Otro fracaso rotundo de un régimen que destruyó sistémicamente el pilar de la economía y de la identidad nacional cubana.
La Habana (Sindical Press) – Mientras el Grupo Empresarial Azucarero AZCUBA anuncia preparativos para la “próxima zafra”, en los campos cubanos solo quedan silencio, óxido y ruina. La zafra azucarera 2025-2026 concluyó de facto a finales de marzo, cuando el último central operativo —el Melanio Hernández (Tuinucú), en Sancti Spíritus— detuvo sus máquinas “por la difícil coyuntura energética”. No hay cifras oficiales. Tampoco hacen falta: otro fracaso rotundo de un régimen que destruyó, de forma sistemática y sistémica, el pilar de la economía y de la identidad nacional cubana.
De un lado, la retórica oficial sobre “la próxima zafra” y nuevos esfuerzos. Del otro, el colapso terminal de una industria que durante dos siglos generó riqueza, empleo y orgullo. Este contraste no es poético: es obsceno. Mientras se repiten promesas vacías, el país se hunde en la miseria productiva, obligado a importar incluso el azúcar destinada a la canasta básica.
La retórica de “la próxima zafra”
Las declaraciones oficiales insisten en que se trabaja en la recuperación para la zafra 2026-2027. Se habla de reparaciones, siembras y “medidas organizativas”. Pero, después de años de promesas incumplidas, estas palabras suenan huecas. La “próxima zafra” se ha convertido en un mantra, mientras la actual se hundió en el fracaso más absoluto, como ya advertimos desde las páginas de Cubasindical.org al finalizar la zafra 2024-2025.
La catástrofe de la última zafra y la responsabilidad de AZCUBA
La zafra 2025-2026 fue un desastre previsible. Solo 16 centrales intentaron operar —uno por provincia en la mayoría de los casos—, muchos con retrasos vergonzosos por falta de combustible y repuestos. El plan oficial, ridículamente bajo, buscaba superar las menos de 150.000 toneladas de la zafra 2024-2025, la peor en más de siglo y medio, según cálculos independientes. Ni siquiera eso se cumplió.
El Melanio Hernández, uno de los “mejores”, apenas alcanzó el 40 % de su modesto plan (alrededor de 5.600 toneladas de un objetivo de 14.000) antes de detenerse el 24 de marzo. Analistas estiman que la producción total rondó entre 40.000 y 100.000 toneladas, cifras que retrotraen a Cuba a niveles del siglo XVIII. Históricamente, el país producía entre 4 y 7 millones de toneladas anuales durante las décadas de 1950 a 1980. Hoy ni siquiera cubre su consumo interno de 700.000 toneladas. El resultado: importaciones masivas con divisas que no existen.
Las causas no son “el bloqueo” ni una simple “coyuntura energética”: son estructurales y resultado directo de más de medio siglo de mala gestión. Maquinaria obsoleta de la era soviética, ausencia casi total de inversión privada, rendimientos agrícolas miserables —menos de 12 a 20 toneladas de caña por hectárea en muchos casos, afectados por sequías, plagas, marabú y falta de fertilizantes— y una obesocracia depredadora, parasitaria y centralizada que prioriza el control sobre la eficiencia.
La responsabilidad de la dirección de AZCUBA ante el desastre de la zafra 2025-2026 es innegable. Los resultados confirman el profundo deterioro de la industria y constituyen una derrota histórica para el sector azucarero nacional. Es inevitable examinar la responsabilidad de los máximos dirigentes del Grupo Empresarial Azucarero AZCUBA, encabezado por su presidente, Julio Andrés García Pérez, y por el vicepresidente primero, José Carlos Santos Ferrer.
Como máximos responsables de la producción azucarera, ambos directivos tienen el deber de planificar, coordinar y supervisar todas las actividades vinculadas al sector, desde la siembra y el cultivo de la caña hasta la molienda, la producción industrial y la comercialización. En consecuencia, aunque no sean los únicos responsables de la crisis, sí tienen responsabilidad administrativa por los resultados obtenidos. Y deberían renunciar a sus cargos por incompetentes.
Uno de los principales cuestionamientos a su gestión se encuentra en la planificación estratégica. Durante años, AZCUBA anunció metas productivas que posteriormente incumplió. Esta reiteración plantea serias dudas sobre la calidad de la planificación, la evaluación de riesgos y la capacidad de ajustar objetivos a las condiciones reales del sector. Una administración eficaz debe identificar limitaciones y diseñar estrategias realistas para enfrentarlas.
