martes , 5 mayo 2026

La tinta y el miedo

Estas campañas del régimen cubano dicen más de lo que aparentan. No solo intentan convencer. Intentan medir: obediencia… apatía… silencios.

La Habana (Sindical Press) – En los regímenes autoritarios, las firmas nunca son solamente firmas. En otros países, una firma puede ser un trámite gris, importante en su insignificancia. Pero en la Antilla, las firmas tienen otro peso. Arrastran historia, obediencia, memoria política y, muchas veces, miedo.

El régimen vuelve a convocar una campaña nacional de firmas. Sí. En estos días, el gobierno de Cuba lanzó una campaña nacional de recolección de firmas llamada “Mi firma por la Patria”. Según los comunistas, buscan que ciudadanos firmen en centros de trabajo, escuelas y comunidades para expresar apoyo al régimen, en medio de tensiones con el vecino del norte.

La campaña fue inaugurada por Miguel Díaz-Canel en un acto en Bahía de Cochinos, y el gobierno la presenta como una defensa de la soberanía cubana y una respuesta a lo que llama “asedio” y amenazas externas.

Mesas colocadas en centros de trabajo, universidades, escuelas, oficinas estatales y barrios. Hojas impresas esperando nombres y apellidos bajo consignas patrióticas. La escena se repite con familiaridad ritual: alguien llama, alguien observa, alguien acerca el bolígrafo y alguien firma.

La justificación oficial habla de soberanía, unidad nacional y resistencia frente a las presiones extranjeras, especialmente las provenientes de Estados Unidos. El discurso insiste en que el país debe demostrar cohesión ante el embargo, las sanciones y las amenazas externas. Firmar, según esa narrativa, equivale a defender la patria. No firmar es apostasía.

Y, sin embargo, detrás de cada firma hay una historia menos solemne.

Firma el empleado estatal que no quiere sospechas políticas. Firma la profesora agotada que necesita mantener el puesto. Firma el estudiante que aprendió demasiado pronto que ciertas negativas hacen daño. Firma el médico que sueña con un contrato en el extranjero. Firma el jubilado que aún cree en el régimen, como otros creen en las viejas religiones: aunque el templo esté agrietado y las paredes amenacen derrumbarse.

Y también firma quien ya no cree en nada. Porque en sistemas profundamente centralizados, el acto de negarse rara vez es neutro. La negativa destaca. Y destacar es peligroso.

Ese es el corazón silencioso de estas campañas. Oficialmente son voluntarias. Extraoficialmente, muchos entienden que hay decisiones más cómodas que otras. Cuando la mayoría de las instituciones dependen del Estado (el empleo, la universidad, las mipymes, los permisos, la vida administrativa cotidiana), la presión no necesita ser explícita. A veces basta una mirada. Una pausa incómoda. El poder conoce perfectamente el valor de estos rituales.

No se trata únicamente de reunir nombres. Se trata de exhibirlos. Las cifras importan. Millones de firmas producen titulares. Anuncian que el pueblo respalda al gobierno, que el régimen sigue vivo, que hay unidad frente al enemigo externo. La política contemporánea necesita escenografía, y pocas imágenes resultan tan eficaces como largas filas de ciudadanos escribiendo su nombre bajo una consigna patriótica.

Pero reducir todo a coerción es simple e injusto.

Cuba no es un país compuesto únicamente por personas aterradas obedeciendo órdenes. Para muchos, firmar representa una forma de autenticar la defensa nacional. Pero incluso entre los convencidos, hay cansancio.

La isla se hunde en el mar. Apagones. Inflación. Escasez de medicamentos, combustible y alimentos. Cientos de cubanos han abandonado el país en el último lustro, dejando familias partidas entre continentes. En ese contexto, pedir firmas resulta extraño: una ceremonia política organizada en medio del agotamiento colectivo.

Tal vez por eso estas campañas dicen más de lo que aparentan. No solo intentan convencer. Intentan medir: obediencia… apatía… silencios.

Los sistemas políticos aprenden a leer los gestos mínimos. Quién firma. Quién duda. Quién evita. Quién pregunta. Quién participa con entusiasmo y quién lo hace con la expresión vacía de quien marca asistencia en un trámite inevitable.

Las dictaduras del siglo XX necesitaban expedientes secretos y policías visibles. Los sistemas contemporáneos pueden apoyarse en mecanismos más discretos: formularios, registros, adhesiones públicas, dinámicas sociales donde la presión colectiva hace gran parte del trabajo.

Una simple hoja de firmas puede convertirse en un mapa informal de lealtades. Por eso muchos de los que no firman prefieren hacerlo en silencio.

Entre ellos hay opositores y sindicalistas independientes. Activistas que denuncian estas campañas como mecanismos de propaganda política. Pero también existen otros más difíciles de clasificar: jóvenes desencantados, trabajadores agotados, ciudadanos incrédulos ante discursos heroicos, mientras buscan comida o soportan apagones.

Muchos no confrontan. Simplemente intentan desaparecer del radar.

Ahí aparece la gran ambigüedad cubana. Las listas llenas de nombres no revelan necesariamente entusiasmo. Una firma puede significar apoyo sincero, resignación práctica, miedo administrativo o simple cansancio. Desde afuera resulta casi imposible distinguir una motivación de otra.

Y quizá el gobierno tampoco necesite distinguirlas. El poder no exige amor. Le basta la obediencia visible.

La historia política cubana conoce bien estas movilizaciones. Ya ocurrió antes con campañas de adhesión ideológica y consultas organizadas desde arriba. Cada generación tuvo sus rituales de respaldo colectivo, sus momentos de unanimidad pública. Cambian los lemas. Cambian los enemigos. Cambian las crisis. Pero permanece intacta la necesidad del Estado de confirmar, una y otra vez, que todavía conserva capacidad de convocatoria. O al menos, capacidad de disciplina.

Porque esa es otra de las funciones de estas campañas: recordar quién organiza la vida pública. Reactivar sindicatos comunistas, comités barriales, estructuras universitarias y cadenas administrativas. Poner a funcionar la maquinaria política territorial. Recordarle a la población que el Estado sigue presente en cada rincón.

Hay algo profundamente simbólico en todo esto.

Un país con problemas crónicos imprime formularios para pedir adhesión política. Una sociedad donde miles desean emigrar organiza actos para demostrar unidad nacional. Un gobierno cuestionado por su población responde convocando más demostraciones públicas de respaldo.

Tal vez porque las crisis económicas erosionan muchas cosas, pero hay algo que el poder teme perder por encima de todo: la apariencia de consenso. Y entonces vuelven las firmas. Tinta azul. Tinta negra. Nombres escritos con caligrafías temblorosas.

Al final de la jornada quedan las hojas repletas de apellidos, números enormes preparados para los titulares oficiales y burócratas satisfechos contando columnas de adhesiones.

Pero debajo de esa montaña de rúbricas permanece flotando una pregunta incómoda que debemos formular en voz alta: ¿cuántas de esas firmas nacieron de la convicción? ¿Y cuántas fueron simplemente otra forma de supervivencia?