miércoles , 19 junio 2024
Díaz-Canel.

Nefasto, Díaz-Canel, los apagones y la resiliencia creativa

En cada sílaba expresada por quien sufre junto al pueblo hambre y apagón, iba encendida la antorcha del aguerrido mambí.

La Habana, Cuba (Nefasto “El Electricista” / Sindical Press) – Me conmueve su entrega. Se desborda de tic tac mi corazón por la sensibilidad de Díaz-Canel. Sus honestas y sentidas palabras de aliento frente a la ola de apagones, prósperos y sostenibles, que nos da cada día el socialismo de una revolución invicta, hicieron llorar a los ensombrecidos pobladores de Amancio Rodríguez, en Las Tunas y a las oscuras golondrinas del resto del país. Y hasta la piedra negra que guarda los restos inmortales de Fidel soltó un furtivo lagrimón.

Y no era para menos, queridos resilientes, cuando en cada sílaba o palabra expresada por quien sufre junto a ustedes cada segundo de un apagón, los mismos días sin encontrar qué comer e iguales carencias de transporte para trasladarse, iba encendida la antorcha de un aguerrido y fantasmagórico mambí y el luminoso candil de un adormilado y decrépito ciudadano oriental.

Si ustedes conocieran los actos de renuncia protagonizados por Díaz-Canel en busca de la equidad entre la casta gubernamental y el pueblo, no serían tan exigentes a la hora de valorar su gestión al frente del país. Un líder capaz de sobreponerse a los fieros temblores sufridos bajo los equipos de refrigeración de su hogar y de renunciar a un cerdo mamón cocinado en un vino Cheval Blanc de 1946 de apenas 305 mil la botella, para compartir junto al pueblo, es alguien para seguir y venerar.

Es más, su constancia y dedicación, el espíritu de solidario con las penurias del pueblo, la presteza en acudir –cogiendo botellas– al epicentro del apagón para conocer in situ las opiniones de los calcinados por el calor y refrescarlos con lluvias de promesas, le da la fuerza moral para que se le levante un monumento a su nariz, en una patana turca o en la termoeléctrica del Mariel o Felton.

Las embriagantes palabras de condolencia y optimismo vertidas como una granizada sobre aquella multitudinaria masa cocida bajo los calores naturales del trópico y los provocados por la falta de energía eléctrica en todo el país, ocasionaron sudoraciones épicas cuando compungido, pero victorioso, señaló: “Los apagones han sido terribles, hasta de 20 horas, pero eso se va a resolver”.

Y si bien no dijo ni cómo, ni cuándo ni quién pondrá fin a esta prolongada, calenturienta y fecunda oscuridad creativa –según el esclavo y dicen que cantante, Cándido Fabré, es el mejor momento para trabajar y componer–, las palabras del líder, de forma subliminal, dejaron bien claro que sólo bastarían un foco de conciencia y otros 65 años para que vivamos bajo la luz del sol y la estrellas.

En un final, se preguntó para su ventrudo interior: ¿Acaso alguien de la multitud leyó o supo de algún levantamiento de Taínos o Siboneyes cubanos para  pedir corriente, comida y libertad a sus patrones y colonizadores tras siglos de vivir en total oscuridad por falta de patanas turcas o grupos electrógenos? ¿No? Entonces 20 horas diarias a oscuras no son nadas, pensó el líder de las farsas.

Cuando el enrojecido –no por el calor, sino por el consumo de carne roja: tiene la gota– se dirigió al mar de ojeras negras acumuladas por interminables noches sin dormir para ahorrar electricidad por el bien de la patria, ya una nueva estrategia diseñada por los iluminados tanques pensantes del partido estaba lista para ser cumplida por los abnegados carneros de la Unión Eléctrica.

Según el nuevo plan energético titulado “Una luz apagada al final del túnel”, no cesarán los remiendos a las termoeléctricas, sino se importarán lotes de cocuyos para iluminar los espacios públicos y los hogares de la isla, al menos, mientras exista la resistencia creativa del primer Maniatado Díaz-Canel, “El farolero” y la resiliencia de comer catibía esté de moda en Cuba.

Nefasto El Electricista.