También pesa sobre estos dos personajes la gestión industrial. La industria azucarera cubana opera con centrales envejecidos, frecuentes roturas y una grave escasez de piezas de repuesto. Aunque muchas de estas dificultades derivan de problemas financieros nacionales, corresponde a los directivos establecer prioridades, organizar programas de mantenimiento y optimizar los recursos disponibles. El hecho de que numerosos ingenios enfrentaran interrupciones constantes durante la zafra refleja deficiencias que trascienden las limitaciones materiales.
Otro aspecto relevante es la gestión agrícola. La disminución de los rendimientos cañeros, la insuficiente mecanización y las dificultades en el transporte de la caña han afectado gravemente la producción. La coordinación entre la agricultura y la industria constituye una de las funciones esenciales de AZCUBA, por lo que los resultados negativos también afectan la evaluación del desempeño de sus principales ejecutivos.
En cualquier estructura empresarial, la responsabilidad de los resultados recae sobre quienes ejercen la conducción. Los directivos pueden alegar limitaciones objetivas y factores externos, pero la magnitud del fracaso productivo obliga a examinar críticamente su gestión.
La historia empresarial demuestra que los líderes son evaluados no por las condiciones ideales que desearían tener, sino por su capacidad para administrar eficazmente los recursos disponibles y obtener resultados. Desde esa perspectiva, la presidencia y la vicepresidencia primera de AZCUBA no pueden quedar al margen del balance crítico que exige el desastre de la zafra 2025-2026.
Estos son los últimos incompetentes de una larga cadena de dirigentes que han administrado el declive.
Del “tiempo muerto” republicano al colapso permanente
En la Cuba republicana, la zafra marcaba el pulso económico y social. De noviembre o diciembre a abril o mayo, miles de macheteros, carreteros y trabajadores temporales migraban hacia los centrales. La industria generaba empleo masivo, divisas y actividad económica en los bateyes. Luego venía el “tiempo muerto” (de junio a noviembre): un período duro de desempleo estacional, migración temporal y tensiones sociales. Pero era una pausa dentro de un sistema productivo vivo, con inversión nacional y extranjera, ferrocarriles cañeros eficientes y rendimientos aceptables.
Hoy, ese “tiempo muerto” se ha convertido en un estado permanente para la inmensa mayoría del sector. Tras la “Tarea Álvaro Reynoso” de 2002, promovida por el dictador Fidel Castro, se cerraron decenas de centrales. Dos ejemplos emblemáticos de esta destrucción deliberada son:
Central Amancio Rodríguez (antes Francisco), en Oriente. Fundado a finales del siglo XIX, fue un pilar regional con miles de empleos directos e indirectos. Hoy es un esqueleto oxidado invadido por la maleza. Su cierre dejó comunidades enteras en la ruina, acelerando el éxodo rural y la pobreza extrema.
Central Francisco Castro Ceruto (antes Dos Amigos), en Campechuela. Otro gigante oriental nacionalizado después de 1959. Desmantelado y paralizado desde hace años, sus instalaciones son un monumento a la ineficiencia revolucionaria. En Campechuela, como en cientos de bateyes, el “tiempo muerto” ya no es estacional: es la vida diaria de apagones, hambre y desesperanza.
De los 161 centrales existentes en 1959, hoy operan menos de 20 y lo hacen en condiciones lamentables. La caída es brutal: de casi ocho millones de toneladas en los años ochenta a menos de 150.000 en la actualidad. Un crimen económico que ha destruido empleo rural, la industria del ron, los derivados de la caña y una red social entera.
Dos Cubas irreconciliables
Mientras se habla de “la próxima zafra” con el mismo optimismo irreal de siempre, en las ruinas del Amancio Rodríguez, del Francisco Castro Ceruto o del propio Tuinucú, los pocos trabajadores que quedan enfrentan la realidad: esta pudo haber sido la última zafra de verdad. El “tiempo muerto” ya no es una temporada; es el destino impuesto por décadas de incompetencia, corrupción y dogmatismo.
Los últimos incompetentes al frente de AZCUBA —y quienes los designaron— representan el fracaso final de un modelo que prioriza el control político sobre la eficiencia productiva. Cuba no necesita más planes anunciados con fanfarria ni más excusas. Necesita producir, invertir, atraer capital privado y liberar las fuerzas productivas enterradas bajo el peso de un Estado fallido.
Hasta que eso ocurra, la “próxima zafra” solo será otro espejismo mientras los últimos incompetentes confirman el colapso irreversible de un país que alguna vez endulzó al mundo.