Los comunistas no descubrieron el capitalismo: descubrieron que necesitan dinero. Ahora abren espacios al mercado sin renunciar al control estatal.
La Habana (Sindical Press) – Después de seis décadas explicando que el mercado era una enfermedad del capitalismo, que la empresa privada era una anomalía y que el Estado debía decidir qué se produce, quién lo produce y para quién, los comunistas acaban de dar otro paso hacia aquello que fue una amenaza ideológica.
Los cuatro jinetes del dólar apocalíptico.
No creo que sean las mentes tras la medida, pero, sin lugar a dudas, son la cara visible de lo bueno o lo malo que suceda tras este nuevo paso hacia la dolarización insular.
Ante todo, Óscar Pérez-Oliva Fraga, por su rango de vice primer ministro y ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, además de estar conectado familiarmente con los Castro Ruz: es sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro. Luego, Joaquín Alonso Vázquez, ministro de Economía y Planificación; y, en carretilla, Vladimir Regueiro Ale, ministro de Finanzas y Precios. No está fuera de la ecuación la ministra presidenta del Banco Central de Cuba, Juana Lilia Delgado Portal, quien al final será la responsable de guardar «los aretes que le faltan a la luna».
Estos cofrades establecen, o dicen establecer, el nuevo orden que permite empresas privadas más grandes. Autoriza a los exiliados a convertirse en socios. Abre nuevas puertas al capital extranjero. Facilita el comercio exterior. Permite cuentas bancarias en el extranjero en determinados supuestos. Incluso retira algunas de las viejas correas administrativas que ataban a las empresas extranjeras al aparato estatal de contratación.
Sobre el papel, parece una revolución. Pero en Cuba las palabras «apertura» y «libertad» suelen viajar por caminos diferentes. Porque hay una palabra que les antecede: permiso.
El Gobierno decidió que los empresarios pueden crecer, importar, exportar, asociarse con extranjeros y recibir capital de los emigrados. Pero la nueva legislación mantiene una regla reveladora: las actividades de comercio minorista deben realizarse en pesos cubanos, excepto cuando el Ministerio de Economía y Planificación autorice su realización en divisas..
El dólar, por tanto, puede entrar. Pero no entra como un ciudadano libre. Entra con papeles.
La economía totalitaria es esquizofrénica con las divisas. Las necesita y, al mismo tiempo, las desprecia. Las persigue cuando aparecen en manos privadas y las corteja cuando llegan a través del turismo, las remesas o la inversión extranjera.
Ahora la contradicción ha alcanzado una nueva dimensión. Los comunistas necesitan empresarios privados generadores de divisas. Además de importaciones, inversión, capital y alguien que pague las facturas de una economía colapsada.
Las nuevas reformas lo reconocen con una franqueza impensable hace algunos meses.
Las 176 medidas de junio, desplegadas mediante normas, constituyen uno de los cambios económicos más importantes del sistema. Reuters las describe como el mayor giro hacia mecanismos de mercado emprendido por el régimen comunista. Pero una cosa es permitir el mercado. Otra, confiar en él. Y los comunistas no parecen preparados para lo segundo.
Imaginemos a dos empresarios: Cada uno es dueño de un restaurante. Ambos tienen empleados. Necesitan insumos. Y, tienen clientes. Pero… uno tiene autorización para operaciones en divisas, el otro no. A partir de ese momento dejan de competir en pie de igualdad. El primero puede acceder a una moneda estable y proveedores internacionales. El segundo continúa atrapado en el peso, una moneda depreciada.
A partir de ese momento dejan de competir en pie de igualdad. El primero puede acceder a una moneda estable y a proveedores internacionales. El segundo continúa atrapado en el peso, una moneda depreciada.
La diferencia no estará solamente en quién administra mejor el negocio, sino también en quién tiene acceso efectivo al circuito monetario privilegiado. Y aquí aparece uno de los peligros menos visibles de la reforma: la creación de una economía privada a dos velocidades.
En una economía normal, la moneda es una herramienta. ¿En una economía administrada, es una frontera social?
La reforma cambiaria ya creó un segmento destinado a trabajadores por cuenta propia, cooperativas y mipymes no estatales, dentro de un régimen de flotación administrada. Burocratismo que describe algo sencillo: el Estado reconoce que esos actores necesitan comprar y vender divisas, pero quiere administrar ese mercado. El problema aparece cuando esa capacidad administrativa se convierte en poder económico.
Porque un permiso puede ser más valioso que la oportunidad comercial.
Si para los negocios cobrar en divisas significa sobrevivir o colapsar, la decisión de quién puede operar en dólares adquiere un enorme valor. Y donde una licencia tiene valor, aparece la enfermedad congénita de la burocracia: el privilegio. No tiene que haber conspiración. Basta con que exista discrecionalidad.
Otra ironía. Los comunistas, de pronto, permiten que las empresas privadas tengan mayor autonomía. Las nuevas normas eliminan el antiguo límite de 100 trabajadores y permiten la creación de sociedades de responsabilidad limitada más grandes. Los cubanos residentes en el exterior pueden convertirse en socios. Las empresas operarán determinados rubros del comercio exterior.
Es difícil negar que se trata de cambios importantes. Pero el problema cubano nunca fue solamente la cantidad de prohibiciones. Fue la ausencia de garantías.
Un empresario puede tener una empresa, capital, pagar impuestos, contratar trabajadores y cumplir las normas. Y, sin embargo, seguirá necesitando preguntarse qué ocurrirá si mañana cambia la norma. ¿Quién garantiza la propiedad, un contrato frente a una empresa estatal, el dinero depositado en el banco, que una autorización no será retirada?
Y precisamente ahí reside la duda sobre el nuevo experimento comunista. El sistema judicial continúa sometido a un orden político totalitario. El Gobierno puede estar entrando en el mercado sin haber salido del viejo Estado. Esa es la contradicción.
Quiere empresarios, pero no independientes. Quiere capital, pero controlar sus condiciones. Quiere dólares, pero no perder el control sobre el circuito que los distribuye.
La pregunta inevitable es: ¿quién garantiza que esta vez la puerta no se volverá a cerrar de golpe?
Los comunistas dicen que estas reformas pretenden reducir trámites, flexibilizar procedimientos y hacer más eficientes las empresas. El propio Pérez-Oliva Fraga presentó las nuevas normas como respuesta a demandas de inversionistas.
Puede ser cierto.
También puede ser que el Gobierno concluyera algo más incómodo: sin mercado, no hay dinero; sin dinero, no hay Estado que sostener.
Por eso los comunistas aprenden ahora una lección: el mercado no funciona por decreto. Necesita reglas que no dependan del humor del funcionario de turno. Y, sobre todo, que quien gana dinero pueda disponer de él.
De lo contrario, existe una economía de permisos.
La cuestión no es si los comunistas giran hacia el mercado. Lo hacen. La cuestión es qué clase de mercado quieren construir.
Uno donde el empresario prospere. O uno donde prospere el funcionario que da el permiso.
Uno donde el dólar sea una moneda. O uno donde el acceso al dólar sea un privilegio.
Uno donde la empresa privada sea realmente privada. O uno donde el Estado permita la propiedad mientras conserve las llaves de la caja fuerte.
Los comunistas están abriendo una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Pero todavía conservan la mano sobre el picaporte. Y esa mano es, precisamente, el lado oscuro de la reforma.