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Un chip "vigila" ya a 10.000
empleados británicos
Una especie de "Gran Hermano" vigila a más
de10.000 trabajadores de Reino Unido. Su objetivo es reducir desplazamientos
innecesarios en una gran superficie, pero también saber incluso
en qué momento un empleado va al baño.
Gonzalo Suárez. La Razón,
España, 13 de junio de 2005.
Londres- ¿Qué es más importante, la libertad
individual o la productividad colectiva? Esta semana, el ancestral
debate ha estallado en los centros de trabajo británicos
después de que los sindicatos hayan denunciado que algunas
empresas fuerzan a sus empleados a portar brazaletes electrónicos
para controlar todos sus movi- mientos. Desde que esta tecnología
hizo su aparición en territorio británico hace seis
meses, unas 10.000 personas tienen que colocarse "chips"
cada mañana como parte de su rutina laboral. A partir de
entonces, los trabajadores son conscientes de que todos y cada uno
de sus movimientos quedan registrados en un ordenador central al
que sus superiores tienen acceso permanente.
Según sus partidarios, los "chips" permiten optimizar
recursos, simplificar el trabajo y, por tanto, mejorar la productividad
de los empleados. Para sus enemigos, sin embar- go, esta tecnología
supone una intrusión intolerable en la intimidad de sus portadores:
si así lo quisiera, cualquier jefe podría controlar
el número y duración exacta de los viajes al cuarto
de baño de cada uno de sus empleados.
Los empresarios, encantados. Por el momento, la implantación
de los "chips" sólo se ha extendido en los almacenes
de gigantes comerciales británicos, en especial supermercados
como Tesco, Asda, Sainsbury's o Marks & Spencer. En estas gigantescas
naves, resulta muy útil conocer la ubicación precisa
de cada operario en todo momento: ello permite eliminar los desplazamientos
inútiles, repartir las diversas tareas con más precisión
y, en definitiva, reducir al máximo los gastos de personal.
Además, estos brazaletes establecen una comunicación
constante entre los trabajadores y sus jefes. Gracias a los datos
suministrados por los "chips", el ordenador central decide
qué tareas deben realizarse antes y el empleado sólo
tiene que limitarse a cumplir sus órdenes. Las empresas que
han probado esta tecnología parecen encantadas con sus resultados,
por lo que resulta probable que, poco a poco, los brazaletes se
conviertan en una herramienta de trabajo más.
Sin embargo, los sindicatos ven el vaso medio vacío. En
su opinión, la implantación de brazaletes hace que
los centros de trabajo parezcan prisiones o, incluso, granjas avícolas.
En esta especie de "Gran Hermano" laboral, los trabajadores
están en tensión constante, pues saben que cualquier
descanso no autorizado, por breve que sea, será registrado
en el ordenador central. Además, los "chips" eliminan
cualquier margen de iniciativa personal en los empleados, que se
limitan a cumplir como autómatas las órdenes de sus
terminales electrónicos: así se multiplica la monotonía
de unos trabajos de por sí poco estimulantes.
En un congreso celebrado esta semana, el sindicato GMB denunció
que las nuevas tecnologías están incentivando los
despidos voluntarios de decenas de trabajadores. "Tenemos noticias
de personas que han dimitido tras varios días de trabajo,
o incluso horas", dijo Paul Campbell, portavoz del sindicato.
"Todos dicen que no les gusta este empleo porque no aportan
nada, se limitan a seguir las instrucciones de un ordenador".
Además, algunos temen que, cuando la tecnología robótica
avance, las empresas sean capaces de sustituir a sus trabajadores
por máquinas pseudo-inteligentes. "El GMB no es una
organización ludita (movimiento obrero contra las máquinas),
pero no nos quedaremos de brazos cruzados mientras reducen a nuestros
afiliados a la condición de autómatas", advirtió
Paul Kenny, secretario general del sindicato. "Deben rediseñar
los usos de estas tecnologías para que sean una ayuda para
el trabajador, en vez de convertirle en un mero esclavo".
La otra gran preocupación es la intromisión en la
intimidad de los trabajadores en un país, el Reino Unido,
que ya cuenta con más cámaras de vigilancia que cualquier
otro lugar del mundo. Los sindicatos temen que los brazaletes sean
un mero aperitivo de otro tipo de medidas de control en fase de
experimentación, como un programa que permite evaluar la
productividad de los oficinistas midiendo la frecuencia de pulsaciones
en sus teclados de ordenador.
La avalancha de publicidad negativa no ha intimidado a las empresas
que han introducido los brazaletes. Todas ellas seguirán
adelante con sus experimentos, al menos por ahora. Según
una portavoz de Tesco, la segunda cadena de supermercados más
grande del mundo, los empleados están contentos con esta
tecnología, que "les hace el trabajo más fácil
y, además, recorta el papeleo". Aún así,
a juzgar por el contundente tono adoptado por los sindicatos al
amenazar con una oleada de huelgas, parece que el Reino Unido se
enfrenta a una nueva batalla laboral. La diferencia es que, en esta
ocasión, no será por los salarios ni por las horas
de trabajo, sino por el irrenunciable derecho a ir al baño
sin que el jefe se entere.
© Copyright, 1999 La Razón C/Josefa
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