Estudios independientes indican que un trabajador necesitaría ganar 10 veces el salario medio oficial para alcanzar un mínimo de subsistencia.
La Habana (Sindical Press) – La unidad empresarial de base (UEB) Torrefactora Villa Clara es presentada como uno de los pocos centros productivos del país donde el éxito no sería una combinación de sombra y humo. Allí, según afirmó su director, José Raúl Arias Díaz, al diario Trabajadores, el socialismo “funciona” gracias al rescate de procesos tecnológicos y a la generación de impactos económicos calificados como “notables”.
Sin embargo, su intervención contrasta con el tono ambiguo y por momentos pesimista empleado por Miguel Díaz-Canel en el discurso de clausura del XI Pleno del Comité Central del Partido, donde reconoció el complejo desenvolvimiento de la economía durante el año que concluye y advirtió sobre un 2026 igualmente tenso. Frente a ese panorama, el mensaje del máximo responsable del centro encargado de la producción de café, harina y gofio de maíz y sorgo para la venta mayorista resulta, cuando menos, estimulante.
Entre los logros destacados figura el crecimiento del salario de los trabajadores, que pasó de 3.800 pesos mensuales (8 dólares) a 9.200 pesos (20 dólares). Un salto que, a primera vista, podría parecer significativo, pero que en la práctica pierde relevancia ante una inflación persistente que impide a la mayoría cubrir siquiera sus necesidades básicas.
Estudios de organizaciones independientes indican que un trabajador necesitaría percibir diez veces el salario medio oficial —establecido en 6.506 pesos, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) correspondientes a abril de 2025— para alcanzar un mínimo de subsistencia.
No hace falta un gran esfuerzo para advertir las grietas de una estrategia informativa que insiste en colorear un panorama donde lo sombrío predomina de forma absoluta. Resulta difícil soslayar que el país continúa a la deriva. Por más afeites retóricos que se empleen, la decadencia se presenta como un fenómeno omnipresente y estructural.
Así, el destaque de las supuestas proezas de la torrefactora —en el caso de que fueran reales— no modifica la percepción general de fracaso que el propio Díaz-Canel intentó maquillar en su alocución mediante frases manidas y circunloquios que pocos toman en serio.
Los reiterados llamados a corregir distorsiones, avanzar hacia la estabilidad macroeconómica y atribuir al “bloqueo” estadounidense la responsabilidad principal del desastre nacional reproducen un esquema de justificaciones y promesas utilizado por la élite política desde los inicios de su permanencia en el poder.
No podía faltar el aderezo ideológico al afirmar que Cuba cuenta “con la fuerza moral y la legitimidad histórica de un pueblo heroico”. El mismo pueblo que padece a diario el rigor del hambre, enfermedades sin medicamentos, apagones constantes y otras anomalías que lo mantienen en un estado de alerta permanente, incluida la cada vez más compleja tarea de disfrutar una simple taza de café.