jueves , 9 abril 2026
Jusvinza Cuba chikungunya

Jusvinza: ¿solución real o ilusión mediática?

Tratamiento experimental Jusvinza genera expectativas en Cuba, pero dudas sobre efectividad, acceso limitado y condiciones sanitarias cuestionan su impacto real.

Carnegie, Estados Unidos (Sindical Press) – Un destello de esperanza apareció recientemente en las páginas de Tribuna de La Habana para quienes sufren las secuelas del chikungunya, uno de los virus que se ha asentado en un país con múltiples reservorios para los mosquitos Aedes aegypti y Aedes albopictus. Estas especies también transmiten enfermedades como el dengue y el oropouche, asociadas a fiebre alta, náuseas y dolores musculares y articulares. Según el Ministerio de Salud Pública (MINSAP), se han documentado poco más de 50 fallecimientos vinculados a estos cuadros.

El fármaco Jusvinza, desarrollado en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), podría terminar siendo una innovación marcada por su limitada efectividad, el impulso mediático y la intención de proyectar un éxito rotundo, pese a una producción que difícilmente alcanzará para mitigar los efectos de una virosis que el pasado año afectó a 38.938 personas.

Las ampollas de Jusvinza —presentadas como un tratamiento “milagroso”— se han administrado hasta ahora a un grupo reducido de pacientes, en el marco de un plan piloto iniciado en el Hospital Docente Clínico Quirúrgico Diez de Octubre, en La Habana.

El doctor en Ciencias Julio Baldomero Hernández, director de Investigaciones Clínicas del CIGB, informó que el estudio se encuentra en la segunda semana de la fase 3. La investigación se desarrolla en varias instituciones médicas e incluye a 300 pacientes con secuelas de la enfermedad.

Más allá de las dudas sobre su efectividad, conviene recordar el tránsito frecuente desde la euforia inicial hacia el desvanecimiento de expectativas en proyectos anteriores, como las vacunas Abdala y Soberana 02 contra la COVID-19, así como el uso del interferón alfa-2b, producido desde la década de 1980.

Los cuestionamientos no se limitan a su impacto en la artropatía postviral crónica que afecta a un número considerable de cubanos. También se extienden a la posibilidad de que, en el futuro, el acceso al medicamento dependa del pago en divisas o de la pertenencia a redes con vínculos dentro del aparato político o militar.

En paralelo, los esfuerzos científicos pierden alcance frente al deterioro del entorno sanitario. La acumulación de basura en las calles y los salideros de agua crean condiciones ideales para la proliferación de mosquitos, lo que limita el impacto de cualquier intervención farmacológica.

En este contexto, Jusvinza podría convertirse, en el mejor de los casos, en un paliativo tardío que alivie a un grupo reducido de pacientes, mientras miles continúan expuestos a las consecuencias de la enfermedad.

El entorno, además, resulta cada vez más propicio para nuevos brotes. Los mosquitos encuentran espacios abundantes para reproducirse y se benefician de la oscuridad en campos y ciudades. Los fallos recurrentes del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), con apagones que pueden extenderse hasta 20 horas, agravan la situación y favorecen la propagación de enfermedades.

El escenario plantea una interrogante de fondo: si el chikungunya terminará consolidándose como enfermedad endémica, al igual que el dengue, cuyo episodio más severo se registró en 1981, con más de 300.000 casos.

Según sus desarrolladores, Jusvinza alivia, pero no previene. Esa es su principal limitación en un contexto de deterioro estructural, donde el Estado no logra garantizar servicios básicos como la recogida de desechos, el control de fugas hidráulicas o la estabilidad del suministro eléctrico, factores que contribuyen al crecimiento sostenido de los vectores en todo el país.