Es muy lamentable creerse presidente y ser en realidad solo un payaso mediocre que se auto percibe diestro y versátil.
Pittsburgh (Sindical Press) – Es muy lamentable creerse presidente de un país y ser, en realidad, un payaso mediocre que se autopercibe diestro y versátil en cada uno de sus desempeños.
No porque haya tribuna, quórum y aplausos hay que asumir que el prestigio y la legitimidad llegan por añadidura.
Ese es el dilema que acompaña a Miguel Díaz-Canel desde el 19 de abril de 2018, cuando Raúl Castro le cedió la corona y todos los pecados de una utopía fracasada.
Con la investidura de dictador en jefe, tras haber sido primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, llegó también una condena sin atenuantes ni posibilidad de absolución.
Díaz-Canel es un reo con los grilletes bien ajustados para que no pueda escapar de su rol como figura política destinada a la incineración en el altar del sacrificio.
El trasfondo de su protagonismo se sustenta en la habilidad maquiavélica de quienes lo adoctrinaron desde su juventud para que ahora pague las culpas de toda una época marcada por errores y abusos cometidos en nombre de un ideal supuestamente virtuoso y compasivo.
Resulta difícil saber si su fanatismo ideológico sigue siendo auténtico, ahora que el sistema que representa pende al borde del abismo, sin posibilidades de rescate, al menos con la premura que demandan las circunstancias.
Lo admita o no, es y será el más repudiado por haber dado el visto bueno a una cadena de medidas y contramedidas que normalizaron la mendicidad y el hambre en todo el país.
Durante su mandato se aprobaron la Tarea Ordenamiento, concebida para reimpulsar la economía mediante la eliminación de subsidios y la unificación monetaria; la Ley de Expropiación, que proporcionó un marco legal para continuar despojando a los cubanos de sus bienes; y la reforma del Código Penal, que reforzó el ya asfixiante clima represivo.
El historial de medidas antipopulares no se limitó a estas tres disposiciones que, sin lugar a dudas, delinean el funesto legado del presidente electo por la voluntad de Raúl Castro.
Las apuestas de una salida anticipada de Díaz-Canel del poder, antes de que concluya 2026, aumentaron de un 48 % a un 53 % el pasado 2 de febrero, según la plataforma de predicción Kalshi.
Por su parte, Polymarket situó en un 40 % las probabilidades de su salida antes del 1 de junio.
La aceleración de los acontecimientos sugiere que algo está por ocurrir. El relevo de Canel sería parte de un movimiento más amplio, orientado a un cambio que se estaría gestando con total discreción.
Se habla de conversaciones al más alto nivel entre funcionarios estadounidenses y cubanos, e incluso de un primer contacto en México.
No hay manera de confirmar la veracidad de estos intercambios; pero, al margen de lo que esté sucediendo, se avizora el fin del castrismo, mediante una evolución pactada o la quiebra inevitable.
Mientras llega el desenlace, Díaz-Canel continúa en su papel de diana donde van a parar la repulsa y las burlas de cubanos dentro y fuera de la Isla.
Es patético observar que, en el ocaso de su mandato espurio, insista en proyectar una autoridad que nunca tuvo.
Siempre fue el títere oficioso y desechable: el escogido para pagar las cuentas de un proyecto político validado por las apariencias y culpable de haber causado tantas desgracias.