La escasez de combustible obliga a muchos cubanos a cocinar con leña, entre apagones, hambre y una creciente precariedad cotidiana.
La Habana (Sindical Press) – En las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, el reverbero fue una especie de salvavidas. Sin él, muchos cubanos podían quedarse sin comer, a menos que algún vecino se los prestara.
Sobre aquella hornilla alimentada con keroseno se ablandaban los frijoles, se cocía el arroz y se freía el plato fuerte: un par de huevos, pollo, pescado o, en ocasiones, carne de res. Todo llegaba por la libreta de racionamiento y a precios módicos. La pobreza era soportable. El peso cubano conservaba un poder adquisitivo que permitía vivir con cierta tranquilidad. La canasta básica llegaba puntualmente a las bodegas y, al final de cada mes, el júbilo era auténtico cuando el bodeguero anotaba en las casillas las cantidades correspondientes a cada núcleo familiar.
De aquella aparente abundancia solo quedan vagos recuerdos y la certeza de que fue uno de los pilares más frágiles de un modelo que prometía la gloria y terminó en un rotundo fracaso.
En la larga lista de desapariciones provocadas por la ineficiencia, el burocratismo y la improductividad del entramado económico nacional figura la libreta que garantizaba lo indispensable para subsistir y, entre otros productos, el keroseno que hacía posible el funcionamiento del reverbero.
Nadie imaginó que aquel artefacto, imprescindible para muchos y casi obligatorio en las miles de familias que habitaban solares y cuarterías sin fogones eléctricos ni gas licuado, terminaría convertido en un objeto que despierta, al mismo tiempo, añoranza y desesperación.
Añoranza por aquellos días en que era una especie de lámpara maravillosa capaz de poner un plato de comida sobre la mesa. Desesperación ante la posibilidad, hoy cada vez más frecuente, de acostarse sin comer debido a la falta de gas y al elevado precio del carbón vegetal, inaccesible para la mayoría en este julio de 2026.
Duele saber que la leña se haya convertido en la alternativa frente a la severa escasez de combustibles y derivados como el keroseno, indispensable para los reverberos que sobrevivieron a los cantos de sirena de la llamada Revolución Energética de 2005. Entonces, por orden de Fidel Castro, se sustituyeron millones de equipos electrodomésticos por otros supuestamente más eficientes y de fabricación china. Aquella transformación condenó al reverbero a la obsolescencia frente a las ollas arroceras, las cocinas eléctricas, los ventiladores, las lámparas fluorescentes y los refrigeradores Haier fabricados en el gigante asiático.
Hoy se ha vuelto común ver a personas alimentando fogatas con cortezas de árboles y ramas secas en las calles o en cualquier descampado, con tal de ganarle otra partida al hambre que amenaza y castiga.
Esas escenas seguirán multiplicándose durante las interminables noches de apagón, mientras regresa la nostalgia del reverbero con la mecha encendida y aquel olor acre que obligaba a cubrirse la nariz, con una diferencia esencial: ahora ni siquiera hay combustible.