martes , 10 febrero 2026
zafra azucarera

¿La última zafra? Una pregunta con sabor amargo

Importaciones crecientes, producción mínima y pagos simbólicos definen una zafra incapaz de sostener la demanda interna nacional actual cubana hoy.

La Habana (Sindical Press) – En teoría, la actual zafra azucarera comenzó en la segunda mitad de diciembre de 2025. La anunciada arrancada tuvo lugar en el central Ciudad Caracas, en el municipio Lajas, provincia de Cienfuegos.

Se desconoce si en ese ingenio ya entraron en acción las brigadas de macheteros llamadas a sustituir a las viejas máquinas cosechadoras, hoy inoperantes tras años de remiendos y con los tanques de combustible tan vacíos como el resto del parque industrial. La iniciativa del corte manual surgió en la provincia Granma, en el extremo oriental de la Isla, como única alternativa para garantizar que la caña llegue a los molinos.

El incentivo para enfrentar el corte a filo de machete, según la prensa oficial, consiste en el pago de 700 pesos por tonelada, una suma que equivale a menos de dos dólares al tipo de cambio del mercado informal, situado en torno a los 480 pesos por dólar. No se ha informado cuántos trabajadores aceptaron estas condiciones, aunque puede inferirse que, por presión o necesidad extrema, la mayoría terminó haciéndolo. No sería una novedad en un contexto marcado por obligaciones recurrentes con apariencia de voluntariedad y por carencias que empujan a aprovechar cualquier ingreso, incluso a costa de un esfuerzo físico desmedido.

Internarse en un cañaveral con temperaturas que superan regularmente los 30 grados Celsius, aun contando con alimentación adecuada y otros insumos básicos, no es cosa de juegos. Cabe suponer que el mismo esquema se haya aplicado en los nueve centrales que participan en la cosecha, una cifra que por sí sola retrata la decadencia de una industria que llegó a contar con más de 150 ingenios, principalmente en las provincias centrales y orientales.

Si en la zafra anterior la producción no alcanzó las 150.000 toneladas, el peor resultado en décadas, la actual amenaza con profundizar el desastre, lastrada por la escasez de trabajadores, la falta de implementos básicos y la crónica ausencia de combustible. En 2025, parte del azúcar consumida en Cuba tuvo que importarse desde Estados Unidos, por un valor aproximado de 14,9 millones de dólares. Brasil y Colombia figuran entre otros proveedores de un producto esencial en la dieta nacional.

Los problemas estructurales de la economía, incluida la abrupta caída de los activos financieros, han hecho imposible cubrir una demanda interna estimada entre 600.000 y 700.000 toneladas anuales. Todo apunta a que el racionamiento y el alza de precios en los mercados minoristas —tiendas estatales en divisas, mipymes— y en el mercado informal se intensifiquen como reflejo directo de una economía en crisis.

La ruina de la industria azucarera tiene antecedentes claros en la llamada Tarea Álvaro Reynoso, bajo la cual se ejecutó el desmantelamiento progresivo de la mayoría de los centrales. Fue otro plan fallido, impulsado por Fidel Castro, que prometía satisfacer el consumo interno y reinsertar al país en el mercado externo siempre que los precios internacionales generaran divisas superiores a los costos de producción.

Con apenas nueve centrales en activo y cañaverales desmochados bajo el sol inclemente del Caribe, tomarse un vaso de agua con azúcar sigue engrosando el inventario de deseos imposibles. Tal como están las cosas, no resulta descabellado prever que la producción final no supere las 100.000 toneladas. Un pronóstico con un sabor tan amargo como el balance de la zafra.