El dictador y la perversa continuidad

Raúl Castro, 92 (2o por la izquierda) con José Ramón Machado, 93 (i), Ramiro Valdés, 91 (d) y su actual presidente Miguel Díaz Canel, 63, celebran el 65 aniversario de la revolución cubana.

Efímeros destellos de una pirotecnia con demasiado uso para que sorprenda y mucho menos se convierta en la apremiada luz.

Pittsburgh (Sindical Press) – Los tintes cavernarios de la retórica oficialista insisten en determinar la secuencia de una estrategia que basa sus objetivos en perfeccionar el arte de la demolición y el culto a las ruinas en la otrora llamada Perla de las Antillas.

Se llega a tal conclusión siguiendo la ruta del discurso que largó el nonagenario, Raúl Castro, en la ciudad del Santiago de Cuba, el 1 de enero.

Al final de la altisonante verborrea con su mezcla de guapería barriotera, expectativas de revertir la mala racha del socialismo en la economía y el llamado al pueblo a hacer acopio de estoicismo frente a las múltiples carencias provocadas por las acciones de un enemigo externo que en realidad actúa como salvaguarda en medio de la crisis, no queda otra opción que esperar otros descensos en la triste dinámica del hundimiento de un sistema incapaz de conseguir una mínima funcionalidad.

El 2024, será como otro giro mortal del garrote vil, el instrumento usado por los colonialistas españoles, para aplicar la pena capital en sus colonias de ultramar durante el siglo XIX, incluida Cuba.

Los cubanos que no logren escapar continuarán en su rol de cadáveres andantes a merced de los sobresaltos de una existencia totalmente ajena al decoro y la dignidad que Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel, Manuel Marrero, Esteban Lazo y José Ramón Machado Ventura, entre una larga lista de depredadores y embusteros, sacan a relucir como sublimes categorías de ciudadanos que en realidad conciben como meras piezas de un engranaje social para la conservación del modelo que se inventaron para morirse de viejos en el poder.

Ninguno de ellos va a comprometerse a liderar un cambio real que permita salir del atolladero en que se encuentra Cuba. Sus prioridades –como Raúl se encargó de recalcar–, siguen centradas en mantener a toda costa las relaciones contractuales entre el pueblo y el gobierno, establecidas sin la voz y con el voto condicionado de la mayoría casi absoluta de la población, a modo de legitimar a una clase política que se jacta de un acuerdo aceptado por las partes involucradas, pero que proyecta inequívocamente todas las características de un secuestro.

Entre los fuegos artificiales que antecedieron a la celebración del sexagésimo quinto aniversario de la revolución, el citado 1 de enero, aparece el anuncio del aumento de sueldo al personal que labora en las instituciones de Salud y la Educación.

Sencillamente hay que tomarlo como lo que es: efímeros destellos de una pirotecnia con demasiado uso para que cause sorpresa y mucho menos se convierta en la luz que haga retroceder la oscuridad en los nichos donde habita la esperanza de decenas de miles de trabajadores bajo el rigor de una pobreza cada vez más angustiante.

La gratificación monetaria es un gesto desesperado para contener las deserciones en hospitales y escuelas, cuyo impacto quedará bajo los límites de una inflación que no deja de crecer y la caída en picada del valor de la moneda nacional. Problemas para los que se avizora una continuidad garantizada, mientras se persista en santificar la planificación y se criminalice la libertad de empresa.

Con una copia del mismo libreto que servía de apoyatura a Fidel para sus interminables peroratas, Raúl repite la escena del dictador dando por sentado cuales son las reglas del juego. No hay variaciones posibles en el destino del país, al menos mientras pueda salir a escena a ratificar, con voz de mando, las directrices del socialismo, amonestar a un dirigente o soltar unas de sus ridículas jocosidades.

Tal vez su muerte, despeje el camino hacia otras realidades menos desafortunadas. La idea es como un aliento de vida, mientras se soporta el peso aplastante de las calamidades. Algunos lo toman como una certeza. Ojalá no estén equivocados.