sábado , 25 julio 2026
arroz
Descarga de sacos de arroz importado en un puerto cubano para abastecer el consumo interno. Cuba continúa importando grandes volúmenes de arroz para satisfacer la demanda interna.

El mito de la recuperación arrocera

La propaganda oficial anuncia avances arroceros, pero la producción sigue muy lejos de cubrir la demanda y aliviar los precios.

La Habana (Sindical Press) – Por más que la prensa oficial se empeñe en crear expectativas sobre el supuesto despegue de la industria arrocera con la ayuda de un grupo de técnicos vietnamitas, la realidad avanza en sentido contrario.

No basta con la rutina de magnificar esfuerzos y adelantar éxitos en un solo rubro para convertirlo en símbolo de un pretendido desarrollo del sector agropecuario.

Batir palmas por los rendimientos alcanzados en los municipios de Consolación del Sur, en Pinar del Río, y Yara, en Granma, no constituye una referencia válida para presentar esas experiencias como muestras de un cuestionable relanzamiento de la economía nacional.

Mientras tanto, Cuba continúa importando grandes volúmenes de arroz para satisfacer la demanda interna y no existen señales de que esa realidad vaya a cambiar bajo un modelo económico cuya ineficacia ha quedado ampliamente demostrada.

Los rendimientos de siete toneladas por hectárea en Yara y de ocho en Consolación del Sur, según reportes de Granma y Trabajadores, resultan insuficientes para incrementar la disponibilidad del cereal en las mipymes y en las tiendas que comercializan en divisas. Hoy, una libra de arroz cuesta entre 400 y 500 pesos, cuando ningún salario alcanza para cubrir las necesidades básicas, incluidos los alimentos.

Para un jubilado que percibe alrededor de 3.000 pesos mensuales, llevar arroz a la mesa con regularidad se ha convertido en un verdadero desafío. Su consumo se limita a ocasiones puntuales y en cantidades mínimas.

Si cada cubano requiere, en promedio, unas 11 libras de arroz al mes, de acuerdo con datos oficiales, son pocos quienes pueden disfrutar con regularidad de un alimento esencial en la tradición culinaria de la Isla.

Un plato sin arroz en Cuba no representa una ausencia cualquiera: constituye una señal inequívoca de hambre y del deterioro de un hábito cultural profundamente arraigado.

La recuperación que pregonan los burócratas del Partido se desmorona frente a una realidad marcada por la supervivencia cotidiana, convertida en un modo de vida del que casi nadie logra escapar.

Los precios, la inflación y el desplome del valor del peso describen con mayor fidelidad la situación del país que los discursos triunfalistas y los arrebatos patrióticos.

Desprovista de credibilidad, la prensa estatal persiste en amplificar posibilidades remotas, más cercanas a la ilusión que a hechos verificables.

Sin garantías de disponer del agua que requiere este tipo de cultivo, con las asignaciones de combustible en suspenso y el Sistema Eléctrico Nacional al borde del colapso, resulta difícil creer en un incremento productivo capaz de reducir las importaciones.

En 2025, la producción nacional de arroz apenas alcanzó unas 111.000 toneladas, aproximadamente una sexta parte del consumo interno.

En la actualidad no existen razones objetivas para vaticinar una mejora de fondo. Incluso un aumento discreto respecto a los niveles alcanzados tras las peores debacles no modificaría de manera sustancial la escasez ni los altos costos que enfrentan los consumidores.

Por otra parte, también resulta dudoso que el gobierno disponga de los recursos financieros necesarios para adquirir en el mercado internacional los volúmenes que tradicionalmente importaba.

Todo indica que, en 2026, el arroz seguirá figurando entre los productos más escasos y costosos del país.

Desafortunadamente, tampoco parecen estar disponibles los cerca de 300 millones de dólares necesarios para importar el cereal desde Brasil, Vietnam, Guyana y Estados Unidos. Y, desde luego, los técnicos vietnamitas que aportan su know-how en los arrozales cubanos no son magos.