lunes , 5 octubre 2026
Los agricultores arrojan plántulas de arroz a su campo en Los Palacios, Cuba, en marzo de 2025. (Espinosa / AP)

Pinar del Río: trabajadores atrapados entre la tierra y el Estado

En Pinar del Río, salarios insuficientes, apagones, falta de agua y escasas oportunidades convierten el trabajo cotidiano en supervivencia permanente.

La Habana, Cuba (Sindical Press) – En Pinar del Río el día comienza antes que en los periódicos. Comienza cuando todavía está oscuro y alguien se levanta para comprobar si llegó la corriente. Después viene el agua. Después el café, si queda café. Después el transporte. Y solo entonces aparece la pregunta que en cualquier sociedad debería ser la primera: ¿a dónde tengo que ir a trabajar?

En esta provincia occidental, la pregunta tiene demasiadas respuestas. Está el campo, están las vegas de tabaco, están los talleres, las escuelas, los hospitales, las pequeñas empresas, los negocios familiares. Está también La Habana, a menos de doscientos kilómetros, convertida para algunos jóvenes profesionales en una frontera invisible: suficientemente cerca para tentar, suficientemente lejos para que marcharse signifique dejar atrás la casa, los padres, la finca, el barrio y una vida entera.

Pinar del Río no es simplemente una provincia pobre. Es una provincia atrapada entre lo que produce y lo que no puede convertir en bienestar. Esa diferencia importa. Porque aquí la crisis del trabajo no consiste únicamente en que el salario sea insuficiente. Consiste en que muchas veces tampoco existen suficientes alternativas para escapar de ese salario.

En Consolación del Sur, por ejemplo, la agricultura tropieza con un enemigo que no debería tener que combatir un agricultor: la electricidad. El agua necesita bombas; las bombas necesitan corriente; las plantaciones necesitan agua. Cuando una de esas piezas desaparece, la cadena completa se rompe. En la campaña tabacalera 2025-2026, Pinar del Río sembró algo más de 11.400 hectáreas, el 94 por ciento del plan. Las lluvias, la sequía y los apagones golpearon una producción que el Estado considera uno de sus principales rubros exportables.

Imagine ahora al hombre que trabaja esa tierra. No al funcionario que presenta el informe de cumplimiento, sino al trabajador que entra en la finca, mira las plantas y sabe que una semana sin agua puede convertirse en una semana sin dinero. Para él, el apagón no es solamente oscuridad. Es una factura que todavía no ha llegado.

Durante 2025 se perdieron producciones agrícolas por problemas de riego y electricidad. El Gobierno respondió instalando sistemas fotovoltaicos para garantizar el bombeo en algunas zonas tabacaleras. Es una solución tecnológica a un problema que, en otro tiempo, habría parecido elemental: llevar energía hasta el campo para poder regar.

La paradoja es casi perfecta. Cuba necesita producir alimentos, necesita exportar tabaco, necesita que los campesinos permanezcan en las tierras y necesita que los jóvenes encuentren razones para quedarse. Pero el campesino trabaja dentro de una estructura en la que conseguir combustible, agua, insumos, electricidad y mercados puede ser casi tan complicado como cultivar.

Y mientras el campo espera agua, los pueblos esperan agua también.

En Entronque de Herradura, en Consolación del Sur, unos 12.000 habitantes enfrentaron durante años un servicio irregular de agua. Las denuncias recogidas en 2026 describieron familias obligadas a comprar pipas a precios incompatibles con salarios bajos. El problema dejó de ser doméstico para convertirse en laboral. Porque una persona que debe dedicar parte de su día a conseguir agua no dispone de esas mismas horas para producir, estudiar, cuidar a sus hijos o descansar. Así aparece una forma peculiar de pobreza: la pobreza del tiempo.

El trabajador cubano no solo pierde poder adquisitivo cuando el salario no alcanza. Pierde también horas. Horas esperando una guagua, buscando agua, haciendo una cola, procurando combustible, resolviendo comida, reparando lo que el Estado no puede reparar. La jornada laboral empieza mucho antes de llegar al puesto de trabajo.

Y después está el salario.

