domingo , 19 mayo 2024

Croquetas: el móvil del delito

El Granma falla en darle cobertura a un fenómeno, cuyo origen estriba en las reticencias del gobierno en implementar cambios.

La Habana, Cuba | Cuba Sindical Press – Recientemente el diario Granma trajo a colación uno de esos ardides con los que el cubano trata de escapar de la perentoria escasez. De más está decir que se trata de una práctica masiva, en cierta medida tolerada y sin soluciones a la vista.

La cotidianidad enseña que si no es con el trapicheo (compra y venta de productor birlados en fábricas, talleres y tiendas estatales) o gracias a la FE (familiares en el extranjero) que manden moneda dura, difícilmente pueden consumirse las calorías necesarias para mantenerse en pie, bañarse con jabón o suplir cualquier otra urgencia.

El tema recreado en las páginas del órgano oficial del partido comunista tiene que ver con croquetas ilícitas.

Aunque a primera vista podría interpretarse como una broma, los hechos en cuestión exponen el complejo entramado de ilegalidades que definen las pautas de una sociedad idealizada en muchos lugares del mundo por la puntual manipulación de las estadísticas y obligada a sobrevivir bajo los dictados del centralismo económico, con sus racionamientos, prohibiciones y estatutos que exigen la lealtad incondicional al partido.

Realmente, no debería asombrar que en las cafeterías conocidas como “Di tú” se expendan croquetas cuyo suministrador no labora en la empresa estatal encargada de proveer el producto.

Hay que subrayar que este tipo de transacciones se han convertido en la norma, desde hace mucho tiempo, en todo el país.

Los insumos que desaparecen de los almacenes estatales son a la postre la fuente de ganancia no tan solo para el administrador y los dependientes del “Di tú”, sino para una interminable cadena de locales donde se brindan servicios a la población, ya sea la venta de comestibles, reparación de equipos electrodomésticos o reparación de colchones, por poner tres ejemplos.

Una vez más, el Granma falla en darle cobertura a un fenómeno, cuyo origen estriba en las reticencias del gobierno en implementar un programa de cambios socioeconómicos que obedezca a patrones lógicos y no a los caprichos de una clase política que cumple a cabalidad la máxima: “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago” –eslogan tras el cual han vivido y viven en las antípodas de la austeridad y el pundonor que profesan en las tribunas y en los actos de reafirmación revolucionaria.

A luz de la verdad, son los burgueses del proletariado que sistematizaron la miseria como uno de los baluartes del control social, reforzado por un ejército muy eficiente de policías y chivatos.

Puede que a raíz del artículo-denuncia caigan en desgracia unos cuantos proveedores clandestinos, pero nada que haga peligrar la funcionalidad de miles de contratos subrepticios, validados en los largos e insufribles caminos de la supervivencia.

Es un chiste de mal gusto pensar en una existencia medianamente sustentable con salarios que no llegan a un dólar diario, además depreciados por una inflación que alcanza los tres dígitos en decenas de productos de primera necesidad.

A mi modo de ver, el eje del entuerto no está en la procedencia de las croquetas que se ofertan en los mostradores de los “Di tú”, sino en que el gobierno tome conciencia de la necesidad de abandonar sus nocivas políticas monopolistas y estimule el desarrollo de las empresas pequeñas y medianas.

La relativización del robo y con ello los valores éticos y morales, bajo los estandartes de un sistema político próximo a cumplir los seis decenios, son los efectos de la decadencia de un proyecto que contribuyó a generalizar la mediocridad y la enajenación.

En lo que bien se podría calificar de fiesta permanente de la doble moral, es posible que un número significativo de implicados en las actividades comerciales al margen de la ley ostenten la militancia en las filas del partido único u ocupen un cargo en el Comité de Defensa de la Revolución de su cuadra.

El objetivo es alcanzar el éxito, menguar el impacto de las carencias.

Ya lo dijo el genial comediante Groucho Marx: “El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio. Si puedes simular eso, has triunfado”.

Por la cantidad de gente que aparenta en Cuba esas cualidades, en su afán por vaciar los anaqueles del Estado, podemos asegurar que el socialismo real es uno de los caminos, más transitables para llegar el caos.