Una nación mide la libertad de sus mujeres por la extensión del poder que pueden ejercer sobre su propia vida.
La Habana (Sindical Press) – Desde la instauración del régimen comunista en Cuba, se proclama que la mujer conquistó su lugar. Se enumeran títulos, profesiones, cargos públicos; se exhibe su presencia en las instituciones como prueba de la igualdad alcanzada. Mas una nación no mide la libertad de sus mujeres por el número de escaños que ocupan, sino por la extensión del poder que pueden ejercer sobre su propia vida.
Hay otra manera, más severa y honesta, de medir ese poder. ¿Cuánto gana? ¿Tiene propiedades? ¿Dispone de crédito para abrir una empresa? ¿Cuántas personas dependen de sus decisiones? ¿Es propietaria, directora o inversionista?
Ahí aparece una Cuba diferente; una Cuba que no cabe en los discursos ni se deja encerrar en las estadísticas oficiales.
El problema no es simplemente que las mujeres necesiten más oportunidades. Es que una sociedad puede producir mujeres educadas y, al mismo tiempo, mantenerlas alejadas de los mecanismos que convierten la educación en riqueza, autonomía y poder de decisión.
La contradicción es demasiado grande para que la conciencia nacional pueda ignorarla.
Una mujer puede estudiar durante años, obtener un título universitario y ocupar un puesto profesional. Puede tener preparación para administrar una empresa y carecer de capital para fundarla. Puede tener experiencia para dirigir un equipo y descubrir que el acceso a la mesa donde se toman las decisiones es inalcanzable.
El resultado es una forma silenciosa de desigualdad: la mujer está presente, pero no al mando. Y una nación que educa la inteligencia de sus mujeres para después mantenerla lejos de los resortes de la riqueza desperdicia su propia fuerza.
El poder que no aparece en las estadísticas
La representación política es visible. El patrimonio, mucho menos. Y entre ambas cosas hay una distancia que ningún discurso puede salvar. Durante años, la discusión sobre igualdad femenina ha tendido a concentrarse en cuántas mujeres ocupan cargos públicos. Pero la economía plantea preguntas diferentes.
Son preguntas fundamentales porque el poder económico no consiste únicamente en recibir un salario. Consiste también en disponer de activos, capital, información, redes y capacidad para tomar decisiones.
La lección para nuestra patria es inapelable: la igualdad escrita en una ley no garantiza la igualdad en la vida cotidiana. La libertad económica exige capacidad real para decidir, poseer y prosperar.
El impuesto invisible del tiempo
Para muchas mujeres, la primera barrera no está en una oficina pública ni en un banco. Está en la casa. El cuidado de los hijos. Los padres envejecidos. Las compras. La cocina. La limpieza. Las gestiones familiares. La atención a un enfermo. Cada una de esas tareas consume un recurso que rara vez aparece en las estadísticas económicas: el tiempo. Y quien dispone del tiempo dispone también de una de las condiciones esenciales del poder.
El Banco Mundial considera el cuidado infantil uno de los elementos fundamentales para que las mujeres puedan permanecer en el mercado laboral y acceder a empleos de mayor productividad. Por eso, el empoderamiento económico de las cubanas no puede reducirse a decirles que sean más emprendedoras. No se puede exigir espíritu de empresa a quien carece de capital, de tiempo y de condiciones para sostener una carrera.
Del título universitario al capital
La patria, en su espíritu republicano, formó a las cubanas con altos niveles de preparación profesional. El desafío ahora es transformar ese capital humano en poder económico, y hacerlo no como concesión, sino como reconocimiento de un derecho. Y eso requiere algo más que cursos.
Una criolla que quiera convertirse en empresaria necesita acceso a financiación, tecnología, mercados, información y redes profesionales. Necesita leer un balance, negociar un contrato, calcular riesgos, contratar trabajadores, vender un producto, utilizar herramientas digitales y acceder a mercados que estén fuera de su barrio o incluso fuera del país. Y necesita algo todavía más importante: propiedad.
La diferencia entre trabajar en una empresa y ser propietaria de una empresa no es solamente semántica. Cambia la relación de una persona con el dinero, el riesgo y el futuro.
Para las cubanas y los cubanos, el acceso al crédito empresarial constituye una barrera importante para emprender. En Cuba, el desafío es aún más profundo ante el deterioro financiero y bancario: no pueden pasar de trabajadores a propietarios sin enfrentar la falta de capital, las restricciones económicas y la ausencia de mercados.
No basta con pedirle a la cubana que sea fuerte
Existe además un problema cultural. La cubana, en medio de la crisis perenne del comunismo, es celebrada por su capacidad de sacrificio. Y ciertamente soporta cargas que doblegan a otros. Pero la resistencia no es emancipación. El sacrificio puede ser virtud en la hora de la desgracia; no puede convertirse en el destino permanente de una nación.
Una mujer no está necesariamente empoderada porque sea capaz de soportar más. Está empoderada cuando puede decidir más. Contratar más. Abandonar un empleo porque tiene alternativas. Construir patrimonio.
Ese es un concepto de igualdad mucho más exigente que el de la simple representación. No queremos una mujer condenada a resistir eternamente. Queremos una mujer capaz de gobernar su tiempo, su trabajo, su dinero y su porvenir.
Una estrategia democrática de empoderamiento económico podría organizarse alrededor de cinco objetivos.
Primero, formación: preparar a las cubanas para dirigir empresas y organizaciones.
Segundo, financiación: crear mecanismos transparentes de crédito, capital semilla e inversión para negocios liderados por mujeres.
Tercero, propiedad: facilitar que las cubanas puedan acumular activos y construir patrimonio.
Cuarto, tiempo: promover una distribución más equilibrada de las responsabilidades familiares.
Quinto, redes: conectar a profesionales y empresarias cubanas dentro y fuera de la isla.
Pero hay una transformación mucho mayor: reconocer a la cubana como sujeto de derecho, creadora de riqueza y ciudadana con plena capacidad económica.
La cuestión de la nación
La República no necesita demostrar que sus mujeres estudian. Eso ya está demostrado. Tampoco necesita demostrar que trabajan, administran hospitales, escuelas, laboratorios, oficinas o instituciones. La cuestión es si puede convertir esa independencia en poder para decidir sobre su propia vida. Si tiene algo que nadie puede quitarle fácilmente: la capacidad de decidir qué hacer con su trabajo, con su dinero, con su tiempo y con su futuro.
Y cuando una mujer pueda decir, sin pedir permiso a nadie, “esta es mi empresa, este es mi trabajo, este es mi patrimonio y este es mi futuro” habrá comenzado algo mucho más profundo que una política de igualdad. Habrá comenzado la emancipación económica.
Y si nuestra patria libera la inteligencia, el trabajo y la voluntad de sus mujeres, no solo les hace justicia: se hace más digna de sí misma.