lunes , 10 agosto 2026

Cien doctores para una salud en ruinas

La Universidad de Ciencias Médicas de Holguín celebra cien doctores mientras la salud pública cubana continúa marcada por carencias persistentes.

La Habana (Sindical Press) – Que la Universidad de Ciencias Médicas de Holguín haya alcanzado el centenar de doctores en Ciencias constituye, sin duda, un logro académico. Sin embargo, conviene mirar el otro lado de estos éxitos, magnificados por la propaganda oficial, pero de escasa utilidad en una realidad marcada por la pobreza y la corrupción institucional.

El anuncio fue difundido por el diario Trabajadores, uno de los principales órganos de prensa del oficialismo. La información destaca los avances del Programa de Formación Doctoral en Ciencias Biomédicas Clínico-Quirúrgicas y los presenta como una contribución al mejoramiento de la atención médica.

Quien desconozca la realidad cubana podría interpretar la noticia como una señal de progreso. Para la mayoría de los cubanos, y en especial para los holguineros, no pasa de ser otra noticia sin valor y por tanto desechable.

Hace apenas cuatro meses, una denuncia publicada en Facebook mostró las condiciones insalubres de las áreas de cesáreas y cirugía del Hospital Universitario Vladimir Ilich Lenin, de Holguín. El reporte describía baños sucios, paredes deterioradas, lavamanos inservibles, agua estancada, basura acumulada en los rincones y presuntas negligencias médicas. No era un hecho aislado. En 2024, una madre cubana denunció en redes sociales problemas muy similares en esos mismos servicios hospitalarios.

Al parecer, la situación es irremediable, hasta el punto de que acudir a ese hospital puede convertirse en una decisión de alto riesgo.

La crisis de la salud pública cubana trasciende a Holguín. El deterioro de la infraestructura hospitalaria se combina con la emigración masiva de profesionales sanitarios, la escasez de medicamentos, la falta de equipos y la ausencia de personal suficiente para garantizar la higiene en hospitales y policlínicos.

En ese contexto, carece de sentido celebrar la graduación de nuevos científicos cuando millones de personas no pueden acceder a una atención médica digna. Los títulos académicos poco significan para quien debe llevar sus propios medicamentos al hospital, improvisar insumos básicos o depender del mercado informal para recibir tratamiento.

A esa realidad se suma un entorno donde proliferan los vertederos, escasea el agua potable, aumentan la desnutrición y el estrés provocado por la falta de servicios esenciales como la electricidad o el gas. En esas condiciones, enfermar deja de ser una posibilidad para convertirse en una amenaza permanente.

Morir en la cama de un hospital sobre un colchón mugriento, lleno de chinches, sin poder bañarse y dependiendo de que un familiar consiga las medicinas en el mercado negro es parte de un escenario apocalíptico que el discurso oficial intenta ocultar mediante la constante exaltación de supuestos logros científicos.

Nada más oportuno que la máxima fidelista citada como colofón del texto: «El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia.»

Lo cierto es que hoy Cuba tiene miles de médicos y científicos viviendo prácticamente como mendigos, con deseos de escapar a otro país y sin ánimo para ejercer plenamente los conocimientos que adquirieron.

Aquel futuro luminoso prometido en tantos discursos fue, y sigue siendo, parte del decorado verbal de un régimen empeñado en vender ilusiones mientras la realidad se desmorona.

El socialismo terminó convirtiéndose en la coartada para implantar el despojo como política de Estado, en nombre de una falsa igualdad y bajo el pretexto de defender la soberanía nacional.

Hay más médicos y menos esperanzas de disfrutar de una vida sana; más promesas y peores condiciones de vida. Los cubanos siguen siendo los eternos sobrevivientes entre la mugre y el hambre: un pueblo sin voz ni voto, con miedo a expresar lo que siente y sin patria.