Si el discurso del gobierno es indignante, el silencio —o peor aún, la complicidad— de la CTC resulta directamente obsceno.
La Habana (Sindical Press) – Hay discursos que no describen la realidad: la insultan. Las declaraciones del ministro de Trabajo y Seguridad Social de Cuba, Jesús Otamendi Campos, pertenecen a esa categoría. Presentadas como “medidas” para enfrentar la crisis, no son otra cosa que la normalización del colapso y la institucionalización del abuso. Teletrabajo sin electricidad, reorganización laboral sin salarios dignos, resistencia sin futuro. No es gestión: es cinismo de Estado.
El mensaje al trabajador cubano es brutal en su claridad: el sistema no se corrige; eres tú quien debe adaptarse. Trabaja sin luz, muévete sin transporte, produce sin incentivos y agradece la escasez como virtud revolucionaria. El fracaso estructural del poder se maquilla como deber moral del obrero. Esa inversión obscena de responsabilidades define a los regímenes agotados.
Pero si el discurso del gobierno es indignante, el silencio —o peor aún, la complicidad— de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) resulta directamente obsceno. El secretario general de la CTC, Osnay Colina, no actúa como representante de los trabajadores, sino como ventrílocuo del poder. No interpela al Estado: lo protege. No defiende derechos: administra la renuncia. La CTC ya no es un sindicato; es una oficina de recursos humanos del régimen, especializada en exigir sacrificios a quienes no gobiernan.
El sindicalismo nació para equilibrar el poder. En Cuba, la CTC existe para anularlo. Donde debería haber negociación, hay consignas; donde debería haber protesta, hay disciplina; donde debería haber dignidad obrera, hay obediencia organizada. El trabajador no tiene quien lo defienda porque quien dice representarlo ha decidido ponerse del lado del amo.
Y así se llegará al anunciado 22.º Congreso de la CTC, que promete no ser un congreso, sino un ritual. No un espacio de debate, sino una escenografía. No se discutirá el salario que no alcanza para vivir, ni el pluriempleo forzado, ni el éxodo masivo de trabajadores que huyen porque ya no creen. Se aprobarán resoluciones vacías, se repetirán consignas gastadas y se bendecirá, una vez más, el sacrificio ajeno como política de Estado.
Mientras tanto, el trabajador cubano, al que invocan el palurdo ministro o el mamarracho secretario general en cada una de sus intervenciones, es el gran ausente de todas las decisiones. Se le convoca para marchar, pero no para opinar; para resistir, pero no para elegir; para aguantar, pero no para prosperar. Se habla en su nombre mientras se gobierna contra él.
Los economistas lo dicen sin rodeos: no existe salida económica sin libertad económica; no hay productividad sin incentivos; no hay justicia social cuando el trabajo se paga con miseria y se premia con consignas. Las sanciones externas pueden agravar la crisis, pero no explican un modelo que ha convertido al trabajador en rehén y al sindicato en carcelero.
La crisis cubana no es solo energética ni laboral. Es una crisis de verdad, de responsabilidad y de coraje político. Un gobierno que solo pide sacrificios eternos perdió la autoridad moral para hacerlo. Y un sindicato que no defiende al trabajador ha renunciado a su razón de ser.
Porque cuando el poder exige obediencia en lugar de resultados, y el sindicato exige silencio en lugar de derechos, no queda justicia: solo dominación.
Y ningún sistema que viva de explotar la paciencia de sus trabajadores merece sobrevivir a su dignidad.