En Cuba, donde el salario estatal apenas alcanza para sobrevivir, cada reforma salarial se recibe con esperanza cansada y cinismo entrenado.
La Habana (Sindical Press) – En una imprenta de La Habana Vieja, donde el olor a aceite quemado y tinta se mezcla con el sudor del mediodía, Ramón García apaga su máquina a las tres de la tarde y mira el dinero que acaba de contar. Un salario que, por primera vez en años, parece prometer algo distinto. No es mucho. Pero es distinto.
—Esto es el Decreto 138 —le dice su jefe, casi en voz baja, como si pronunciara una contraseña—. Ahora la empresa decide más.
Ramón, de cincuenta y tres años, mecánico con treinta y un años de servicio, asiente sin entusiasmo. Ha visto decretos nacer y morir. Este, publicado en la Gaceta Oficial número 95 del 20 de diciembre de 2025, lleva el título formal de Decreto 138 “De la organización del sistema salarial en el Sistema Empresarial Estatal Cubano”. En la práctica, es la promesa de que el salario ya no será solo un número dictado desde un despacho lejano en el Vedado, sino algo que cada empresa moldeará según sus resultados.
El documento es ambicioso en su lenguaje. Las empresas estatales diseñarán su propia escala salarial, clasificarán puestos, definirán pagos por rendimiento y establecerán estímulos. Al menos el 30 % del fondo de salarios estará atado a la productividad. El director aprueba la estructura tras consultarla con el sindicato y presentarla en asamblea de trabajadores. Suena a autonomía. Suena casi a libertad.
Pero en las calles, en los talleres y en los comentarios que hierven bajo la superficie, el tono es otro.
La esperanza y la sospecha
En un solar de Buena Vista, hablo con Yaima, experta contadora de una empresa de transporte. Tiene cuarenta y cinco años y dos hijos que acaban de llegar a Miami. Lee fragmentos del decreto en su teléfono mientras el arroz se cuece a leña.
—Dicen que ahora podemos ganar más si la empresa anda bien. Pero ¿y si no anda bien? ¿Y si los precios suben, vendemos caro y llamamos a eso “utilidad”? Porque eso es lo que está pasando en muchos lados. No se produce más. Se cobra más caro. Y después nos dan un pedacito.
Yaima resume una de las críticas más repetidas: el decreto premia la eficiencia, pero en una economía donde la eficiencia real es esquiva, muchos temen que se premie la astucia financiera. Comentarios en el muy oficialista Cubadebate y en las redes lo repiten: “Aumentan los precios y llaman productividad a lo que es inflación disfrazada”.
El Ministerio de Trabajo y Seguridad Social defiende la medida como un paso histórico. Guillermo Sarmiento, director de Organización del Trabajo, lo presentó como la generalización de una experiencia que ya funcionaba en más del 45 % de las entidades con buenos resultados. Más de 648 mil trabajadores podrían verse beneficiados. La idea es clara: romper con la rigidez de la vieja Escala Salarial Única y permitir que el que más aporta, más reciba.
Sin embargo, la desconfianza tiene raíces profundas. En Cuba, donde el salario estatal promedio continúa rondando cifras que apenas alcanzan para sobrevivir, cada reforma salarial se recibe con una mezcla de esperanza cansada y cinismo entrenado.
Voces desde el piso
En Manzanillo, un ingeniero que prefiere no ser nombrado trabaja en una empresa que genera utilidades.
—Mi jefe ahora tiene más poder. Eso puede ser bueno si es justo. Pero también puede ser peligroso. ¿Quién controla que no se favorezca a su cofradía? ¿El sindicato? El sindicato aquí responde para arriba, no para abajo.
Esta es otra crítica recurrente: el riesgo de arbitrariedad. Al darle más facultades al jefe de la entidad, el decreto abre la puerta a la corrupción. “El que parte y reparte…”, repiten en los grupos de WhatsApp de trabajadores.
También hay temor a la desigualdad. Las empresas que generan ganancias podrán pagar mejor. Las presupuestadas —salud, educación, administración pública y muchas agrícolas— quedarán atrás. ¿Qué pasará con el médico, la maestra, el trabajador de una planta que no logra cerrar el año en positivo? El decreto no resuelve el problema estructural del bajo poder adquisitivo. Solo reorganiza cómo se distribuye lo poco que hay.
Un comentario en redes lo dice con crudeza: “Mientras la legislación solo tenga en cuenta las prioridades del ingreso gubernamental y no del poder adquisitivo de los trabajadores, ninguna ley resolverá los problemas”.
El alma del decreto
Más allá de los números y las críticas, el Decreto 138 revela algo profundo sobre el momento cubano. Es un reconocimiento implícito: el modelo comunista, centralizado y absoluto, nunca motivó a la gente. Necesitan diferenciar, estimular, dar espacio. Pero lo hacen manteniendo los controles: auditorías, límites, aprobación de utilidades, techos. Es descentralización con correa.
En una asamblea imaginaria —o real— en una fábrica de Cienfuegos, una obrera se levanta y pregunta:
—¿Y el pago por antigüedad? ¿Y cuando hago mi trabajo y el del que se fue del país? ¿Eso cómo se mide?
Las respuestas técnicas están en las resoluciones complementarias del MTSS. Pero las respuestas humanas son más complicadas. La gente quiere claridad. Quiere que no sea solo otro papel que los directivos interpreten a su conveniencia.
Un país que espera
Ramón, el mecánico de La Habana Vieja, termina su turno y se monta en su viejísima bicicleta de regreso al cuartucho. El sobre aún está en su bolsillo. Piensa en su hijo, que estudia en la universidad y sueña con irse. Piensa en su mujer, que vende en la calle para completar.
—Ojalá esta vez sea diferente —masculla entre dientes.
El Decreto 138 es, en esencia, un experimento. Otro intento de postergar la modernización de la gestión empresarial sin soltar las riendas. Nació en octubre de 2025 y entró en vigor en diciembre. Sus resultados reales se verán en los próximos años: en las asambleas donde se discutan las nuevas escalas, en las nóminas que suban o se estanquen, en la productividad que crezca o en la frustración que se acumule.
Por ahora, flota en el aire esa mezcla cubana tan característica: la ilusión de que algo cambie, el miedo de que todo continúe igual, y la terca voluntad de seguir empujando la máquina, aunque el motor suene viejo.
Porque al final, después de decretos y gacetas promulgados por la obesocracia comunista, el salario es más que dinero. Es dignidad. Es imaginar un mañana menos estrecho. Y en eso, el régimen continúa negociando, decreto tras decreto, el difícil equilibrio entre control y esperanza.