Las nuevas medidas llegan en medio del colapso nacional, preservando el control político y generando profundas dudas sobre su alcance.
La Habana (Sindical Press) – No es posible contemplar, sin profunda conmoción del espíritu, el espectáculo que ofrece la Asamblea Nacional en su VII Período Ordinario de Sesiones, ni las ciento setenta y seis medidas que, agrupadas en veintitrés ejes, pretenden ahora salvar lo que se llama la Revolución. Porque entre la retórica de la “resistencia creativa”, la soberanía invocada y el legado que se evoca a cada instante, y la realidad de una nación desfalleciente, media un abismo que la conciencia cubana ya no puede disimular.
Estas reformas llegan tarde, cuando el país se halla al borde del abismo. Llegan cuando la contracción económica se ha hecho crónica; cuando los apagones prolongados, la escasez de alimentos y medicinas, la depreciación del peso y el éxodo masivo de los hijos de esta tierra han convertido la vida cotidiana en una prueba de resistencia que ya no es heroica, sino desesperada. Durante años se rechazó como “neoliberal” o “capitalista” cuanto hoy se presenta como soberano y compatible con el socialismo. Ahora, en el momento de mayor debilidad, se concede lo que antes se vedaba. Y se concede mediante el verbo “permitir”, que aparece una y otra vez en el documento oficial. No se reconoce un derecho permanente del ciudadano; se otorga una merced discrecional del poder. Tal es la lógica de los permisos, no la de las libertades. Y en esa lógica anida el peligro de un capitalismo de amigos, de una piñata de privilegiados, donde los beneficiarios no serán el pueblo, sino aquellos que, cercanos al poder, sepan aprovechar la apertura sin renunciar al control.
La implementación se anuncia incierta. El propio gobernante reconoce que estas medidas exigen una dinámica distinta de la prevista en el Plan de la Economía, apenas aprobado. No hay una hoja de ruta clara, ni plazos definidos, ni mecanismos efectivos de control. La experiencia de la Tarea Ordenamiento de 2021 y de los sucesivos Lineamientos enseña que la burocracia, la inercia y el temor a perder el dominio diluyen cuanto se intenta. Se anuncian leyes de Vivienda, de Organización de la Administración y de Trabajo; pero la seguridad jurídica y la capacidad de ejecución en el ámbito municipal siguen siendo débiles. Mientras tanto, se continúa atribuyendo casi toda la calamidad al bloqueo externo. Cierto es que las sanciones pesan y que el cerco petrolero agrava la situación. Pero la crisis tiene una raíz estructural: un modelo de planificación centralizada ineficiente, baja productividad, distorsiones acumuladas y descapitalización. Los datos sobre tráfico marítimo, exportaciones y proyecciones internacionales revelan un deterioro anterior al endurecimiento de las sanciones de 2026. Atribuirlo todo al exterior equivale a eludir la responsabilidad propia.
Y lo más grave: no se abre el cauce de la libertad política. Se mantiene el monopolio del Partido, sin democratización, sin liberación de los presos de conciencia y sin mecanismos genuinos de rendición de cuentas. La Asamblea continúa siendo un órgano de ratificación unánime. La derogación de la ley que acortaba los mandatos municipales y el aplazamiento de las elecciones se interpretan, con razón, como una evasión de la consulta popular en un momento de profundo malestar. Se habla de descentralización y de poder popular, pero sin reformas institucionales de fondo. El pueblo, que sufre diariamente el hambre, la oscuridad y el colapso de los servicios públicos, contempla con escepticismo estas promesas. Sabe que muchas reformas anteriores nunca llegaron a su mesa. Sabe que la desigualdad crecerá y que el capital tenderá a concentrarse en los mismos círculos de siempre.
Así, lo que se presenta como transformación es, en verdad, un intento de ajustar el modelo sin abandonar el control central. Es supervivencia, no renovación. Es el viejo propósito de cambiar lo que debe ser cambiado, pero solo lo indispensable para impedir que el sistema se derrumbe por completo. Cuba, sin embargo, no puede contentarse con sobrevivir. La patria exige algo más alto: la dignidad de un pueblo dueño de su destino, la justicia que no se diluye en la retórica y la libertad que no se concede como permiso, sino que se reconoce como un derecho inalienable.
La historia de esta isla es el esfuerzo perpetuo del espíritu contra la forma que lo oprime. Las instituciones que se endurecen y terminan por asfixiar la vida deben modificarse a tiempo, o serán desbordadas por la violencia del dolor. Que no se diga que la crítica es enemiga de la patria. La crítica, cuando nace del amor a Cuba y de la pasión por su grandeza, constituye el más alto servicio que puede prestarse a la soberanía verdadera.