, la perversión en sus diversas modalidades.
Saber que las Damas de Blanco proseguirán sus marchas silenciosas por las calles de La Habana es una noticia que invita a redoblar la admiración en torno a su lucha por la liberación de sus seres queridos, encarcelados por sus posturas contestatarias.
Les basta con confiar en sus propósitos. No se amilanan ante la posibilidad de morir aplastadas por una muchedumbre como la que le echaron encima el día Internacional de los Derechos Humanos.
Poco a poco se van despejando las incógnitas. Si es cierto que Raúl Castro, y no Fidel, es el que gobierna en la Isla, apenas hay margen para pensar en claras acciones de apertura y tolerancia en el futuro cercano.
El lenguaje y la actitud de la chusma el 10 de diciembre no admite dudas. El castrismo no quiere cambiar su indumentaria de verdugo. Veremos cual será la próxima bestialidad.