miércoles , 28 enero 2026
El sindicalismo cubano ante el espejo de su futuro

El día después: el sindicalismo cubano ante el espejo de su futuro

La ASIC plantea una visión del sindicalismo cubano que, para los estándares de la isla, resulta reveladora: plural, autónoma, democrática.

La Habana (Sindical Press) – En Cuba, durante décadas, el ruido solariego y vulgar de las consignas sustituyó al murmullo libre de los trabajadores. Hoy, un documento discreto, de apenas unas páginas sin pretensiones tipográficas, circula como quien pasa una cerilla encendida en un cuarto oscuro. Lo firma la Asociación Sindical Independiente de Cuba (ASIC), un pequeño pero estoico grupo que sobrevive a la violencia policial, los interrogatorios y los silencios oficiales. No propone revancha; sugiere algo más difícil: reconstruir un país desde la dignidad del trabajo y del laburante.

El texto, fechado en Matanzas y titulado “Visión de futuro del sindicalismo cubano”, no pierde tiempo en adornos. Habla de un futuro posible, quizá cercano, quizá todavía improbable, en el que Cuba entra en una transición a la democracia política. No esa palabra gastada, usada en discursos para no decir nada, sino una transición con carne y hueso, con leyes nuevas, instituciones que funcionan y ciudadanos que dejan de mendigar para existir.

En ese escenario, la ASIC plantea una visión del sindicalismo que, para los estándares de la isla, resulta reveladora: plural, autónoma, democrática. Un sindicalismo sin temor a la diversidad ni a la crítica, que negocia, protesta y se sienta a la mesa sin bajar la cabeza.

La primera impresión es que el documento está escrito con la serenidad de quien ha visto demasiado. No hay grandilocuencia, pero sí una claridad quirúrgica. Sus autores saben que la libertad sindical no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia. Por eso insisten en principios elementales: el derecho a crear sindicatos sin pedir permiso al Estado, elecciones internas limpias, negociación colectiva real, huelgas que no terminen en celdas de castigo. Y, sobre todo, protección frente a las represalias tatuadas en la vida laboral cubana como cicatrices de la decadencia totalitaria.

Donde el texto adquiere un tono urgente, casi de parte de guerra, es en su propuesta para los primeros 24 meses de una eventual transición. Dos años. Ese es el tiempo que la ASIC considera necesario para desmontar el andamiaje legal que mantiene a los trabajadores bajo tutela política. Habla de liberar a sindicalistas encarcelados, derogar normas restrictivas y crear mecanismos para registrar sindicatos independientes. No es una lista de deseos: es un inventario de daños y de sueños pospuestos.

Le sigue el “marco laboral de emergencia”, una especie de puente entre el país de hoy y el futuro. Una ley transitoria que garantice derechos básicos, una Inspección del Trabajo independiente —palabras que en Cuba suenan exóticas o tóxicas, según el caso— y un pacto social para enfrentar la pobreza salarial, la informalidad y la caída de la producción y los servicios. El documento no promete milagros, pero sí orden, transparencia y justicia.

Hay un apartado sorprendente por su franqueza: el dedicado a la verdad y la memoria. La ASIC propone documentar públicamente las violaciones laborales cometidas durante años, con acompañamiento internacional y mecanismos de reparación. No se trata de ajustar cuentas; se trata de evitar que el país repita errores. En un lugar donde la historia oficial se moldea a conveniencia por el poder corruptor del totalitarismo, la idea de una memoria laboral independiente resulta subversiva para la obesocracia criolla.

El papel que la ASIC se asigna a sí misma es modesto pero firme: ser un factor de estabilidad democrática, evitar la captura partidista del movimiento obrero, promover la formación sindical y tender puentes con la diápora y las redes internacionales. No hablan de liderar la transición, sino de acompañarla. Quizá porque saben que el sindicalismo cubano, para renacer, tendrá que aprender a caminar sin tutelas ni caudillos.

El documento cierra con un llamado que tiene de recogimiento y de desafío. Invita a los trabajadores dentro y fuera de la isla a organizarse con serenidad y firmeza. Pide al movimiento sindical internacional que no mire hacia otro lado. “Los derechos laborales no deben someterse a filtros ideológicos ni geopolíticos”, establece. Una frase sencilla, pero que en Cuba pesa como un martillo.

La ASIC propone un programa sindical y, con él, una forma de imaginar el país que surgirá cuando el miedo deje de ser moneda corriente. Un país donde el trabajo vuelva a ser un acto de dignidad y no de obediencia. Un país donde los sindicatos no sean correa de transmisión del poder, sino la voz áspera, incómoda y necesaria de quienes sostienen la vida cotidiana.

Quizá ese día aún no ha llegado. Pero el documento existe, y eso ya es una grieta en el muro. A veces, en la historia, las transformaciones empiezan así: con un puñado de palabras escritas en silencio, esperando que alguien las lea y decida que el futuro, por improbable que parezca, merece ser peleado.

Documento: Visión de futuro del sindicalismo cubano