Junlio 3, 2012
Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press
LA HABANA, Cuba, enero (www.cubasindical.org) - La Oficina del Historiador de la Ciudad Eusebio Leal, enclavada en el casco histórico de La Habana Vieja, impone restricciones especiales a quienes laboran por cuenta propia en este municipio de la capital.
Obligados a pagar diez dólares al mes por el derecho a vender en la Plaza Vieja, la del Convento de San Francisco de Asís y en la Catedral, así como en la Plaza de Armas, las calles Obispos, Mercaderes y de la Obrapía, tanto como en el Callejón del Chorro, la Avenida del Puerto y O’Relly, los cuentapropistas también deben pagar al fisco su licencia de trabajo y el seguro social.
Migdalia Plasencia, una de las 36 vendedoras de flores autorizadas a desarrollar su labor en el emporio de Eusebio Leal, tiene que comprar los lirios o las gardenias, el papel de envolver y cuanto requiere para su labor.
Como si fuera poco, debe de pagar 200 pesos cubanos al mes y 250 trimestral para la jubilación, lo que sumado a los 10 dólares o CUC (al cambio, 240 CUP) hacen un total de 690 pesos en moneda nacional.
Esto, sin contar que debe agenciarse por su cuenta el vestuario, el transporte y la alimentación, en una labor que inicia a las diez de la mañana y concluye a las once de la noche.
En ocasiones, con su pequeña de siete años a cuestas, recorre todas las áreas que le permite la autorización de Leal, sin ganar siquiera para recuperar la inversión.
“Es dura la competencia –señala– y muy alto el interés que tengo que pagar. En los mejores meses (en la temporada alta del turismo internacional) a veces creo que me gané cinco dólares por encima de la inversión, sin darme cuenta que ya los debo porque los gasté en golosinas o algo para comer”.
“Además –indicó– los cubanos ya no regalan flores a sus esposas. Cuando lo hacen, es una excepción. En primera porque no quieren, y en segunda porque se dejan de tomar dos cervezas o un doble de ron. Sólo los nuevos ricos y los que reciben remesas del exterior se dignan comprar, en ocasiones, una flor para su mujer.”
Según Migdalia, no tiene otras opciones para sobrevivir. Divorciada, con 35 años, una niña pequeña y también una madre enferma que mantener, dice que al menos con las flores no tiene que pasarse horas y horas frente a un fogón para elaborar alimentos que vender.
“No es que sea haragana, necesito ganar, pero la elaboración de alimentos me impediría atender a mi madre y a mi hija, aunque la mayoría de quienes explotan esa modalidad entregan su licencia cuando se cansan de perder.”
Otra de las cosas que dice le molesta, a parte de la suma de dinero que tiene que pagar para ejercer, es la presión que siente de los inspectores, a veces convertidas en chantajes o extralimitación personal.
“Son los hombres y las mujeres de Eusebio, como se les conoce aquí. A nosotras nos llaman las esclavas o marionetas de Leal. Pero ¿dónde voy a ir que me traten mejor? Al menos, algunas de las muchachitas más jóvenes nos dejan espacio para luchar.
Bajo las mismas condiciones humillantes de Migdalia, fotógrafos, tamaleros, caricaturistas, vendedores de maní, discos y dulces, entre otras cosas autorizadas para comerciar, buscan un espacio donde sin vivir al margen de la sociedad, puedan sobrevivir.
Sin dudas, y de acuerdo con un criterio general, no lo encuentran, no es este inventariado hasta el detalle por Eusebio Leal, pero al menos les permite ganar tiempo y esperar que acabe la función.
“Cuba es un circo, dice Migdalia, las autoridades los domadores y nosotros los maromeros, aunque algún día esto tiene que acabar”, expresa y se para de la silla de un café de la Avenida del Puerto, al recibir la advertencia de que se acerca un inspector.