Los trabajadores de Servicios Comunales laboran por un salario miserable de entre 3.000 y 3.500 pesos, menos de 6 dólares.
La Habana (Sindical Press) – Hay hombres que barren las calles de Cuba al amanecer, cuando la ciudad aún finge dormir para no admitir su derrota. Llevan escobas raídas, guantes que se deshacen como promesas incumplidas y un salario que no alcanza ni para comprar el pan que comen de pie, entre montones de basura que nadie recoge a tiempo.
Son los trabajadores de Servicios Comunales, los últimos soldados de una retaguardia que ya nadie defiende. Tres mil a 3.500 pesos al mes, según la provincia y los pluses por nocturnidad o por jugarse la vida entre ratas y vectores. En dólares al cambio informal, alrededor de 6 USD. El salario medio estatal ronda los seis mil y pico (12 USD), pero ellos están en el pelotón de los perdedores, los que limpian la miseria que otros producen sin que nadie les pregunte por qué.
El Gobierno lo admite ahora, en reuniones con el obesócrata y su primer ministro: los salarios son bajos, incompatibles con el riesgo, con turnos que arrancan de noche y terminan con el sol pegando como un martillo. Hablan de “estudios”, de “propuestas”, de “incentivos excepcionales”. Palabras huecas, como las que se usan para tapar agujeros en un barco que se hunde. Mientras tanto, los camiones recolectores se averían por falta de neumáticos, baterías y combustible. La flota opera al 40% en el mejor de los casos; el resto duerme en talleres que parecen cementerios de chatarra. Microvertederos crecen en cada esquina y la culpa recae en los barrenderos, en quienes empujan carretillas con las manos desnudas porque los guantes se acabaron hace años.
No hay romanticismo en esto. No son héroes de novela. Son hombres y mujeres de carne y hueso, con hijos que piden zapatos y esposas que cuentan los días para el próximo apagón. Trabajan en condiciones penosas: exposición al sol, a la lluvia, a infecciones que nadie quiere nombrar. La plantilla envejece porque los jóvenes huyen: ¿quién va a querer barrer calles por un sueldo que no compra ni un kilo de arroz decente? Recurren a reclusos para cubrir vacantes, como si la limpieza urbana fuera un castigo más en la lista de condenas.
Y, sin embargo, cada 15 de febrero los felicitan oficialmente. La secretaria general del sindicato, Niuris Cabrera Ibáñez, que relevó en 2025 a Yaisel Pieter Terry en el cargo, organiza homenajes y entrega condecoraciones por años de servicio. Como si las medallas alimentaran a alguien. Es el viejo truco: reconocer el sacrificio para no pagarlo. Mientras La Habana y otras ciudades, grandes y pequeñas, se ahogan en su propio churre, el sistema los responsabiliza por la indisciplina ciudadana, por la basura que tiran otros, por un colapso que viene de arriba.
Estos barrenderos son el non plus ultra de la dignidad rota: no hay más allá. Continúan barriendo porque alguien tiene que hacerlo, porque en el fondo aún creen —o fingen creer— que la patria no puede ser tan miserable. Pero cada día que pasa, la escoba pesa más y el salario alcanza menos. Y uno se pregunta: ¿cuánto más resistirán antes de que la ciudad se coma a sus limpiadores? Porque cuando los últimos se vayan, ya no quedará nadie para barrer los escombros de lo que fue.