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La clase obrera no va al paraíso
León Arismendi. Correo
del Caroní, Venezuela, 27 julio 2005.
En días pasados, un grupo de trabajadores de Cadafe en Carabobo,
afectos al gobierno, hicieron conatos de huelga contra políticas
de la empresa que consideraron lesivas a sus intereses. Desconozco
la evolución que ha tenido el conflicto, pero ya la "prensa
revolucionaria" prendió sus alarmas y asumió
para sí la tarea de trazar las líneas que debe seguir
el sindicalismo frente al "estado patriótico".
A ese tema se dedica el editorial del diario Vea, en su edición
del martes 19 de julio del año en curso.
La nota parece haber sido escrita a la salida de una reunión
del Consejo Central de los Sindicatos Albaneses en los tiempos en
que el camarada Stalin era el jefe máximo del comunismo mundial.
Al autor deben haberle brotado varios chichones en el cerebro
cuando dejó caer preguntas de tan palpitante actualidad como
ésta: ¿Cuál debe ser el comportamiento de la
clase obrera ante el estado revolucionario? O esta otra: ¿Le
es lo mismo el estado burgués y el estado patriótico-revolucionario?
Ya me decía yo que así como el Che Guevara tiene
una réplica ambulante paseándose por el centro de
Caracas (con atuendo militar, boina y tabaco incluido), debía
haber más de un mal imitador de Lenin reescribiendo la "Iskra",
los secretos de la conciencia de clase, el célebre salto
de la clase en sí a la clase para sí y la adscripción
de sus mejores "cuadros" al partido revolucionario.
El personaje central de la película Good bye Lenin se queda
pendeja frente a nuestros modernísimos camaradas.
Hay más interrogantes, de altísimo calibre, en el
artículo de marras, como la que sigue:
"¿Debe la clase obrera sin traicionarse ella misma
hostigar con huelgas, paros y demandas excesivas al gobierno revolucionario
empeñado en una batalla de vida o muerte por la defensa de
la independencia y soberanía de nuestra patria?" Coño,
más seso... imposible. El editorialista parece no haber caído
en cuenta de que la propia noción de clase obrera hace rato
que entró en desuso, que los progresos técnicos han
forjado un nuevo tipo de trabajador más calificado y autónomo;
que uno de los grandes desafíos del sindicalismo consiste
en definir los términos de una nueva solidaridad entre los
asalariados, cada día más propensos a las soluciones
individuales que a las colectivas.
Pero de eso podremos ocuparnos otro día, el foco de nuestra
atención está en el futuro que se les anuncia a los
trabajadores si esa visión fracasada y retrograda de la relación
sindicatos/Estado llegase a imponerse.
En el socialismo del siglo XX, que es el único que ha existido,
los jefes de aquellas experiencias redujeron a los sindicalistas
a la condición de burócratas de partido, jefes de
empresas públicas, soplones y comisarios políticos,
encargados de vigilar a sus compañeros para aumentar la "producción
socialista".
El drama fue de tal magnitud que Mijail Gorbachov, en su célebre
Perestroika, recriminaba a los sindicalistas soviéticos su
envilecimiento, su absoluta falta de diligencia en la defensa de
los trabajadores.
A cumplir ese papelote invita el editorial de Vea a los "sindicatos
clasistas". Que no reclamen mejores salarios, ni utilidades,
ni vacaciones, que no piensen tanto en el convenio colectivo y mucho
menos que amenacen con huelgas. Que se dediquen a defender el "Estado
Revolucionario" (con mayúscula y todo), a "ejercer
la vigilancia revolucionaria contra los infiltrados y quintacolumnistas".
La misma receta de los partidos comunistas para sus dirigentes
sindicales. Hoy en día, encontrar alguno de ellos cumpliendo
un rol de trascendencia en el sindicalismo mundial es más
difícil que morderse el codo. ¿Qué dirán
de esto los antiguos copeyanos, adecos, masistas o causaerristas
que ahora son chavistas?
Correo del Caroní - 2005
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