Durante 2025 el salario medio mensual en el sector estatal civil cubano llegó a 6.930 pesos. Pinar del Río permaneció por debajo de las provincias con mayores remuneraciones. La Habana alcanzó 7.911 pesos y Villa Clara 7.028. Santiago de Cuba quedó entre los territorios con salarios más bajos. Las cifras, sin embargo, dicen solamente una parte de la historia. El salario nominal puede subir mientras la capacidad de compra continúa deteriorándose.

Por eso conviene mirar el salario desde el lugar donde se gasta.

En La Habana, un profesional puede encontrar una MIPYME, trabajar en gastronomía, ofrecer servicios especializados, entrar en la construcción, probar suerte en el transporte o convertirse en proveedor de algún negocio. No significa que le vaya bien. Significa que tiene más puertas.

En Pinar del Río las puertas son menos.

Un profesor puede continuar enseñando. Un ingeniero puede permanecer en una empresa estatal. Un médico puede continuar en el hospital. Un técnico puede buscar alguna actividad privada. Pero el mercado para transformar una profesión en ingreso privado es mucho más pequeño que en la capital.

Entonces aparece la emigración como una oferta laboral involuntaria.

El joven profesional mira hacia La Habana. Después mira hacia el aeropuerto. La provincia pierde trabajadores, pero también pierde conocimiento. Y cuando se marcha un médico, un ingeniero, un profesor o un técnico, no se pierde solamente una nómina. Se pierde una inversión de años.

El tercer personaje de esta historia es el emprendedor.

No tiene uniforme estatal. Tampoco tiene necesariamente oficina. Puede tener una pequeña cafetería, un taller, una empresa de alimentos, un negocio agrícola o una actividad tecnológica. Trabaja muchas veces con una calculadora en una mano y un teléfono en la otra, buscando proveedores, clientes, combustible, electricidad y alguna manera de conseguir financiación.

En septiembre de 2025, el programa Crece extendió a Pinar del Río un esquema de microcrédito dirigido precisamente a MIPYMES y trabajadores por cuenta propia que tienen dificultades para acceder al crédito tradicional. El hecho es revelador: el pequeño empresario existe, pero necesita mecanismos especiales para financiarse.

También existe otra contradicción. En 2026, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo incluyó empresas pinareñas entre las iniciativas apoyadas para diversificar la economía, incorporar energías renovables, mejorar la producción agroalimentaria y desarrollar servicios tecnológicos. Es decir, incluso las instituciones que trabajan sobre el desarrollo territorial reconocen que el sector privado puede convertirse en una pieza importante para generar empleo y actividad económica.

Pero Pinar sigue teniendo un tejido empresarial mucho menor que La Habana.

Ahí está una de las diferencias fundamentales.

Santiago de Cuba tiene una crisis laboral marcada por salarios bajos, deterioro de servicios, problemas de agua y una enorme presión sobre una población urbana numerosa. Villa Clara posee una economía más diversificada y un tejido productivo diferente. La Habana concentra empresas, servicios, profesionales, comercio y capital económico.

Pinar tiene otra cosa: tiene tierra.

Tiene tabaco. Tiene campesinos. Tiene una tradición agrícola que forma parte de su identidad. Tiene pequeños productores que conocen la tierra mejor que cualquier funcionario sentado detrás de un escritorio. Y, sin embargo, mantiene miles de hectáreas ociosas mientras una parte de su población enfrenta dificultades para acceder a alimentos, agua e ingresos.

La contradicción no podría ser más visible.

El problema de Pinar del Río no es que no tenga qué producir. Es que el sistema económico tiene dificultades para transformar esa capacidad productiva en prosperidad para quienes trabajan.

Por eso el trabajador pinareño termina atrapado entre dos realidades. De un lado está la tierra, que exige trabajo, agua, electricidad, herramientas, crédito y libertad suficiente para producir. Del otro está el Estado, que conserva una enorme capacidad para decidir qué se produce, cómo se comercializa, quién puede financiarse y bajo qué condiciones puede crecer un negocio.

Entre ambos queda el trabajador.

Y ese trabajador tiene que levantarse mañana.

Volverá a mirar el interruptor antes de salir de casa. Comprobará si hay agua. Buscará transporte. Llegará al campo, al hospital, a la escuela, al taller o al pequeño negocio. Trabajará. Y cuando termine su jornada, quizá tenga que comenzar otra.

Porque en Pinar del Río, como en buena parte de Cuba, el problema ya no consiste únicamente en encontrar trabajo.

El problema es conseguir que trabajar vuelva a permitir vivir.