domingo , 5 julio 2026
XXII Congreso CTC

Crónica de una farsa en La Habana: el entierro de un sueño que nunca fue

El Congreso de la CTC confirmó que el poder continúa lejos de los trabajadores y en manos del Partido Comunista.

La Habana (Sindical Press) – En La Habana, donde el Malecón sigue fingiendo que el mar trae esperanza y no solo salitre y miseria, se celebró (o, más bien, se escenificó con la precisión de un funeral de tercera) el XXII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba. No hubo multitudes enardecidas, ni puños alzados con convicción, ni canciones proletarias de victoria, ni siquiera el olor al sudor honrado de quien trabaja. Solo pantallas, obesócratas conectados como fantasmas y un puñado de burócratas repitiendo el mismo mantra que lleva sesenta y siete años envenenando la isla: “Aquí mandan los trabajadores”.

Mienten. Mienten con la desvergüenza de quien convirtió la mentira en doctrina de Estado. Mandan los trabajadores como mandaban los siervos de la gleba, el mujik ruso, los sirgadores del Volga o los esclavos en las plantaciones coloniales: con la espalda rota, el estómago vacío y la boca callada por miedo.

El comunismo cubano, esa ideología fracasada que prometió un paraíso y entregó un infierno, celebraba su ritual. Mientras tanto, afuera la gente cuenta los minutos de electricidad como un condenado cuenta los segundos que le quedan. Apagones eternos, colas eternas, salarios que no alcanzan ni para fingir dignidad. Y, en medio de esa tragedia nacional, la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), caricatura de sindicato y marioneta comunista, reunía su congreso virtual: austero por necesidad, patético por elección.

Qué ironía más brutal. La central que supuestamente defiende al proletariado se reúne por Zoom porque no hay cómo trasladar a los delegados. El “socialismo real” reducido a píxeles borrosos y discursos grabados. Allí, entre banderas rojas descoloridas y retratos de muertos que nadie venera, proclamaron que en Cuba los trabajadores mandan. Lo dijo Díaz-Canel, con esa voz de funcionario cansado y una mirada que no pasa de los bolsones de sus párpados, como si repetirlo bastara para convertirlo en certeza. Mandan, sí. Mandan a callar. Mandan a obedecer. Mandan a aplaudir. Mandan a sobrevivir con migajas mientras la cúpula vive como en la corte de Luis XV.

Y al frente de esta tragicomedia bufa designan a ese sorete, pelagatos, mindundi, gil de barrio, anodino e irrelevante, que responde al nombre de Osnay Colina.

Hombrecillo del aparato, pulido en el arte de la lealtad inquebrantable, exgobernador de Villa Clara, capaz de mentir sin que se le quiebre la voz, Colina no es el problema; es lo que representa. Es otro eslabón en la cadena de burócratas que convirtieron al comunismo en una organización criminal con bandera roja. Un secretario que promete defender a los trabajadores mientras el sistema los devora. Porque en Cuba el sistema no liberó al obrero: lo esclavizó al Estado. Le quitó la propiedad, la iniciativa y la esperanza. Le dejó solo la obligación de ser héroe de una revolución que hace décadas se pudre por dentro.

El congreso no debatió. Ratificó. Aprobó las famosas “176 transformaciones económicas y sociales”, ese paquete de medidas presentado como salvador, pero que constituye, en realidad, la confesión desesperada de un fracaso histórico. Más autonomía para las empresas estatales (siempre que los comunistas controlen las decisiones), más apertura a la inversión extranjera (siempre que pase por las untadas manos de GAESA y los generales del Ejército), más “flexibilidad” para el sector privado (siempre que no amenace el monopolio).

Es el capitalismo de compinches, piñata y oligarcas disfrazado de “actualización del modelo”. El mismo truco sandinista y soviético en su estertor: abrir un poco la mano para no morir del todo, sin soltar jamás el látigo.

Lean las 176 medidas y verán el cinismo hecho documento oficial. Eliminación de subsidios universales para “hacer sostenible” un sistema que nunca lo fue. Promesas de innovación mientras los hospitales se caen a pedazos y los médicos emigran. Llamados a la productividad donde el Estado decide qué produces, cómo produces y a quién se lo vendes.

Es el comunismo reconociendo su bancarrota sin tener el valor de admitirlo. Sesenta y siete años de planificación centralizada, de “propiedad social de los medios de producción”, de lucha contra el “imperialismo”, y el resultado es una patria convertida en ruina flotante.

¿Quién bloqueó la agricultura? ¿Quién destruyó la iniciativa privada? ¿Quién convirtió la educación y la salud en propaganda barata mientras los obesócratas acceden a clínicas exclusivas y tiendas en dólares?

El comunismo no es un error de implementación. Es un crimen contra la naturaleza humana. Suprime la libertad, castiga el talento, premia la mediocridad y la delación. En Cuba creó una nueva clase: la casta revolucionaria, una élite que viaja, come y vive protegida mientras predica austeridad al trabajador.

Colina y el secretariado de la CTC son parte de esa casta. No resuelven problemas; los administran para perpetuarse en el poder. Las 176 medidas no liberarán al trabajador: le darán migajas de mercado bajo estricta vigilancia. “Permítase” esto, “autorícese” aquello. El verbo favorito del totalitarismo: permitir. Como si la libertad fuera un favor del Estado en vez de un derecho natural.

Miren la historia. El Muro de Berlín cayó. La Unión Soviética se desmoronó. China mutó en un capitalismo autoritario.

Y Cuba, la “vanguardia del socialismo en América”, sigue aferrada al cadáver. Cada congreso es un intento de reanimar al muerto con electrochoques retóricos. Cada nuevo secretario general de la CTC, un embalsamador. Ahí tienen a Ross, Valdés Mesa, Guillarte y Veiga: personajillos todos olvidables. Mientras tanto, los trabajadores se ahogan. Jóvenes que sueñan con balsas, médicos que atienden sin medicinas, obreros que producen para el Estado depredador.

Este XXII Congreso fue el velatorio de una ideología que fracasó estrepitosamente. Una farsa anticomunista en sí misma, porque demuestra mejor que cualquier disidente lo que el comunismo produce: miseria, represión y cinismo. Colina hablará de “batalla económica”, de “resistencia”, de “continuidad”. Palabras huecas. La verdadera continuidad es el hambre, la emigración masiva y un pueblo que ya no cree en sus verdugos.

Cervantes Saavedra, con su pluma de viejo soldado y cautivo, describiría la escena con la crudeza que merece. Vería en Colina al funcionario de turno; en el congreso, un consejo de guerra del ejército de Napoleón en 1812 o del de Putin en 2026; y en las 176 medidas, el último parte de bajas de un sistema que agoniza. Porque el comunismo no se reforma. Se abandona. Se entierra con honores o sin ellos, pero se entierra. Nuestra patria lleva demasiado tiempo pudriéndose bajo su bandera. El congreso solo confirma lo evidente: los trabajadores no mandan. Mandan las mismas sanguijuelas que los desangran desde hace más de seis décadas.

Y mientras las pantallas se apagaban en La Habana, afuera seguía la noche sin luz. La verdadera Cuba. La que no asiste a congresos. La que solo quiere respirar.