viernes , 23 enero 2026
CTC
Seminario de la oficialista CTC en Camagüey para organizar las reuniones de consulta del Anteproyecto de Ley del Código de Trabajo. (Radio Rebelde)

2025 y la farsa de la CTC

La CTC ha afiliado a muchos cuentapropistas, pero esto no se traduce en derechos, protección, negociación colectiva o mejoras laborales.

La Habana (Sindical Press) – En 2025, la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) realizó un movimiento que algunos intentaron vender como renovación: Ulises Guilarte de Nacimiento fue desplazado de su silla de mando, y Osnay Miguel Colina Rodríguez asumió el cargo. Nuevos nombres, la misma sombra. Colina es diputado, miembro del Comité Central del Partido Comunista, y, por supuesto, fiel al guion que dicta el poder. El sindicato oficial sigue subordinado al Estado, y no al trabajador. Eso no es una observación: es un hecho que se palpa en cada oficina, en cada fábrica, en cada aula silenciosa donde los obreros miran la miseria pasar como si fuera un paisaje inevitable.

Durante todo el año, la CTC se mantuvo ocupada señalando culpables fuera de la isla: la “soberbia imperial” de Estados Unidos, la hostilidad del mercado global, la mala voluntad de organismos internacionales. Lo curioso es que, mientras se escudan en el enemigo externo, los verdaderos responsables —ellos mismos— miran con calma cómo los obreros pierden salario, seguridad y confianza. En lugar de asumir sus deficiencias y la complicidad con un modelo económico colapsado, culpan al viento y al mundo.

Denuncias y desconfianza

Un informe de la Asociación Sindical Independiente de Cuba (ASIC) de este año revela que más del 95 % de los trabajadores cubanos no confía en las instituciones responsables de su seguridad laboral. Denuncian accidentes, falta de equipos, ausencia de formación. Los que trabajan en el sector privado o por cuenta propia sufren especialmente; saben que cualquier error, cualquier queja, puede ser el inicio de un despido disfrazado de trámite administrativo. La afiliación al único sindicato legal no protege: anula derechos. Un 57 % de los encuestados admite no estar sindicalizado. Una afiliación obligatoria que sirve de adorno, de cifra, no de defensa.

Mientras tanto, los despidos, las sanciones y la marginación se siguen produciendo como un reloj que marca la indignidad. Profesionales de la cultura y la educación han sido echados de sus trabajos este año, y la CTC no ha movido un dedo. No hay defensa, no hay palabra, no hay siquiera una queja formal.

Represión y ley

El nuevo anteproyecto del Código de Trabajo, aprobado en 2025, no reconoce el derecho de huelga y refuerza el monopolio sindical. Si un trabajador quiere protestar, la ley y el sindicato se lo impiden. La CTC se presenta como garante de la “unidad”, pero no es más que una correa de transmisión que convierte la obediencia en virtud y el silencio en disciplina.

Contradicción: números sin humanidad

La CTC ha afiliado este año a muchos trabajadores del sector privado, los llamados cuentapropistas, bajo la consigna de fortalecer su representación. Pero la afiliación masiva no se traduce en derechos, protección, negociación colectiva o mejoras laborales: los incluye como número, no como personas dignas de defensa. Por su parte, los sindicatos agrupados alrededor de la ASIC presentaron un “Pliego de Demandas por la Libertad Sindical, la Justicia Económica y la Democracia en Cuba”, exigiendo derechos que la CTC ignora: libertad sindical, negociación colectiva, seguridad laboral. Sus demandas golpean la raíz de un sistema que usa al sindicato como instrumento de control y represión, no como mecanismo de protección.

2025: año de la bancarrota moral

Este año ha dejado claro lo que muchos ya sospechaban: la CTC no es un sindicato, es una máquina de disciplina. Cambian los nombres de los líderes —Guilarte por Colina— pero la esencia permanece. Depende del Estado, no del trabajador. Los obreros siguen sin voz, sin defensa, sin derecho a huelga, sin esperanza sindical.

La “unidad” proclamada por la CTC no es solidaridad; es sometimiento. La afiliación masiva no es representación; es control. La represión laboral no es excepción; es regla. Que 2025 quede registrado como el año en que el velo cayó: ya nadie puede pretender que la CTC defiende a los trabajadores. La CTC es su negación. Mientras esa estructura siga intacta, la clase obrera cubana seguirá condenada al silencio, a la obediencia y a la precariedad.

El paisaje de silencios

Al final, lo que queda no es un sindicato ni un liderazgo: queda un paisaje de silencios y sombras. Los pasillos de las fábricas y oficinas se parecen cada vez más a calles vacías después de un bombardeo, donde los obreros caminan con la cabeza baja, midiendo sus pasos para no tropezar con la miseria que se ha vuelto rutina. La CTC se yergue como un edificio imponente y vacío, con sus paredes pintadas de lemas y consignas, mientras dentro no hay nada que sostenga la dignidad de nadie.

Los trabajadores se mueven como fantasmas en su propia tierra, atrapados en un laberinto donde la salida ha sido cerrada desde hace décadas. Cada despido, cada sanción, cada injusticia es una puerta que se cierra sin aviso. Y los líderes sindicales, de Guilarte a Colina, caminan por los corredores oficiales con la seguridad de quien sabe que no será cuestionado, que su poder reside en la obediencia ajena y en la indiferencia de quienes miran desde fuera.

Es una guerra sin armas visibles, un combate silencioso entre la realidad y la ficción, donde la verdad es un enemigo al que no se le permite hablar. La CTC se alimenta de esta ficción: cada cifra inflada, cada acto protocolar, cada ceremonia pública es un recordatorio de que la esperanza ha sido domesticada.

Pero la vida, incluso en Cuba, siempre encuentra grietas. Allí, en esas grietas, los trabajadores observan, susurran, resisten con pequeños gestos, con silencios que son gritos contenidos, con la dignidad que aún se niega a morir. La CTC puede mantener su teatro, proclamar unidad y control, pero no puede arrancar por completo la conciencia de quienes saben que, bajo su fachada de poder, no hay defensa, no hay justicia, no hay sindicato.

Que 2025 quede registrado no solo como un año de desastre económico y represión laboral, sino como el año en que se hizo evidente la bancarrota moral de una institución que alguna vez debería haber defendido al trabajador. La CTC no protege, no representa, no libera. Solo recuerda a los cubanos que la obediencia es ley y que la dignidad, por ahora, debe caminar en silencio, como un fantasma que todavía no ha desaparecido del todo.

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