Reírse de la desgracia, hacer memes durante los apagones, bromear sobre la libreta y fingir sorpresa cuando anuncian reformas decisivas.
La Habana (Sindical Press) – Los cubanos somos un pueblo admirable. Cualquier otra nación, sometida durante años a apagones, escasez de agua, falta de comida, hospitales sin medicinas, salarios simbólicos y promesas infinitas, habría llenado las consultas de psiquiatría. Nosotros no. Según la estadística oficial, somos casi una reserva mundial de equilibrio emocional.
Es verdad que uno se acuesta sin corriente, se despierta sin agua, desayuna sin café y pasa el día haciendo colas para comprar lo que no hay. Pero eso no produce ansiedad; produce “resistencia creativa”. Tampoco genera depresión ver marcharse a los hijos, cerrar las fábricas o perder la esperanza. Eso se llama, al parecer, “confianza en el futuro”.
El cubano ha desarrollado una extraordinaria capacidad de adaptación. Aprende a dormir con calor y mosquitos militantes. Aprende a cocinar con leña verde. Sonríe cuando le dicen que la situación es “compleja pero coyuntural”, aunque la coyuntura dure más que las Cruzadas.
La psiquiatría cubana debería proponer una nueva categoría de diagnóstico: trastorno de adaptación revolucionaria crónica insufrible (TARCI). Sus síntomas son conocidos: reírse de la desgracia, hacer memes durante los apagones, bromear sobre la libreta y fingir sorpresa cada vez que el Gobierno anuncia, por enésima vez, que ahora sí vienen las reformas decisivas.
El TARCI no es entretenimiento. Es un mecanismo de supervivencia. El chiste reemplaza al ansiolítico; la ironía, a la terapia; el sarcasmo, a la protesta que muchos no se atreven a hacer. Y, sin embargo, bajo esa carcajada nacional hay cansancio. Mucho cansancio. El cansancio de vivir en emergencia permanente. De no poder planificar la próxima semana. De desconfiar de las estadísticas, de los discursos y hasta del pronóstico del tiempo, porque si anuncian lluvia habrá quien sospeche otro apagón, más largo que el anterior.
El Gobierno insiste en que los trabajadores resisten. Y es cierto. Resisten tanto que, a veces, uno sospecha que la principal política pública de salud mental consiste en demostrar cuánto puede aguantar un trabajador antes de perder la razón.
Hasta ahora, los obreros responden con una sonrisa torcida y un chiste feroz cuando habla el de la CTC. Pero conviene no confundir la capacidad de reír con la ausencia de sufrimiento. Hay pueblos que lloran cuando están derrotados. Los trabajadores cubanos, a menudo, hacen un chiste.
Y quizá esa sea la ironía más amarga de todas: que en un país donde faltan tantas cosas, el humor siga siendo el recurso más abundante y la salud mental, el milagro que nadie se atreve a medir.