martes , 7 abril 2026
En la foto, Osnay Miguel Colina, secretario general de la CTC, junto a Misael Rodríguez y Boris Luis Espinosa, durante la reunión en La Habana el 3 de marzo de 2026. (Trabajadores)

Ante la crisis que se avecina, la CTC se reparte el pastel

No hay indicios de transformación en la orientación del sindicalismo, sino una rotación de figuras dentro de parámetros estrictamente controlados

La Habana, (Sindical Press) – El nuevo comandante de la CTC, Osnay Colina, no elegido, pero ya designado, pone orden en su “finquita”. Las recientes designaciones de secretarios generales en el Sindicato Nacional de la Construcción y en la estructura provincial de La Habana, presentadas oficialmente como parte de un proceso de “movimientos de cuadros” previo al 22 Congreso, evidencian una realidad ya conocida: el sindicalismo cubano opera más como engranaje del aparato político-administrativo que como representación autónoma de los trabajadores.

Bajo la retórica habitual de “renovación”, “eficiencia” y “perfeccionamiento del movimiento obrero”, se desarrolla un proceso que, en la práctica, tiene poco de elección y mucho de designación. No por gusto estaban presentes en ambas reuniones altos cargos del Comité Central comunista, como Broche Lorenzo, jefe del cuartel económico-productivo; el ministro de la Construcción, Villafañe; o el presidente del sector hidráulico, “Tony” Rodríguez.

En la reunión de La Habana también estuvieron el guajiro Liván Alonso, que aún no se acostumbra a la “city”, y la moderada gobernadora Yanet Hernández. Todos con cara de disgusto; vaya usted a saber por qué, quizá porque no repartieron merienda.

La terminología institucional intenta revestir de participación lo que en realidad es una reorganización interna de cargos decidida en esferas superiores, donde la base trabajadora tiene un papel esencialmente pasivo o simbólico. Aunque todos ocultan las negociaciones con los yanquis, eso no quiere decir que Broche Lorenzo no las tenga en cuenta porque, como dicen sus cercanos, es bruto, pero no tanto.

El hecho de que estos cambios se produzcan en plenos extraordinarios presididos por obesócratas comunistas y del Gobierno no es un detalle menor. Es el meollo del arroz con pollo. En lugar de un sindicalismo autónomo capaz de representar los intereses laborales frente a la administración estatal, los periodistas ensobrados (en este caso, Sing Castillo) no pueden ocultar una estructura imbricada con el poder político, donde los sindicatos funcionan como correas de transmisión de decisiones ya adoptadas.

Que Sing, el de Guantánamo, hable de “elecciones” resulta, como mínimo, engañoso. No existe competencia real entre candidaturas, deliberación en las bases o mecanismos de fiscalización. Lo que se presenta como un proceso electoral —vaya con el choteo criollo— es, en realidad, la formalización de acuerdos previamente definidos dentro de una lógica vertical. El resultado es un sistema donde los cargos no se disputan: se asignan. No se eligen: se redistribuyen.

La “sustitución” de dirigentes sindicales, presentada como parte de un “ascenso de cuadros” o una “renovación natural”, debe leerse más bien como un reajuste interno del mismo entramado de poder. Boris sustituye a Misael en la Construcción, y Misael a Alfredo Vázquez en la estructura provincial de La Habana.

No hay indicios de una transformación en la orientación del sindicalismo, sino una rotación de figuras dentro de parámetros estrictamente controlados. En otras palabras: cambian los nombres, no las estructuras ni las dinámicas de funcionamiento.

Este patrón se repite en cada periodo congresual de la CTC. Lejos de ser espacios de debate plural sobre las condiciones laborales, los congresos son escenarios de validación política donde se ratifican líneas y se reordenan lealtades. El 22 Congreso no será la excepción. Será la continuación lógica de una práctica que privilegia la estabilidad del “aparato” sobre cualquier intento de autonomía.

La insistencia en conceptos como “transparencia”, “participación” o “representatividad” son palabras vacías mientras Broche Lorenzo tutele el proceso. Esto contrasta con la ausencia de condiciones materiales que les den contenido real. La participación de comunistas y gobernantes en la conducción de estos plenos refuerza la percepción de un sindicalismo cautivo, donde la representación de los trabajadores queda sometida al dictado totalitario.

En este esquema, el sindicato sigue sin cumplir su función social de contraparte frente al poder económico o administrativo y se convierte en un instrumento de gestión y control del consenso laboral. Su papel deja de ser la defensa de derechos. Se mantiene como el canalizador de decisiones superiores, neutralizando tensiones en lugar de expresarlas.

El lenguaje oficial habla de “eficiencia” y “perfeccionamiento”, pero evita referencias a pluralismo, autonomía o rendición de cuentas. No es accidental: revela los límites del modelo sindical vigente, donde la legitimidad no se construye desde la competencia de ideas o la fiscalización de los dirigentes, sino desde la alineación con las estructuras superiores del poder político.

Lo que estas designaciones muestran no es un proceso de renovación. Es, más bien, la administración controlada del recambio: un sistema en el que los cargos sindicales forman parte de un circuito cerrado de circulación de cuadros, donde la movilidad interna no implica apertura, sino reciclaje de lealtades.

Así, más que un ejercicio democrático de representación obrera, el proceso previo al 22 Congreso de la CTC es un ajuste interno del aparato sindical para garantizar continuidad, disciplina y cohesión política frente a los nuevos tiempos y posibles cambios. Un “relevo” que no altera el fondo. Lo preserva. Y en esa preservación radica, precisamente, su función central.