La negociación colectiva es un decorado. Se “negocia” dentro de límites fijados por el propio empleador, que es el Estado.
La Habana (Sindical Press) – Cada 10 de diciembre el mundo conmemora el Día de los Derechos Humanos. Las democracias lo celebran; las dictaduras lo padecen. En Cuba, sencillamente, le temen. Esta fecha desnuda con crudeza insoportable la impostura del régimen comunista: la mentira de que el trabajador cubano es un ciudadano protegido cuando en realidad es un súbdito vigilado. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) y los mecanismos de la ONU llevan años señalándolo, con una diplomacia exasperante, mientras resulta evidente para cualquiera que no viva anestesiado por la propaganda.
El régimen firma los convenios fundamentales de la OIT sobre libertad sindical y negociación colectiva. Lo hace para posar en las fotos, para engordar la narrativa de respetabilidad internacional, pero los incumple con una desfachatez estructural. En la isla no existe pluralismo sindical porque para el poder solo hay un sindicato legal: la Central de Trabajadores de Cuba. Un sindicato que no defiende al obrero frente a la obesocracia, sino que defiende a la obesocracia frente al obrero. No es representación: es subordinación. No es intermediación social: es disciplina política.
La OIT lo documenta desde hace años: persecución de sindicalistas independientes, despidos por motivos ideológicos, detenciones, acoso policial, vigilancia constante. En cualquier Estado de derecho esto sería una vergüenza nacional. En Cuba forma parte del funcionamiento normal del sistema. El sindicalista independiente no es interlocutor: es enemigo. El trabajador crítico no es ciudadano: es sospechoso.
La llamada negociación colectiva es otro decorado. Se “negocia” dentro de límites fijados por el propio empleador, que además es el Estado. Salarios, jornadas, sanciones y despidos están prediseñados por el poder político. El margen real de decisión del trabajador es nulo. No hay diálogo social: hay administración vertical de la obediencia. El obrero no debate, acata. No elige, sobrevive.
Mientras tanto, la realidad material es la de un país empobrecido: los salarios no alcanzan para vivir, la inflación es devastadora, el transporte está colapsado, los centros de trabajo carecen de recursos, seguridad y dignidad. La OIT advierte que el crecimiento del trabajo privado no va acompañado de inspección laboral ni de garantías efectivas. El empleo estatal es miseria institucionalizada; el privado, precariedad sin red.
Pero si hay un capítulo que condensa toda la hipocresía del sistema es el de las misiones médicas en el extranjero. Este es el gran negocio “moral” del régimen. Bajo el barniz de solidaridad, los mecanismos internacionales detectan trabajo forzoso: retención de pasaportes, restricción de movimientos, vigilancia política, sanciones por abandonar la misión y confiscación de una parte sustancial del salario. El profesional trabaja, el Estado cobra. Si obedece, sobrevive. Si se rebela, queda marcado. Eso no es cooperación internacional: es exportación de mano de obra barata bajo coacción.
El Examen Periódico Universal de la ONU y los comités de derechos económicos y sociales repiten cada pocos años las mismas recomendaciones: libertad sindical real, fin de la represión antisindical, negociación auténtica, condiciones dignas, inspección independiente. ¿La respuesta del régimen? La de siempre: soberanía, bloqueo, resistencia. Como si el encarcelamiento de un obrero pudiera justificarse por la política exterior de otro país.
El problema no es accidental. Es estructural. El comunismo cubano no puede permitir sindicatos libres porque no puede permitir ciudadanos libres. No puede tolerar negociación real porque no admite contrapoderes. No puede aceptar autonomía laboral porque vive del control absoluto. El trabajador libre es un riesgo político. El sindicato independiente es una amenaza directa. Por eso toda reforma es cosmética y toda represión, permanente.
Por eso el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, en Cuba no es una celebración; es un recordatorio incómodo. El día en que el relato se cae a pedazos. El día en que queda claro que el trabajador cubano no es el “protegido” del socialismo, sino su rehén más numeroso. Se le da empleo a cambio de silencio, racionamiento a cambio de lealtad, permiso para subsistir a cambio de obediencia.
Mientras el mundo siga premiando la propaganda y normalizando la farsa, el obrero seguirá pagando el precio del mito revolucionario. Sin sindicato libre, sin salario digno, sin voz. Con miedo. Y con la certeza brutal de que, en Cuba, el trabajo no libera: somete.