jueves , 27 agosto 2026

El suelo pegajoso de las campesinas

Las campesinas cubanas enfrentan más trabajo doméstico, menos empleo y barreras institucionales que limitan su autonomía y acceso al poder.

La Habana (Sindical Press) – En el campo cubano, la desigualdad de género se manifiesta en el tiempo que falta, el empleo que no llega, la lejana protección institucional y los inalcanzables cargos de poder. El determinismo campesino no termina donde comienza la ciudad. Para muchas cubanas, comienza a hacerse más profunda precisamente allí donde los caminos se vuelven más largos y escabrosos, los servicios más escasos y las oportunidades de empleo más limitadas.

En las zonas rurales, el tiempo tiene otro valor. Las güajiras cubanas dedican, en promedio, casi cuatro horas más a la semana a las tareas domésticas que las citadinas. Son horas que no se destinan a un empleo remunerado, a estudiar, a capacitarse o a construir una carrera profesional. Es una forma de desigualdad menos visible que un bajo salario, o un puesto de trabajo negado. Pero es determinante. Fuentes señalan que alrededor del 35 % de las campesinas se dedica exclusivamente a los quehaceres del hogar. El dato revela algo más que una distribución desigual de las tareas domésticas. Para una parte de ellas, el hogar es su único espacio de actividad.

El efecto económico es inmediato.

Sin empleo remunerado, la güajira pierde ingresos propios, autonomía económica y capacidad para tomar decisiones. La dependencia, a su vez, hace más difícil modificar la distribución de las responsabilidades familiares. Entonces, el círculo se cierra sobre sí mismo.

Las zonas rurales concentran, según las fuentes analizadas, las mayores tasas de desocupación femenina. Las cubanas enfrentan así dos obstáculos que se refuerzan mutuamente: más responsabilidades domésticas y menos oportunidades de incorporarse al mercado laboral.

El resultado es lo que los estudios de género llaman el “suelo pegajoso”: una condición que mantiene a determinadas cubanas en los niveles inferiores de la estructura económica y social, no necesariamente porque carezcan de formación o capacidad, sino porque las circunstancias les impiden despegar. En el campo cubano, ese suelo parece tener una particular consistencia.

La desigualdad rural no se limita al empleo. También tiene una dimensión institucional.

En las comunidades rurales hay menor presencia de instituciones de apoyo y una menor visibilidad mediática. Para una güajira que enfrenta vulnerabilidades, vivir lejos de la ciudad significa distancia geográfica y menos mecanismos de apoyo y servicios. La distancia puede convertirse entonces en silencio. Y el silencio puede convertirse en otra forma de vulnerabilidad.

Preparadas, pero lejos del poder

Existe otra paradoja. Las criollas alcanzaron un elevado nivel de formación profesional como ingenieras, veterinarias, agrónomas o técnicas. Sin embargo, esa preparación no se traduce necesariamente en una presencia proporcional en los puestos de dirección, particularmente en aquellos sectores estrechamente vinculados con la economía rural.

La agricultura y la industria azucarera figuran históricamente entre los sectores donde las criollas tienen menor presencia en puestos directivos. En la agricultura, datos del propio Ministerio sitúan en apenas 18,5 % la proporción de mujeres entre los puestos de dirección con responsabilidad en la toma de decisiones. La pregunta resulta inevitable: si las cubanas están calificadas ¿por qué su preparación no se transforma en una mayor presencia en los procesos de toma de decisiones?

No hay único obstáculo. Está en la acumulación. En la ausencia del mérito como forma de ascenso. En la distancia respecto de determinados servicios. En la dependencia de actividades económicas específicas. En la ausencia o debilidad de redes institucionales. Y también en una cultura profesional donde el liderazgo pide fidelidad a los comunistas, y no a la virtud.

