miércoles , 14 octubre 2026
Calle Enramadas, Santiago de Cuba.

Santiago de Cuba, entre dos empleos

Tener empleo no siempre significa tener lo necesario para vivir. En Santiago de Cuba, una jornada termina y otra comienza.

La Habana (Sindical Press) – A las cinco de la mañana, cuando no termina de amanecer sobre Santiago de Cuba, el primer trabajo ya comenzó. El segundo trabajo, en cambio, esperará unas horas. En algún momento de la tarde, cuando termine la “jornada oficial”, empezará otra vida: vender, reparar, transportar, conseguir, resolver, buscar.

En Santiago, cientos de trabajadores conocen esa aritmética.

Tener dos trabajos no es una anomalía insular. La Organización Internacional del Trabajo registra el fenómeno como multiple job holding: personas ocupadas que mantienen simultáneamente más de una actividad laboral. Puede tratarse de dos empleos asalariados, de un empleo formal combinado con una actividad independiente, o de un trabajo estable durante el día y otro informal durante las horas que quedan.

La estadística parece fría hasta que se convierte en escena cotidiana: una enfermera que abandona el Hospital Infantil Sur para dirigirse a Chicharrones a atender a vecinos; un maestro de la prestigiosa Universidad de Oriente que termina las clases y comienza a dar tutorías en Yarayó; un trabajador que conserva su empleo formal y por la tarde/noche conduce, vende alimentos o realiza reparaciones en San Pedrito.

El segundo trabajo puede ser una oportunidad, una inversión, u otra manera de diversificar ingresos. Pero también la señal de que el primero ya no alcanza.

Esa diferencia importa. Los nuevos tiempos postsocialistas se construyen, en buena parte, en mercados laborales que combinan empleo formal, informalidad, trabajo independiente y salarios insuficientes. La informalidad continúa como característica estructural, aunque su comportamiento varía entre provincias y municipios. Para algunos trabajadores, en Heredia el segundo empleo significa aprovechar una oportunidad que apareció fuera de la jornada principal y para otros significa llegar a fin de mes. Dos personas pueden tener dos empleos y, sin embargo, vivir realidades completamente distintas.

El primer laburante puede decir: “Tengo dos trabajos porque quiero ganar más”. El segundo: “Tengo dos trabajos porque con uno no me alcanza”. Desde fuera, ambos aparecen en la misma casilla estadística. Desde dentro, pertenecen a dos mundos.

En Santiago esa diferencia adquiere otra dimensión. El trabajador estatal puede pasar ocho horas en un puesto cuyo salario perdió toda capacidad de compra y, al terminar, buscar otra fuente de ingresos. El segundo empleo puede ser una actividad privada, un pequeño negocio familiar, un trabajo por cuenta propia. No siempre es abandonar el empleo principal. A menudo es precisamente conservarlo mientras se construye alrededor una economía que permita sobrevivir.

El fenómeno produce una paradoja. Desde la Dirección de Trabajo y Seguridad Social, por Plaza de Marte, se puede contabilizar al trabajador como ocupado porque tiene un empleo.

Pero la pregunta decisiva es otra: ¿cuántos empleos necesita ese trabajador para vivir?

La pregunta parece sencilla y, sin embargo, cambia la manera de mirar el mercado laboral. Una provincia puede exhibir una tasa de desempleo relativamente baja y tener trabajadores exhaustos. Puede presumir de “desempleo cero” y, al mismo tiempo, tener familias con ingresos dependientes de dos, tres o más actividades. El encargo, entonces, deja de ser una medida suficiente de bienestar. Hay que mirar las horas trabajadas, los ingresos reales y aquello que sucede después de que termina la jornada oficial.

En Enramada y San Pedro se miran y sonríen una mujer y un hombre, casualmente. Pero de esa conversación puede surgir esa segunda jornada.

Cerca de allí, alguien necesita reparar una tubería. Otro busca un carpintero. Una familia quiere comprar comida preparada. Un manzanillero despistado busca un alquiler para unos días. Alguien necesita transportar una carga. El trabajador conoce a alguien que conoce a alguien. El dinero cambia de manos y parte de esa actividad transcurre por debajo de la economía oficialmente reconocida.

En La Habana, Trinidad, Baracoa, Morón o Manzanillo, mecanismos semejantes aparecen bajo formas diferentes. La economía informal absorbe parte de la mano de obra que el sector formal no puede absorber. El trabajo independiente consigue ingresos adicionales, pero también puede significar ausencia de protección social, ingresos irregulares y jornadas más largas. El segundo empleo se convierte así en una especie de seguro construido por el propio trabajador.

La frontera entre empleo y supervivencia resulta difícil de distinguir en Santiago: así me comentó el activista Jorge Amado. Comenta que durante décadas el empleo estatal fue presentado como garantía de seguridad económica y social. El salario era parte de un pacto: el trabajador entregaba su fuerza de trabajo y el Estado aseguraba determinadas condiciones de vida. Cuando el salario deja de cumplir esa función, aparece una contradicción que no puede resolverse simplemente contabilizando cuántas personas siguen empleadas. El trabajador permanece dentro del sistema laboral, pero busca fuera de él los recursos que necesita para sostenerse.

Hay algo profundamente santiaguero en la escena de un trabajador que sale de una puerta y entra inmediatamente por otra. Pero sería un error ver solo resiliencia. La resistencia del trabajador no siempre es virtud. A veces es el precio de un sistema que no consigue proporcionarle ingresos suficientes con una sola ocupación.

El Santiago de los empleos no es un solo Santiago. Hay otras provincias y municipios donde el fenómeno refleja movilidad económica, y otros territorios, sobre todo los que fueron cañeros, donde revela precariedad. Hay trabajadores que buscan ingresos adicionales y trabajadores que buscan simplemente completar el mes. Pero todos dejan detrás una pregunta que las estadísticas laborales suelen esconder detrás de porcentajes y tablas: ¿qué significa estar empleado cuando un solo empleo ya no basta?

Al final de la tarde, en la Loma del Tivolí, donde vive Montero López, la primera jornada puede haber terminado. La segunda todavía no. Y mañana volverá a empezar la misma cuenta: ocho horas por un salario, unas horas más por lo que aparezca y, entre ambas, el cálculo silencioso de cuánto cuesta seguir viviendo.