lunes , 2 noviembre 2026
Representantes de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) durante una reunión sindical en Artemisa, en octubre de 2026. (Trabajadores)

Sindicatos sin voz, trabajadores sin poder

La CTC preguntó en Artemisa qué hacen los sindicatos. Con salarios de 4 a 9 dólares la respuesta sigue pendiente.

La Habana, Cuba (Sindical Press) – Repetirse parece ser la esencia de la revolución cubana. Así quedó demostrado una vez más en el seminario celebrado recientemente en la ciudad de Artemisa, capital de la provincia homónima, donde se reunieron secretarios de secciones sindicales, directores de capital humano y personal administrativo con varios funcionarios de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), entre ellos José Antonio Pérez Pérez, miembro del Secretariado Nacional de la organización.

El encuentro volvió sobre las mismas interrogantes acerca del papel de los sindicatos, bajo la premisa de que estas organizaciones disponen de autoridad suficiente para desarrollar sus funciones con independencia.

Nada más lejos de la realidad en un contexto donde la propia Constitución de la República, en su artículo 5, consagra al Partido Comunista como la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado. Esta disposición le confiere una supremacía política que condiciona el funcionamiento de las instituciones estatales, limita su autonomía y subordina sus decisiones a las directrices partidistas.

El sindicalismo oficial no escapa a esa lógica. La misma Constitución, en su artículo 14, reconoce a las organizaciones de masas, entre ellas la CTC, y les encomienda incorporar a sus miembros a las tareas de edificación, consolidación y defensa de la sociedad socialista. Los estatutos de la CTC aprobados en su XXI Congreso van más lejos: proclaman que la central y sus sindicatos son autónomos y, en el mismo texto, declaran que reconocen «abierta y conscientemente» al Partido Comunista como fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado. Difícilmente puede defender a los trabajadores frente a su empleador, que en la mayoría de los casos es el Estado, una organización que se declara subordinada a quien dirige ese mismo Estado.

¿Qué sentido tuvo entonces convocar a un debate sobre la capacidad de los sindicatos para incidir efectivamente en la implementación de las 176 transformaciones económicas y sociales aprobadas en junio de 2026? El paquete de medidas fue concebido, al menos sobre el papel, para incrementar la producción de bienes y servicios, estimular la inversión, ampliar la participación privada, transformar el mercado laboral y conceder mayor autonomía a las empresas estatales.

El taller volvió a poner de manifiesto una redundancia discursiva que desemboca en silencios, aplazamientos y fracasos, reflejo de la crisis estructural que atraviesa el país. Basta repasar las interrogantes recogidas en la nota informativa sobre el evento para advertir que el foro reprodujo fielmente los códigos del ritualismo oficialista: presentar las apariencias como compromisos y las declaraciones de intención como soluciones que terminan diluyéndose en el olvido.

¿Qué sucede en las asambleas de afiliados? ¿Cuántas veces se solicitan cuentas a la administración de su desempeño? ¿Por qué permitimos estar aislados en la toma de decisiones acerca de la política de cuadros? ¿Son los mejores trabajadores quienes nos representan en la sección sindical?

Estas fueron algunas de las preguntas planteadas durante el coloquio, condenadas a permanecer una vez más en el limbo de las respuestas pendientes.

El sindicalismo en Cuba constituye una anomalía. Su funcionamiento dista del modelo de representación que debería garantizar la defensa de los intereses de los trabajadores, la resolución de los conflictos laborales y el ejercicio pleno de los derechos fundamentales, sustentado en una auténtica libertad de acción.

La clase trabajadora sobrevive en un entorno laboral marcado por innumerables dificultades, particularmente los más de dos millones de empleados del sector estatal, cuyo salario medio, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), fue de 7.354 pesos en agosto, frente a un salario mínimo nacional de 3.210 pesos: unos 9 y 4 dólares, respectivamente, tomando como referencia el cambio de 840 pesos por dólar en el mercado informal.

A estas alturas de la historia, el seminario en Artemisa terminó siendo otro ejercicio estéril, desconectado de las urgencias de una población golpeada por la precariedad y de una economía sumida en un estancamiento de proporciones alarmantes.

Mientras tanto, desde las tribunas y los medios de prensa se repite hasta el cansancio que el objetivo supremo es salvar el socialismo. El sindicato, sin alternativas, obedece.

Así se perpetúa una rutina que ha desnaturalizado la esencia del sindicalismo, convirtiéndolo en una pieza más de una estructura de poder sostenida por la subordinación, el adoctrinamiento y la coerción.

En Cuba, los sindicatos no están llamados a cuestionar al poder, sino a servirle. Y mientras esa lógica permanezca intacta, los trabajadores seguirán teniendo organizaciones que hablan en su nombre, pero que no necesariamente defienden sus intereses.