Para una campesina, cada una de esas barreras puede ser manejable por separado. Juntas pueden convertirse en una estructura. Para las que alcanzan posiciones directivas, el liderazgo aparece asociado a un liderazgo autoritario, vertical, operativo, stajanovista. Ellas perciben, además, que necesitan demostrar una preparación superior para alcanzar o conservar una posición.

Pero incluso llegar a un puesto de dirección no significa necesariamente transformar una cooperativa agropecuaria, o un ingenio azucarero. Una campesina puede incorporarse a una estructura de poder y terminar reproduciendo los mismos comportamientos predominantes y oficialistas. Una institución puede aumentar la cantidad de mujeres en sus puestos de mando y mantener intacta la cultura que produjo la desigualdad.

Hay otro factor menos visible: ¿quién se ocupa de la casa cuando una mujer asciende laboralmente? La criolla en posiciones directivas cuenta con algún familiar capaz de asumir parte de las tareas domésticas y de cuidado. Esto en sí es una paradoja.

En el campo, esa condición puede ser todavía más difícil de cumplir. Pues aquí las responsabilidades domésticas son mayores, las oportunidades laborales son menores y los servicios pueden encontrarse más lejos. La campesina que pretende compite contra un reloj doméstico que comienza cada día antes de que llegue al trabajo y continúa después de que termina.

Una desigualdad que también tiene geografía

La experiencia de las campesinas cuestiona una idea sencilla de igualdad: que basta con establecer las mismas reglas para todos.

Una profesional urbana y una profesional campesina pueden tener una formación similar. Pero no necesariamente tienen las mismas oportunidades de empleo, los mismos servicios de apoyo, la misma infraestructura institucional ni la misma disponibilidad de tiempo.

La geografía produce desigualdad. Y esa desigualdad queda escondida cuando se observan únicamente las estadísticas nacionales. Un promedio puede mostrar avances generales mientras oculta que determinados grupos de cubanas continúan atrapados en los niveles inferiores de la estructura económica y social.

Por eso, hablar de liderazgo femenino en Cuba sin distinguir entre campo y ciudad puede ofrecer una imagen incompleta.

La campesina no es simplemente una versión más pobre de la citadina. Vive dentro de una combinación específica de desventajas: más trabajo doméstico, menos empleo, menor acceso a determinados mecanismos de protección y menos oportunidades para llegar a los espacios decisores.

Pero reducir la historia de las campesinas a la vulnerabilidad sería también una forma de invisibilizarlas. Ellas trabajan. Se forman. Ocupan puestos profesionales. Dirigen. Obtienen resultados. El problema aparece cuando los méritos se enfrentan a criterios menos visibles. El número de hijos y las responsabilidades familiares continúan influyendo en las posibilidades de promoción. La disponibilidad de tiempo sigue siendo una ventaja profesional.

El precio de las horas invisibles

El “suelo pegajoso” comienza antes de que aparezca un cargo directivo. Puede comenzar cuando busca empleo y encuentra pocas opciones. Se profundiza cuando los servicios de apoyo están lejos. Y finalmente aparece en las estadísticas de dirección: mujeres preparadas que siguen siendo minoría en algunos de los sectores fundamentales en el campo y la agroindustria cubana.

Romper esa cadena exige algo más que aumentar la presencia femenina en las estadísticas.

La formación tiene que poder convertirse en empleo. El empleo tiene que poder convertirse en autonomía. Y la autonomía tiene que poder convertirse en poder real. Las campesinas ya forman parte de la sociedad productiva cubana, aunque una parte importante de su trabajo permanezca invisible.

El desafío es que esa contribución deje de estar confinada a los espacios menos reconocidos y alcance también aquellos lugares donde se decide qué se produce, cómo se distribuyen los recursos y cuáles son las prioridades del país.

La igualdad no se mide solamente contando cuántas mujeres han llegado a la cima.

También se mide mirando hacia abajo. Mirando a quienes todavía permanecen atrapadas en el camino y preguntando por qué: En el campo cubano, esa pregunta resulta especialmente urgente.