¿Cuánto tiempo más puede seguir celebrándose una industria que cada año es menos industria y tiene cada vez menos trabajadores?
La Habana (Sindical Press) – El próximo 13 de octubre el gobierno cubano volverá a celebrar el Día del Trabajador Azucarero. Habrá actos, discursos, reconocimientos, banderas, fotografías y palabras de homenaje para los hombres y mujeres que todavía trabajan en una industria que alguna vez definió la economía y hasta la geografía sentimental de la Isla. Se recordará a Jesús Menéndez, el “General de las Cañas”, se hablará de sacrificio, tradición y compromiso, y probablemente se repetirá alguna variante de aquella vieja idea según la cual sin azúcar no hay país.
La pregunta incómoda es: ¿Qué queda del país azucarero cuando apenas queda azúcar?
La celebración llega después de una de las etapas más dramáticas de la industria.
La zafra 2025-2026 terminó prácticamente a finales de marzo, cuando el central Melanio Hernández, en Sancti Spíritus, uno de los últimos que permanecían moliendo, detuvo sus máquinas por la situación energética. El país no ha ofrecido públicamente un balance final de producción. Pero el dato que sí conocemos —una producción estimada inferior a las 100.000 toneladas métricas— resulta suficiente para comprender la dimensión del problema: para aquella campaña apenas se intentó poner en funcionamiento una fracción de los centrales que alguna vez sostuvieron la economía nacional.
No estamos hablando simplemente de una industria que produce menos, sino de una que perdió escala, trabajadores, caña, infraestructura, capacidad de inversión y, sobre todo, continuidad productiva.
Y aquí aparece Julio Andrés García Pérez, presidente de AZCUBA. No es el responsable de todos los males acumulados durante décadas, ni sería serio atribuirle personalmente la destrucción de una industria cuyo deterioro comenzó mucho antes de su llegada al cargo. Pero sí dirige actualmente el organismo empresarial encargado de la producción de azúcar y sus derivados, y la propia planificación económica del Gobierno responsabiliza a AZCUBA de la preparación y seguimiento de la zafra, de los indicadores de rendimiento y de la solución de sus problemas operativos.
Eso significa algo muy sencillo: cuando una empresa fracasa un año puede hablarse de circunstancias excepcionales; cuando fracasa año tras año hay que empezar a preguntar por su directivo. Y, sobre todo, ¿qué resultados produjo la estrategia de AZCUBA?
La industria azucarera cubana no se está muriendo porque un día faltó combustible. Se está muriendo porque durante años no se consiguió reconstruir el sistema que hace posible producir azúcar.
Porque ningún central puede moler lo que no existe. La industria puede tener una turbina reparada, una caldera funcionando y un grupo de trabajadores dispuestos a entrar al turno, pero si los campos están vacíos, el central se convierte en un monumento industrial.
La paradoja es extraordinaria. Cuba conserva tierras agrícolas, pero no consigue producir suficiente caña. Conserva centrales, pero muchos no muelen. Conserva trabajadores especializados, pero cada vez son menos. Conserva una estructura empresarial gigantesca, pero necesita importar productos que antes salían de sus propios campos.
Y mientras todo esto sucede, hay un sindicato.
Yrrael Rausseau ocupa la secretaría general del Sindicato Nacional de Trabajadores Azucareros. Probablemente tenga coche oficial y oficina con aire acondicionado, además de otras prebendas por su cargo como comunista. El sindicato tiene su responsabilidad: representar los intereses de los trabajadores.
Pero, ¿quién defiende al trabajador cuando la propia estructura económica que debería garantizar su empleo está fallando?
La respuesta oficial suele ser que los trabajadores son el principal recurso de la industria. Se les llama héroes, vanguardias, continuadores de una tradición. Pero existe una diferencia entre homenajear a un trabajador y defender sus intereses.
Un diploma no sustituye un salario. Una medalla no repara una máquina. Un acto político no devuelve una jornada perdida. Y una consigna no siembra caña.
El problema se vuelve todavía más dramático cuando recordamos lo que significaba el azúcar para Cuba. No era solamente un producto agrícola. Era empleo, ferrocarril, batey, comercio, transporte, escuelas, hospitales, pequeños negocios, familias enteras vinculadas directa o indirectamente a un central.
Cuando desaparece un central no desaparece solamente una fábrica. Desaparece un municipio, desaparece un mundo.
Por eso resulta tan revelador que hoy el Gobierno insista en hablar de la “próxima zafra”. La próxima zafra se ha convertido en una especie de promesa permanente. La anterior fracasó, pero se prepara la siguiente. La siguiente tendrá dificultades, pero ya se prepara la otra. Se reparan algunos equipos, se anuncian nuevas siembras, se convocan trabajadores y se vuelve a empezar.
Es una industria atrapada en el futuro porque ya no consigue explicar satisfactoriamente su presente.
Y mientras tanto, los trabajadores hacen sus propias cuentas.
Un hombre que trabajó durante décadas en la caña descubre que puede ganar más en otra actividad. Un mecánico abandona el central. Un joven prefiere una Mipyme. Otro emigra. Otro se queda, pero busca una segunda fuente de ingresos. Otro llega a la jubilación y nadie joven ocupa su puesto.
Así desaparece una industria: no solamente cuando las máquinas se detienen, sino cuando las personas dejan de considerar deseable trabajar en ella.
Este 13 de octubre habrá, seguramente, palabras para los trabajadores azucareros. Conviene escucharlas. Pero también conviene escuchar el silencio de los centrales que no muelen. El silencio de los campos donde debería crecer la caña. El silencio de los bateyes donde ya no pasa el tren.
A Julio Andrés García Pérez habrá que preguntarle por los resultados de AZCUBA. A Yrrael Rausseau habrá que preguntarle por los trabajadores que representa. Y a ambos, desde responsabilidades diferentes, habrá que hacerles la misma pregunta que probablemente nadie quiera formular el 13 de octubre:
¿Cuánto tiempo puede seguir celebrándose una industria que cada año tiene menos industria y cada vez menos trabajadores?
Una vez Cuba tuvo un problema llamado “tiempo muerto”. Hoy el problema es mucho más profundo. El tiempo muerto ya no dura unos meses. El tiempo muerto se ha convertido en la industria.