La visita del PAME no se trata de apoyar a los trabajadores cubanos. Se trata de respaldar al gobierno comunista.
La Habana (Sindical Press) – El Frente Militante de Todos los Trabajadores (PAME) no es un sindicato cualquiera. Nació en 1999, bajo la sombra disciplinada del Partido Comunista de Grecia, y creció al calor de la crisis que arrasó Grecia entre 2010 y 2015. Mientras el país se hundía en recortes y memorandos, el PAME marchaba con banderas rojas y consignas de combate. No negocia. No pacta. No modera. Confronta.
Esa coherencia —que sus partidarios llaman firmeza y sus detractores, dogma— tiene raíces claras. El KKE nunca pidió perdón por el siglo XX. No renegó de Moscú cuando otros partidos comunistas europeos se volvieron prudentes, socialdemócratas o directamente pragmáticos. Mantuvo la línea: centralismo, vanguardia, ruptura revolucionaria. Lo demás es reformismo.
En Grecia, esa ortodoxia se traduce en sindicalismo de choque. En el exterior, en lealtades.
Y ahí aparece Cuba.
El respaldo del PAME no es un gesto protocolario ni un simple intercambio de saludos obreros. Es una toma de posición. Su solidaridad se dirige, con nombre y apellidos, a la Central de Trabajadores de Cuba, la central sindical integrada en el engranaje político del Partido Comunista de Cuba. No se trata solo de apoyar a los trabajadores cubanos. Se trata de respaldar al gobierno comunista. Y ya se sabrá qué cobraron por la visita.
Para el PAME y el KKE, Cuba representa la resistencia, no la dictadura. Un gobierno que sobrevivió al embargo, al aislamiento, a la presión constante de Estados Unidos. No importan los presos políticos, la hambruna, la ausencia de servicios básicos. Una isla que no se rindió, pero que humilla a sus ciudadanos. Y en esa narrativa, la CTC no es un apéndice burocrático, sino parte del mismo cuerpo político que resiste.
Por eso muchos cubanos ven un sindicato sin pluralismo, sin competencia interna real, integrado en un sistema de partido único. Y sostienen que cuando el estalinismo acude en auxilio de la CTC no está defendiendo solo la soberanía de un país, sino un modelo donde partido, Estado y sindicato forman una sola pieza.
Ahí está el núcleo del debate.
¿Es internacionalismo obrero o alineamiento ideológico?
¿Es solidaridad de clase o fidelidad doctrinal?
El estalinismo —palabra incómoda, áspera, cargada de historia— no aparece aquí como fantasma del pasado, sino como práctica viva. No pide permiso. No se disfraza. Se presenta con la misma lógica de siempre: la unidad política es superior a la disidencia; la cohesión del proyecto, prioritaria frente al pluralismo.
En tiempos en que casi toda la izquierda europea se mueve en el terreno de la gestión y el matiz, el PAME y el KKE siguen hablando el idioma de las certezas. Y cuando miran a Cuba, no ven matices. Ven trinchera.
Y a las trincheras, en su tradición, no se las cuestiona. Se las defiende, incluso cuando están llenas de muertos propios.
La Habana, 23 de febrero de 2026. El Frente Militante de Todos los Trabajadores (PAME) no es un sindicato cualquiera. Nació en 1999, bajo la sombra disciplinada del Partido Comunista de Grecia, y creció al calor de la crisis que arrasó Grecia entre 2010 y 2015. Mientras el país se hundía en recortes y memorandos, el PAME marchaba con banderas rojas y consignas de combate. No negocia. No pacta. No modera. Confronta.
Esa coherencia —que sus partidarios llaman firmeza y sus detractores, dogma— tiene raíces claras. El KKE nunca pidió perdón por el siglo XX. No renegó de Moscú cuando otros partidos comunistas europeos se volvieron prudentes, socialdemócratas o directamente pragmáticos. Mantuvo la línea: centralismo, vanguardia, ruptura revolucionaria. Lo demás es reformismo.
En Grecia, esa ortodoxia se traduce en sindicalismo de choque. En el exterior, en lealtades.
Y ahí aparece Cuba.
El respaldo del PAME no es un gesto protocolario ni un simple intercambio de saludos obreros. Es una toma de posición. Su solidaridad se dirige, con nombre y apellidos, a la Central de Trabajadores de Cuba, la central sindical integrada en el engranaje político del Partido Comunista de Cuba. No se trata solo de apoyar a los trabajadores cubanos. Se trata de respaldar al gobierno comunista. Y ya se sabrá qué cobraron por la visita.
Para el PAME y el KKE, Cuba representa la resistencia, no la dictadura. Un gobierno que sobrevivió al embargo, al aislamiento, a la presión constante de Estados Unidos. No importan los presos políticos, la hambruna, la ausencia de servicios básicos. Una isla que no se rindió, pero que humilla a sus ciudadanos. Y en esa narrativa, la CTC no es un apéndice burocrático, sino parte del mismo cuerpo político que resiste.
Por eso muchos cubanos ven un sindicato sin pluralismo, sin competencia interna real, integrado en un sistema de partido único. Y sostienen que cuando el estalinismo acude en auxilio de la CTC no está defendiendo solo la soberanía de un país, sino un modelo donde partido, Estado y sindicato forman una sola pieza.
Ahí está el núcleo del debate.
¿Es internacionalismo obrero o alineamiento ideológico?
¿Es solidaridad de clase o fidelidad doctrinal?
El estalinismo —palabra incómoda, áspera, cargada de historia— no aparece aquí como fantasma del pasado, sino como práctica viva. No pide permiso. No se disfraza. Se presenta con la misma lógica de siempre: la unidad política es superior a la disidencia; la cohesión del proyecto, prioritaria frente al pluralismo.
En tiempos en que casi toda la izquierda europea se mueve en el terreno de la gestión y el matiz, el PAME y el KKE siguen hablando el idioma de las certezas. Y cuando miran a Cuba, no ven matices. Ven trinchera.
Y a las trincheras, en su tradición, no se las cuestiona. Se las defiende, incluso cuando están llenas de muertos propios.