30 de julio de 2005
 

 

La clase obrera no va al paraíso

León Arismendi. Correo del Caroní, Venezuela, 27 julio 2005.

En días pasados, un grupo de trabajadores de Cadafe en Carabobo, afectos al gobierno, hicieron conatos de huelga contra políticas de la empresa que consideraron lesivas a sus intereses. Desconozco la evolución que ha tenido el conflicto, pero ya la "prensa revolucionaria" prendió sus alarmas y asumió para sí la tarea de trazar las líneas que debe seguir el sindicalismo frente al "estado patriótico". A ese tema se dedica el editorial del diario Vea, en su edición del martes 19 de julio del año en curso.

La nota parece haber sido escrita a la salida de una reunión del Consejo Central de los Sindicatos Albaneses en los tiempos en que el camarada Stalin era el jefe máximo del comunismo mundial.

Al autor deben haberle brotado varios chichones en el cerebro cuando dejó caer preguntas de tan palpitante actualidad como ésta: ¿Cuál debe ser el comportamiento de la clase obrera ante el estado revolucionario? O esta otra: ¿Le es lo mismo el estado burgués y el estado patriótico-revolucionario?

Ya me decía yo que así como el Che Guevara tiene una réplica ambulante paseándose por el centro de Caracas (con atuendo militar, boina y tabaco incluido), debía haber más de un mal imitador de Lenin reescribiendo la "Iskra", los secretos de la conciencia de clase, el célebre salto de la clase en sí a la clase para sí y la adscripción de sus mejores "cuadros" al partido revolucionario.

El personaje central de la película Good bye Lenin se queda pendeja frente a nuestros modernísimos camaradas.

Hay más interrogantes, de altísimo calibre, en el artículo de marras, como la que sigue:

"¿Debe la clase obrera sin traicionarse ella misma hostigar con huelgas, paros y demandas excesivas al gobierno revolucionario empeñado en una batalla de vida o muerte por la defensa de la independencia y soberanía de nuestra patria?" Coño, más seso... imposible. El editorialista parece no haber caído en cuenta de que la propia noción de clase obrera hace rato que entró en desuso, que los progresos técnicos han forjado un nuevo tipo de trabajador más calificado y autónomo; que uno de los grandes desafíos del sindicalismo consiste en definir los términos de una nueva solidaridad entre los asalariados, cada día más propensos a las soluciones individuales que a las colectivas.

Pero de eso podremos ocuparnos otro día, el foco de nuestra atención está en el futuro que se les anuncia a los trabajadores si esa visión fracasada y retrograda de la relación sindicatos/Estado llegase a imponerse.

En el socialismo del siglo XX, que es el único que ha existido, los jefes de aquellas experiencias redujeron a los sindicalistas a la condición de burócratas de partido, jefes de empresas públicas, soplones y comisarios políticos, encargados de vigilar a sus compañeros para aumentar la "producción socialista".

El drama fue de tal magnitud que Mijail Gorbachov, en su célebre Perestroika, recriminaba a los sindicalistas soviéticos su envilecimiento, su absoluta falta de diligencia en la defensa de los trabajadores.

A cumplir ese papelote invita el editorial de Vea a los "sindicatos clasistas". Que no reclamen mejores salarios, ni utilidades, ni vacaciones, que no piensen tanto en el convenio colectivo y mucho menos que amenacen con huelgas. Que se dediquen a defender el "Estado Revolucionario" (con mayúscula y todo), a "ejercer la vigilancia revolucionaria contra los infiltrados y quintacolumnistas".

La misma receta de los partidos comunistas para sus dirigentes sindicales. Hoy en día, encontrar alguno de ellos cumpliendo un rol de trascendencia en el sindicalismo mundial es más difícil que morderse el codo. ¿Qué dirán de esto los antiguos copeyanos, adecos, masistas o causaerristas que ahora son chavistas?

Correo del Caroní - 2005