domingo , 21 junio 2026
Miguel Díaz-Canel habla con periodistas, en La Habana el viernes 12 de junio, 2026. (Captura de video)

Las credenciales de un fantoche

Es un dictador de papel, un don nadie que se esfuerza por cumplir las órdenes que le comunica el generalato.

Carnegie (Sindical Press) – No hay defensa posible para un esperpento que, en vez de hablar, balbucea como si estuviera frente a un grupo de matones en un callejón sin salida. Miguel Díaz-Canel tiene miedo. Lo demostró en su perorata del pasado 12 de junio, esta vez con el cuento de otro plan de transformaciones para supuestamente salvaguardar el sistema que mantiene a millones de cubanos en la inopia. Fue más inconsistente de lo habitual y menos creíble que nunca.

Su voz opaca, las huellas del insomnio talladas alrededor de sus ojos, las canas agitándose de un lado a otro y el azoro en la mirada mostraron la esencia de un desgraciado abandonado a su suerte.

Sabe que no le queda mucho tiempo en el cargo concedido como premio y que terminó siendo un amarre, con nudo gordiano incluido, a circunstancias muy poco propicias para una vida placentera y segura.

Es un dictador de papel, un don nadie que se esfuerza por cumplir las órdenes que le comunica el generalato y los gerifaltes del Ministerio del Interior.

Puede que en algún momento se haya creído presidente y, por tanto, intocable y bendecido a la sombra de Raúl Castro, pero en realidad es el títere oficioso que sale a repetir las mismas arengas patrióticas y propuestas de solución a un problema de larga data y sin alivio posible, mientras el partido único siga siendo el punto más alto de la pirámide de poder.

Díaz-Canel cargará con el estigma de una revolución a la cual contribuyó fervientemente desde muy joven. Es la figura que permanecerá, por tiempo indefinido, en la memoria de quienes hoy se las ingenian para conseguir algo que comer, bañarse y dormir en medio de una pobreza que los mantiene en un estrés permanente.

En cada protesta popular, su nombre se funde con el sonido de los calderos que estallan en la oscuridad del apagón.

Sobre él recae todo el peso de la culpa por una situación que alcanza niveles insostenibles de supervivencia. Desde luego, no es así; sin embargo, no hay manera de que salgan a relucir las identidades de los verdaderos responsables en cada conato vecinal impulsado por el hastío y la desesperanza.

En el imaginario popular gana fuerza la idea de que Fidel Castro hubiera encontrado alguna vía para salir del atolladero y que su hermano Raúl hizo todo cuanto pudo para mejorarle la vida al pueblo.

Haber gratificado a Canel con la presidencia contiene lecturas que se apartan de una actitud genuina e invitan a pensar en un complot fríamente calculado.

De hecho, el hombre está atrapado en un laberinto sin salida, a la espera de un final deshonroso en el basurero de la historia junto a Fidel y Raúl.

¿Lo destituirán quienes están al mando? ¿Irá a la cárcel o al exilio en una eventual transición?

Nadie lo sabe, pero el día de la presentación de la “nueva” hoja de ruta para evitar el colapso del socialismo quedaron expuestas tanto su vulnerabilidad como sus credenciales de fantoche.