En el Día del Trabajador Azucarero, Cuba entregó medallas mientras su industria produce menos del 3% del azúcar de 1959.
Carnegie (Sindical Press) – El colapso de la industria azucarera cubana no puede atribuirse únicamente a la escasez de combustible ni al envejecimiento de sus centrales. Es también el resultado de décadas de descapitalización, decisiones económicas desacertadas y un modelo de gestión incapaz de recuperar una actividad que durante generaciones constituyó uno de los principales pilares productivos del país.
Sin respuestas eficaces para detener la calamitosa situación, las autoridades vuelven a esgrimir las habituales justificaciones y aprovechan, en este caso, el Día del Trabajador Azucarero, celebrado cada 13 de octubre, para entregar medallas y reconocimientos a quienes se esfuerzan por mantener operativas las escasas y deterioradas instalaciones que todavía participan en las moliendas.
Esta vez, la ceremonia tuvo como sede la Empresa de Transporte y Servicios a la Mecanización (TRANZMEC), ubicada en el capitalino municipio Boyeros.
Por decreto presidencial, según publicó el diario Tribuna de La Habana, nueve trabajadores destacados recibieron la medalla Jesús Menéndez, mientras otros diez fueron distinguidos con la distinción Jesús Suárez Gayol, que confiere el Sindicato Nacional de Trabajadores Azucareros (SNTA).
También fueron homenajeados otros obreros y entidades vinculados una industria que en 1959 disponía de 161 centrales y que actualmente mantiene en operación menos de una veintena.
Para comprender la magnitud del declive basta examinar los resultados de las últimas cosechas. En la zafra 2024-2025 participaron apenas 15 centrales, cuya producción conjunta, según cálculos de la agencia EFE basados en fuentes oficiales, no superó las 150 mil toneladas métricas.
En la siguiente campaña intervinieron 16 instalaciones, cuya producción no fue divulgada oficialmente. Es presumible que el volumen obtenido no haya superado las 200 mil toneladas, dadas las severas limitaciones de combustible, lubricantes, insumos y piezas de repuesto, así como la reducción de superficies cultivadas, entre otros obstáculos.
La decadencia de un sector que durante décadas fue la principal locomotora de la economía nacional constituye una muestra fehaciente del agotamiento de un modelo económico incapaz de preservar sus principales fuentes de riqueza y mucho menos de sentar las bases para su recuperación.
Un análisis comparativo entre el volumen de azúcar producido en 1959, que alcanzó los 6 millones de toneladas, y las menos de 150 mil correspondientes a la zafra 2024-2025 revela la magnitud del desplome. La diferencia representa una contracción superior al 97,5%.
El deterioro sostenido ha reducido a niveles mínimos el rendimiento de una actividad históricamente estratégica, sin que se vislumbren perspectivas concretas de reactivación a corto y mediano plazo.
Estas cifras contrastan con el tono triunfalista de la jornada de homenajes a la que asistieron José Ramón Monteagudo Ruiz, miembro del secretariado del Comité Central del Partido y jefe de su Departamento Agroalimentario, y Osnay Miguel Colina Rodríguez, integrante del Comité Central y secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC).
Mientras los discursos oficiales exaltan el compromiso y la entrega de los trabajadores azucareros, los indicadores productivos describen una realidad muy distinta. De su antiguo potencial apenas sobrevive una fracción, incapaz de satisfacer las necesidades internas.
Los centrales paralizados, la disminución de los cañaverales y los exiguos volúmenes de producción evidencian la magnitud de una crisis que trasciende las dificultades coyunturales. El sector languidece entre la precariedad y la incertidumbre, hasta el punto de que el país debe destinar cuantiosas sumas en divisas a la importación de azúcar para cubrir buena parte de la demanda interna. Actualmente, en el mercado informal, el kilogramo de este producto llega a cotizarse por encima de los mil pesos, una cantidad equivalente a casi un tercio del salario mínimo mensual, fijado en 3.210 pesos.
En un país que llegó a exportar millones de toneladas de azúcar, adquirir hoy un kilogramo representa un sacrificio económico para quienes dependen de sus salarios. Una contradicción que resume, con mayor elocuencia que cualquier discurso oficial, la profundidad del derrumbe de una de las industrias emblemáticas de la nación.