jueves , 19 marzo 2026
La Torre K se eleva sobre una Habana en penumbras: de símbolo de lujo turístico a imagen del fracaso.

Torre K: un gigante vacío en el corazón de El Vedado

La Torre K, antes iluminada en medio de apagones, ahora queda a oscuras, cerrando una singularidad que indignó durante meses.

Carnegie, EEUU (Sindical Press) – La Torre K ya no forma parte de la gloria tardía y artificiosa del castrismo. Apagada y sin huéspedes del primer mundo que contribuyan a amortizar los cientos de millones de dólares invertidos durante los siete años que tomó su construcción, el rascacielos levantado por el Grupo de Administración Empresarial S.A (GAESA), dirigido por la general de brigada Ana Guillermina Lastres Morera, se erige hoy como símbolo del fracaso de una industria asumida como pilar de la economía nacional, junto al ingreso por concepto de remesas familiares y la masiva exportación de servicios médicos, ambas también en decadencia.

Con la reciente orden de trasladar a los pocos visitantes que ocupaban algunas habitaciones hacia el hotel Packard, en La Habana Vieja, se apagan también las últimas expectativas depositadas en una industria turística cada vez menos rentable.

La incorporación del hotel más alto de Cuba a un entorno desolado y en penumbras pone fin a una singularidad que durante meses encendió la ira de los vecinos, sometidos a apagones diarios de hasta 20 horas.

Ciertamente, ya no hay luces en el rascacielos de 43 pisos operado por la multinacional española Iberostar, que administra otras 18 instalaciones en distintas provincias del país, muchas de ellas con una parte significativa de sus habitaciones vacías.

Con una caída cercana al 18% en el arribo de viajeros durante 2025, y con la agudización de la crisis sistémica en lo que va de 2026, el turismo se acerca a su punto más crítico.

La clausura de la Torre K debe interpretarse como la señal de una quiebra cuya gradualidad se acelera por la repetición de decisiones erráticas, acompañadas de una sobrecarga ideológica que anula cualquier posibilidad real de salir del atolladero.

El Vedado, otrora zona alegre y concurrida, no escapa a las sombras ni a la soledad que se impone como norma de una convivencia llevada al límite.

En ese paisaje se alza una de las pocas referencias arquitectónicas que deja una revolución que institucionalizó la chapucería y la improvisación.

Sin turistas y en penumbras, el edificio más alto de Cuba se convierte en un monumento al fracaso: otro intento fallido por ampliar la iconografía de un socialismo presuntamente modélico.

La Cuba revolucionaria nunca fue paradigma; más bien es un enigma que se funde con la abulia y el hambre de sus habitantes.

A oscuras y sometidos a un racionamiento severo, no faltan quienes contemplan, con cierto júbilo, la imagen sombría de la edificación diseñada por el arquitecto parisino Michel Regembal.

Flanqueada por ruinas y basurales, la otrora glamorosa torre ya no es la excepción en una ciudad donde la luz eléctrica se ha vuelto casi una ilusión.