lunes , 24 agosto 2026
Estudiantes cubanos con uniforme escolar a la salida de clases en Cuba.
Estudiantes cubanos al término de la jornada escolar. La elevada presencia femenina en la educación contrasta con la menor participación de las mujeres en los principales espacios de dirección y toma de decisiones.

La paradoja de la mujer preparada que no llega al poder

El desafío es convertir el mérito en baluarte del liderazgo, la autoridad, la influencia y la capacidad real de decisión.

La Habana (Sindical Press) – La alta presencia de cubanas en aulas, talleres y profesiones no se corresponde con su presencia en las mesas donde se toman decisiones. Hay una contradicción: las cubanas son mayoría entre quienes alcanzan altos niveles de formación y, sin embargo, no llegan en la misma proporción a las altas responsabilidades. La paradoja no está en su preparación, sino en la objeción al mérito dentro del proceso de selección de líderes y dirigentes.

Los datos más recientes refuerzan esa contradicción. Las mujeres representaron el 72 % de los graduados universitarios de Cuba en el curso 2023-2024. Sin embargo, en 2024 los hombres ocupaban el 58,4 % de los puestos de directores y gerentes. Las mujeres constituían, además, apenas el 38,3 % de la población ocupada del país.

La pregunta, por tanto, no es si las mujeres cubanas están preparadas para dirigir empresas, cooperativas, brigadas o ministerios. Los datos responden que sí. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué esa elevada preparación profesional no se refleja proporcionalmente allí donde se concentra el proceso de toma de decisiones?

Cierto es que las cubanas tienen una importante presencia en la Asamblea Nacional, donde representan actualmente el 57,2 % de los diputados. Pero esa representación disminuye en los principales centros de decisión. Un análisis publicado en junio de 2026 registraba solo tres mujeres entre los 13 integrantes del Buró Político del Partido Comunista y cinco entre los 32 miembros del Consejo de Ministros.

Dos años antes, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) ya había advertido sobre esta disparidad: en 2024, solo cinco de los 25 ministerios cubanos estaban encabezados por mujeres.

Pero eso no es necesariamente mérito. Es representación y, en un sistema donde la selección política pesa decisivamente sobre el acceso a los cargos, la presencia numérica no garantiza capacidad real de decisión.

Mientras tanto, las desigualdades aparecen también en el mercado laboral. La tasa de ocupación femenina era del 36,8 % en 2024, frente al 61,6 % de los hombres. En las nuevas formas de gestión económica, las mujeres representan aproximadamente una cuarta parte de los socios de mipymes y alrededor del 35 % de quienes trabajan por cuenta propia.

¿Por qué no son directivas?

La baja representación de cubanas como directivas en determinados espacios de poder está relacionada con el llamado «techo de cristal»: una barrera invisible de normas, mecanismos de promoción y prácticas organizacionales que limita su ascenso a la cúpula. No es explícita. Es, más bien, un conjunto de prejuicios, expectativas y formas de organización que dificultan el acceso a los escalones superiores.

Algunos la relacionan con una cultura organizacional donde predomina una concepción comunista del liderazgo asociada a lo autoritario, vertical, operativo y centrado en la tarea, y que desecha el mérito. Por ello, la cubana que aspire a dirigir debe demostrar, ante todo, subordinación al «Partido».

Esa presión explica otra contradicción: la percepción de que las cubanas tienen que estar mejor preparadas para conseguir y mantener un puesto de dirección. La formación, la experiencia, el mérito y los resultados son elementos importantes para el ascenso, pero no suficientes.

Las responsabilidades familiares son también parte de la ecuación. Los mecanismos estajanovistas de promoción valoran la disponibilidad total de tiempo, un criterio con efectos desiguales. Quien atiende cotidianamente a hijos, ancianos o enfermos no dispone de las mismas condiciones para aceptar reuniones fuera de horario, viajes, tareas imprevistas o jornadas prolongadas. De ese modo, el modelo de dirigente disponible permanentemente se construye sobre una división desigual del trabajo doméstico.

Así, lo que parece una exigencia profesional comunista esconde una desigualdad doméstica.

La igualdad formal y la igualdad real no son necesariamente la misma cosa.

La FMC, el gran freno

Como correa de transmisión de las órdenes comunistas, la Federación de Mujeres Cubanas resulta cuestionable en su capacidad para transformar las estructuras que reproducen desigualdades. Las críticas apuntan a la distancia entre el discurso sobre la participación femenina y las condiciones concretas que determinan el acceso al poder.

La propia FMC dedicó en marzo de 2026 su Pleno Nacional a evaluar el empleo femenino y la promoción de mujeres a cargos de dirección, una señal de que el problema continúa formando parte de la agenda nacional.

El resultado es una paradoja: el sistema educativo contribuye a elevar extraordinariamente la preparación de las mujeres, pero esa transformación no ha ido acompañada en igual medida por una redistribución de las responsabilidades familiares ni por una modificación profunda de la cultura organizacional.

La cubana llega preparada a la puerta del poder y encuentra allí obstáculos que no aparecen en su expediente académico.

Por eso, reducir el problema a una cuestión de voluntad individual es insuficiente. Hay, además, un efecto silencioso. Cuando una mujer sabe que para alcanzar un puesto deberá sacrificar la familia, soportar un mayor escrutinio o demostrar una preparación superior, puede terminar descartando la promoción antes de que la barrera sea visible. El techo de cristal no necesita cerrarse si atravesarlo resulta demasiado costoso.

La cuestión se complejiza cuando se observa a las mujeres que sí llegan a puestos de dirección. El ascenso no significa necesariamente la desaparición del obstáculo. Algunas directivas terminan adaptándose al modelo y reproducen estilos de dirección contrarios al mérito. El sistema, en ese caso, no cambia con la llegada de una mujer: la mujer cambia para ajustarse al sistema.

La consecuencia es una igualdad que puede resultar más visible en las estadísticas que en las estructuras profundas del poder.

La paradoja de la cubana no consiste en la falta de oportunidades educativas. Al contrario, nuestra patria cuenta con mujeres altamente capacitadas. El problema está en la distancia entre esa capacidad, el mérito y el poder efectivo.

Mientras las cubanas soporten una parte desproporcionada del trabajo doméstico, mientras la disponibilidad absoluta sea un criterio de promoción y mientras determinados modelos de liderazgo continúen desechando el mérito, la igualdad profesional permanecerá incompleta.

Las cubanas ya están preparadas. El desafío es convertir el mérito en baluarte del liderazgo, la autoridad, la influencia y la capacidad real de decisión.

El techo de cristal no se rompe con más títulos universitarios. Se rompe poniendo al mérito en su lugar.