domingo , 25 enero 2026

El uniforme invisible

Los cubanos no se van solo por el salario o por las penurias diarias. Se van para quitarse el uniforme.

La Habana (Sindical Press) – A las siete de la mañana, Ernesto entra a su centro de trabajo sin uniforme militar, pero no va del todo desarmado. Lleva una mochila gastada y una obediencia aprendida que no figura en ningún documento. Hace años terminó el Servicio Militar Activo. Cree, o quiere creer, que aquello quedó atrás. No es cierto.

Tras la captura del narcodictador venezolano el pasado 3 de enero, el régimen se puso en guardia y se escuchó el redoble de los tambores de guerra. El gobernante cubano, en concentraciones públicas o a través de los sindicatos, llama a los ciudadanos a la resistencia numantina mientras la obesocracia depredadora criolla se enfunda en pelaje verde oliva para proteger lo robado.

Para los trabajadores cubanos, la guerra no se anuncia con sirenas. A veces llega en forma de reunión sindical, de lista en la pared, de “orientación” transmitida con voz neutra. La militarización de la sociedad no necesita fusiles visibles: le basta con el calendario laboral y la memoria administrativa del Estado.

El trabajador cubano vive en un territorio donde las fronteras entre lo civil y lo militar son porosas. Cumplido el servicio militar obligatorio, pasa a la reserva como quien cambia de turno, no de condición. No hay ceremonia de salida definitiva. Solo una promesa tácita: te llamaremos si hace falta. Y en un sistema donde todo puede “hacer falta”, la llamada nunca es imposible.

Desde la instauración del régimen totalitario en 1959, los centros de trabajo son trincheras simbólicas. Las fantasmagóricas Brigadas de Producción y Defensa enseñaron que producir era defender, y que defender significaba estar disponible. No para combatir necesariamente, sino para responder, para alinearse, para no faltar. El cuerpo del trabajador seguía siendo del Estado totalitario.

La presión no suele llegar con castigo directo. Llega con silencio. Con el ascenso que no ocurre. Con la evaluación que se enfría. Con la palabra “confiabilidad” flotando sin definición precisa. Nadie obliga a Ernesto a levantar la mano. Pero todos saben qué significa no hacerlo. En Cuba, la obediencia rara vez se exige: se anticipa.

No existe el derecho a decir “no” por razones de conciencia. La ley no reconoce la objeción moral ni el desacuerdo ético como frontera legítima. Las únicas salidas internas son médicas, administrativas, excepcionales. Y aun esas dejan marca. El sistema no pregunta qué piensa el trabajador; pregunta si está disponible.

Algunos intentan diluirse: cumplir lo mínimo, no destacar, pasar desapercibidos. Otros se mueven al sector privado, creyendo ingenuamente que el mercado ofrece refugio. Pero el Estado conserva el registro, la potestad, la llamada posible. Cambiar de empleo no equivale a salir del mapa.

Por eso, cuando tantos se exilian en el extranjero, no se van solo por el salario o por las penurias diarias. Se van para quitarse el uniforme invisible. Emigrar es, también, un acto de desmovilización. Cruzar el mar o la frontera es salir del archivo, romper el vínculo entre trabajo y obediencia, recuperar una separación que dentro del país no existe.

La militarización cubana no marcha en columnas ni desfila todos los días. Es más eficaz que eso. Está integrada a la rutina, al lenguaje, a la noción misma de ciudadanía. Ser adulto es estar disponible. Trabajar es participar. Y participar, en última instancia, es obedecer.

Ernesto sale de la fábrica al atardecer. No ha disparado un arma en años. No ha sido movilizado recientemente. Pero sabe que sigue enlistado en algo más amplio que un ejército: un sistema donde la salida no está prohibida; solo es tan costosa que muchos prefieren no imaginarla. Hasta que un día la imaginan demasiado bien.