La histórica fábrica cubana agoniza entre apagones y escasez, mientras la empresa familiar prospera en Estados Unidos con eficiencia productiva.
La Habana (Sindical Press) – La otrora emblemática fábrica de conservas La Conchita atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia.
Voluntad para producir, según declaró uno de sus especialistas al diario Granma, sobra. Lo que faltan son los camiones y el combustible.
De las 2.100 toneladas de frutas, principalmente mango, que se preveía recibir en la planta, apenas 300 han llegado a las líneas de procesamiento, es decir, solo el 14,2 % de lo planificado. El contraste resulta aún más dramático si se considera que en los campos existen unas 6.000 toneladas disponibles.
No solo escasean los medios de transporte y el combustible. También persisten la falta de capacidad de almacenamiento, la escasez de mano de obra y de envases, problemas que en años anteriores provocaron la pérdida de decenas de toneladas de frutas por descomposición.
Sobran razones para pensar que 2026 será un año aún peor, debido a la acumulación de factores adversos, entre ellos la grave crisis del Sistema Electroenergético Nacional (SEN).
Con una capacidad de generación cada vez menor, gran parte de la infraestructura industrial permanece paralizada por apagones cada vez más prolongados. Esta realidad obliga a reorganizar la producción en función de las horas en que hay servicio eléctrico, añadiendo una presión adicional a unos índices de eficiencia y productividad ya muy deprimidos.
Pese al esfuerzo de los trabajadores en todos los departamentos, La Conchita es hoy un pálido reflejo de lo que fue décadas atrás, cuando procesaba entre 18.000 y 20.000 toneladas de tomate, entre 3.000 y 4.000 de mango y entre 1.500 y 2.000 de guayaba, según afirmó su director general, Jesús González.
Aun en medio del desastre actual, el colectivo volvió a recibir este año la condición de Vanguardia Nacional, reconocimiento que obtiene de manera consecutiva desde 2019. Una distinción vaciada de sentido frente al desplome de la capacidad industrial y la escasez generalizada.
En términos económicos, La Conchita puede considerarse una empresa en quiebra, como decenas de fábricas que continúan operando por razones ajenas a su viabilidad productiva.
La realidad se intenta disimular con diplomas, medallas y la exaltación del sacrificio, como el de la operaria de producción Aracelys Ajete, quien, según se destaca, no duda en acudir a trabajar incluso de madrugada, cuando el suministro eléctrico lo permite.
A ochenta y nueve años de su fundación por la familia Ferro, despojada de sus propiedades en los primeros años de la Revolución, al igual que otros empresarios, La Conchita constituye, para muchos, un símbolo del fracaso del modelo económico que se presentó como una alternativa superior al capitalismo.
Establecida primero en Costa Rica y posteriormente en Estados Unidos, la empresa de la familia Ferro comercializa hoy, principalmente en el mercado hispano, más de 150 productos bajo la marca Conchita Foods.
El contraste entre ambas realidades constituye una prueba de las profundas diferencias entre dos modelos económicos.
La Conchita que sobrevive en Cuba es hoy un cascarón industrial: apagones, carencias y una producción en caída libre. Mientras tanto, la empresa fundada por la misma familia en Estados Unidos crece sin necesidad de medallas ni consignas, sino gracias a sus resultados. La brecha difícilmente admite matices: un modelo produce desgaste y ruina; el otro, crecimiento y prosperidad.