miércoles , 25 marzo 2026
Pescado en tienda de divisas en La Habana.

Tecnología y escasez: el contraste de la producción alimentaria en Cuba

La grandilocuencia de la reseña choca con la realidad del desabastecimiento crónico y precios que se erigen como barreras infranqueables.

Carnegie, EEUU (Sindical Press) – Con amplias zonas del país aún a oscuras tras el sexto colapso del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) en 18 meses, sale a relucir una nota en el periódico Juventud Rebelde sobre un proyecto científico orientado a la producción de alimentos en la provincia de Camagüey.

El reporte describe un panorama alentador a partir del uso de la tecnología Biofloc, concebida para mejorar la productividad y sostenibilidad en la crianza de camarones, incluidas las postlarvas, mediante la creación de entornos donde se generan microorganismos beneficiosos a partir de materia orgánica.

Para reforzar sus credenciales, los especialistas destacan ahorros considerables de energía eléctrica y una reducción de hasta un 50 por ciento en el consumo de pienso comercial, lo que, según afirman, se traduce en ventajas económicas y ambientales.

Asimismo, el texto refiere un incremento en los rendimientos del arroz gracias al manejo integrado del biofertilizante Fertomil y otras técnicas que, combinadas, han permitido alcanzar producciones de hasta tres toneladas por hectárea.

Sin embargo, la grandilocuencia de la reseña choca con la realidad del desabastecimiento crónico y unos precios que se erigen como barreras infranqueables para la mayoría de los ciudadanos.

En primer lugar, son muy pocos los cubanos que pueden degustar un plato con camarones, a menos que familiares en el extranjero se los compren en plataformas como Supermarket23.

En la red de tiendas dolarizadas dentro del país, el kilogramo del crustáceo oscila entre 4000 y 6000 pesos (CUP), equivalentes a entre 8 y 12 dólares al cambio informal cercano a 512 pesos por dólar. Estos precios anulan de forma evidente la capacidad de compra de un salario medio que ronda los 6.600 pesos mensuales.

Si se adquiere mediante pagos en el exterior, el costo supera los 20 dólares por kilogramo.

Queda por ver si alguna parte de los camarones provenientes de los sistemas acuícolas de Camagüey llega a los cada vez más deprimidos mercados minoristas en moneda nacional, algo que genera más dudas que certezas.

Históricamente, este marisco ha estado destinado a la exportación y al consumo del turismo internacional, una práctica que se mantiene, con la salvedad de su acceso en tiendas en divisas cuando el producto está disponible. Un escenario incierto por las frecuentes desviaciones hacia el mercado negro, como ocurre con mercancías distribuidas por el monopolio estatal desde que se institucionalizaron la escasez y el racionamiento hace casi siete décadas.

Sobre los supuestos avances en la producción arrocera también se cierne un manto de dudas, especialmente en lo relativo a la reducción de la dependencia de las importaciones para cubrir una demanda anual de unas 600.000 toneladas.

Para tener una idea del descalabro del sector, en 2024 apenas se recolectaron 80.000 toneladas, lo que representó alrededor del 11 % de las necesidades nacionales. En 2025 se registró un resultado similar, lo que obligó a aumentar las compras a Brasil, Estados Unidos y Guyana, además de recibir donaciones de Vietnam y China.

El periódico oficialista deja demasiados vacíos con una cobertura simplista que no satisface las expectativas de quienes aún consumen prensa en la Isla: cubanos que, en muchos casos, jamás han probado un camarón y que tampoco encuentran la manera de costear las aproximadamente 12 libras de arroz per cápita al mes que, según los hábitos de consumo, implican un gasto cercano a los 6000 pesos.

Lo de Camagüey es pura fanfarria: una fórmula repetida para hacer creer que todo marcha bien, mientras los fundamentos del sistema crujen con una intensidad que presagia su derrumbe.